(medio segundo antes) Lo último de lo que tuvo conciencia antes del impacto, es de haber sonreído. Tal vez lo hizo, tal vez solo creyó haberlo hecho. Siempre se había preguntado si, llegado el momento, podría distinguir o no que había llegado su última hora. Su sonrisa, real o imaginaria, nació justamente al darse cuenta que no solo no podía distinguirlo, sino que además, no le importaba en lo más mínimo.
(trece minutos antes) Había subido a tope el volumen de su auriculares, que reproducían una playlist aleatoria de musica electrónica. Con mucho menos podía opacar el ruido de la ciudad: los motores, las frenadas, las sirenas, los pitidos y chirridos, las publicidades en altoparlante, la gente. Podía cancelar el ruido de la ciudad, pero no la voz de la ciudad. Esa le hablaba desde adentro de su propio cráneo, y si no era con el volúmen al máximo reventando sus tímpanos, no podía ignorarla.
(cuarenta y dos minutos antes) Hizo el check out del hotel poco después de desayunar y salió rumbo a la universidad ya con su mochila al hombro. Ahí llevaba todo lo que necesitaba. Con su abrigo de paño negro largo hasta las rodillas, su viejo gorro de lana, sus lentes oscuros -oscurísimos- y sus enormes auriculares de alta gama, caminaba por la misma calle que había caminado mil veces, tratando de limitar físicamente el contacto con el entorno: deseaba, de alguna manera inútil e ingenua a la vez, que la ciudad no reconociera sus pasos.
(quince horas antes) Desde el momento en que se bajó del autobús y puso pie en tierra, tuvo la certeza de que era un error haber regresado. Sin embargo, sería solo una noche y un día en la ciudad. Tal vez menos. Casi un trámite, se dijo, a modo de consuelo. Algo en el frío aire de la Estación Terminal, casi vacía a esas horas de la noche, le causó mala espina. El recorrido en taxi hasta el hotel fue apenas de cinco minutos. Seguramente habría podido hacerlo a pie, pero no lo hizo.
(cuatro meses antes) Le sorprendió mucho el recibir una invitación al XXXII Congreso Nacional de Literatura y más aún enterarse que tendría lugar en su ciudad natal. Tendría que haberla descartado inmediatamente, pero la propuesta era por demás tentadora: recibiría una distinción especial por su trayectoria en las artes y su contribución a la cultura regional. Posiblemente no fuera más que un diploma y un mamotreto de acrílico, unas fotos con gente que ni conocía y cuanto más, una entrevista con el periódico local. Una mierda. Sin embargo, era consciente de que necesitaba un poco de promoción extra: su representante se lo había dejado claro: para vender cosas viejas, por más buenas que fueran, había que dar la cara de tanto en tanto.
(ocho años antes) Haberse mudado al campo, al campo de verdad, lejos de toda civilización, fue la mejor decisión que había tomado en su vida. En su huerta, en el monte, los terrosos caminos rurales recuperó un silencio que solo era habitado por un coro infinito de animales e insectos. Recuperó la paz, mas en el trance, perdió la magia de sus letras. Una magia que de todos modos ya no anhelaba: podría vivir el resto de sus días, aunque fuera modestamente, de lo escrito hasta entonces.
(diecisiete años antes) Irse definitivamente de allí fue un alivio, una forma de cerrar ciclos. O al menos eso quiso creer. La ciudad que le susurraba en la nuca, con la que había tenido un gran romance desde la adolescencia, la que le dictó al oído sus primeros versos y sus tímidas publicaciones iniciales pudo seguirle el rastro a otras ciudades. Siempre le daba alcance. No era algo que sucediera de inmediato. A veces tardaba meses, incluso años. Pero finalmente ocurría: justo al doblar una esquina, en un sendero perdido de parque, frente a una vidriera. Al principio era un murmullo inteligible, luego frases sueltas, y finalmente esa presencia absoluta, esa voz profunda que asaltaba su mente e invadía su alma, apenas cruzaba el umbral de la puerta y enfrentaba al mundo. Lo soportaba por un tiempo, tanto como pudiera, antes de encarar una nueva mudanza. Una y otra vez.
Es verdad que sentía, desde el primer momento de su huida, la culpa de haberla abandonado. La ciudad le había dado mucho, le había dado todo, incluso contra su voluntad.
(medio segundo después) Justo después de esa última sonrisa, comprendió que ella, su ciudad de origen, no había olvidado ni perdonado nada a pesar del tiempo transcurrido. Diez años o treinta eran minutos en su historia. Ella reconoció de inmediato sus pasos, su ritmo, su cadencia y se cobró, a su manera, la infame traición.