Sin caos no hay poesía

Me bastó ver por la ventana por unos segundos. Ya lo intuía: los pequeños indicios en el entorno me lo venían sugiriendo. En realidad, ya me lo habían anticipado. Pero para entenderlo, para aceptarlo, tuve que asomarme a la ventana y verlo con mis propios ojos. Y a pesar de saberlo, y a pesar de intuirlo, confirmarlo fue un golpe de puño profundo en el alma.

El caos había desaparecido. Las paredes limpias, blancas como recién pintadas, apenas mancilladas por el viejo mapa del lugar, algún retrato clásico y un escudo oficial. El escritorio, brillante y despejado. Ni un papel a la vista, ni un folio, ni una nota escrita a las apuradas en una servilleta. Ni un lápiz fuera de lugar, ni una taza sucia del día anterior fungiendo de pisapapeles. Nada de estanterías y más estanterías repletas de carpetas y cajas con expedientes y proyectos de todo tipo, como las que en otros tiempos lo cubrían todo de piso a techo. Hasta la papelera se veía inmaculada.. Todo extrañamente alineado con todo. Todo prolijo, ordenado, pulcro. Antiséptico, así es como se veía. O al menos como lo veía yo desde el otro lado del cristal.

Lo que en algún momento me había parecido una usina fértil de ideas y proyectos, ahora se veía como la oficina de un teniente coronel, tal vez eficiente y tal vez eficaz, pero sin un ápice de magia ni de encanto. La misma oficina, las mismas puertas, las mismas ventanas. Pero un espíritu tan distinto, que por no saber más, me fui de ahí como queriendo no haber estado…

Y sin embargo… sorprender, no me sorprendió. Todo tan perfectamente lógico y obvio, tan acorde a lo esperado, que de haber tenido voz y voto para protestar posiblemente no lo hubiera hecho. Las políticas, las burocracias, las formas y los formatos. Sus rituales y consignas, sus danzas sin arte ni gracia. Las reglas explicitas y normas implícitas, todo, todo, tenía más que ver con las paredes desnudas y blanqueadas del nuevo cuartel general que con el recuerdo bohemio que yo guardaba del lugar en otros tiempos.

Yo no sé, pero intuyo, que al igual que antes, hoy las cosas fluyen, o no fluyen,  a su propio ritmo. Que lo que cambia es principalmente el estilo, y por debajo de eso, la esencia es la misma de siempre, inalterable e invisible por los siglos de los siglos.

Por eso, y tal vez por otras cosas, aunque hoy esa ventana para mi sea un recuerdo a miles de kilómetros de casa, si me preguntan, yo aun preferiría el modelo de cuando la oficina militar era el cobertizo del gran jardinero, del que hablaba con las rosas, del que imaginaba a lo grande, el de los sueños fuera de presupuesto. Porque sin una cuota de caos no hay poesía, y en el devenir cotidiano, por más reglamentaciones oficiales que haya que cumplir, la poesía es la que hace la diferencia. Y siempre para bien.

 

Un viaje cortito…

Hay grandes viajes y pequeños viajes. Viajes a medio mundo de distancia y viajes al otro lado de la ciudad. Pero también hay viajes a la luna, que son viajes más grandes que los grandes viajes. Y hay viajes que son tan ínfimos que apenas son viajecitos.

Dormir del otro lado de la cama, de vez en cuando, es como salir de viaje por una noche, un viaje cortito, un viaje cerquita, sí, pero un viaje al fin de cuentas. Y es que el movernos unos setenta u ochenta centímetros de nuestro lugar habitual en la cama, cambia la experiencia por completo. La diferencia es enorme. Enorme de verdad.

Veamos algunos ejemplos:

– Del otro lado del colchón la forma es distinta, la topografía es otra: las sutiles lomas y valles que día a día (noche a noche) va esculpiendo un cuerpo en el colchón, son muy personales. Como una huella dactilar. La cama es la misma, el colchón es el mismo, pero del otro lado de la cama no se siente igual y el cuerpo se da perfecta cuenta. Tanto así, que bien podría sentirse estar durmiendo en la cama de algún lejano y exótico hotel, de algún también lejano y exótico lugar.

– El camino de la cama al baño, a media noche y a oscuras, es completamente diferente. Ese camino que uno podía hacer a ciegas con toda seguridad, de repente tiene un giro más o un giro menos, seis pasos más o seis menos, y eso lo convierte en una aventura completamente nueva y hasta peligrosa si se piensa, por ejemplo, en los deditos de los pies.

– Como en todos los viajes, los paisajes cambian: la vista del mundo, del universo, que se ve desde la ventana cambia por completo al cambiar el punto de vista, incluso cuando el desplazamiento sea de menos de un metro. Y si de repente una luz del exterior que antes no te alcanzaba, ahora te da de lleno en la cara, ni te cuento…

– Y por último, pero no menos importante: la persona que duerme a nuestro lado será, muy posiblemente, la misma persona que dormido a nuestro lado los últimos tiempos,  pero el lado será el otro lado. Será la misma persona, pero será otro su perfil. El encaje que se forjó con los años posiblemente no encaje tan bien ni tan naturalmente y habrá que buscar un nuevo acomodo. Será la misma persona, pero será un también un poquito diferente. Una misteriosa misma persona. Un extraño bien conocido durmiendo a nuestra izquierda (o a nuestra derecha, dependiendo el caso), donde antes no había más que vacío, el abismo al borde de la cama.

Y nomas cito estos ejemplos a modo de ejemplo, como para animarlos a tan maravilloso y diminuto viaje, a tan microscópica aventura…

(PD: Ocupar el centro de la cama, y tenerla en exclusivo, disponiendo en absoluto de las dos grandes diagonales, es toda una experiencia también, una deliciosa experiencia.)

El rito.

La mujer está arrodillada a los pies de un maguey en el parque junto a casa. Es domingo y pasan pocas personas por aquí. Nadie la molesta. Trae cruzado al pecho un morral abultado. De él va sacando las cosas más extrañas: un cuchillo, unas tijeras, un ramito de flores rojas, un racimo de frutos pequeños que no reconozco y una par de cosas más. La mujer esta nerviosa y fuma chupando con fuerza. Revisa las hojas de maguey y finalmente escoge una…

Yo la veo, de a ratitos, desde mi ventana. Yo la veo, pero ella no me ve. Yo cuido que no me vea. Ella está en al parque, a la vista de quien pase, pero yo siento culpa de mirar, de observar, de entrometerme con la mirada. Pero no puedo evitarlo. Y por esa vergüenza de voyeur principiante es que me pierdo gran parte del proceso, del ritual.

Cuando vuelvo a mirar, ya la hoja de maguey esta cortada longitudinalmente, hasta la mitad, y se abre bífida, como una lengua de serpiente. Chorrea la savia y ella va exprimiendo la hoja, untándose las manos y la cara con el preciado jugo. Pero no deja de fumar, ni un instante. Algo dice, sus labios se mueven , pero para mi, al otro lado del vidrio doble de mi ventana, la escena es una escena muda, aunque no nos separen ni tres metros de distancia.

Cuando vuelvo a ver, humean los restos de una fotografía, la hoja de maguey se ha transformado en un montón de fibras blancas, ya sin pulpa ni savia, de las que se ha atado el ramillete de flores y frutas rojas. La mujer camina en los alrededores, cigarrillo en mano, más nerviosa que antes, si es que eso fuera posible.

Luego de casi una hora, el ritual termina cuando la mujer vuelve al maguey, corta las fibras de las que colgaban las flores, lo envuelve en un pañuelo, guarda todo en su morral y se va de la plaza, como si nada, hacia la parada de autobús al otro lado de la avenida.

Yo quedo así, como triste por el maguey lastimado. No, no era de los más grandes y más viejos del parque, aunque debe tener, sin duda, su decena de años. Es verdad que sus hojas están todas escritas y autografiadas, quien sabe desde cuando, con esas cicatrices que no se van de plantas como estas. Pero en nombre de quién sabe quién, y a cambio de quién sabe qué, esta vez lo han lastimado mucho. Y a mi me da más lástima el maguey que la señora, sea cual haya sido su pedido…

Custodios.

Desde la ventana veo el parque. Lo veo bien, no hay una calle de por medio, sino apenas un caminito de concreto, peatonal y ni siquiera tan usado. Por eso la vida del parque es parte de nuestros días. No tenemos cortinas, no podemos evitarlo. Por eso puedo decir exactamente cuando llegaron los pozos: hace tres semanas y dos días.

Llegaron las cuadrillas y se pusieron a cavar. Unos doce pozos en todo el parque, muy prolijos, como de sesenta por setenta, y tal vez ochenta de profundidad. Obviamente, no todos aparecieron el mismo día. Una semana les llevó, al menos, terminar las tareas de cavar y rodear cada pozo con las cintas rojas y blancas de seguridad.

Ya viendo la distribución de los pozos, y conociendo la realidad de este parque olvidado de todos, no fue tan difícil adivinar que eran pozos para colocar columnas de luz, cosa que a todo mundo – o casi – haría muy feliz. Hasta aquí, pura algarabía y entusiasmo por las buenas nuevas.

Pero la cosa es que cada día, luego de ya estar bien cavados los pozos, llegaban las cuadrillas a… custodiarlos. Por cuatro o cinco horas, ahí parados, junto a un pozo o el otro, esperando quién sabe qué. Sacando del pozo, por hacer algo de rato en rato, la tierra que la lluvia de cada día volvió meter; arreglando las cintas plásticas que la intemperie ha deteriorado o algún pillo rompió al pasar; fumando un cigarrillo o filosofando sobre la vida. O dándole compulsivamente al celular, jugando, chateando o navegando por el mundo tan poco extraño de facebook. Pero principalmente custodiando los pozos, cuidándolos, como si algún tesoro secreto hubiera escondido allí, o como si existiera la remota posibilidad de que se escaparan de su lugar…

Así, día tras día, desde hace más de dos semanas. Esperan, supongo, que lleguen los postes que no llegan. Mientras tanto, dos rectángulos más han aparecido marcados con cal, señal de que nuevos pozos llegarán en breve. Tal vez sea porque van a poner más luces. O porque ya no saben que hacer los custodios con tanto tiempo de no hacer nada con la pala en mano. Como sea, al parque le viene bien que le remuevan un poco la tierra, tan apisonada por años….

CaCO₃

El carbonato de calcio es un compuesto químico.
Un poco de calcio, tanto de carbono y unos oxígenos.
Organizados en estricta formación y proporción.
Pertenece, dicen, a la categoría de las oxosales.

Es una sustancia muy abundante en la naturaleza.
Casi todas las piedras lo tienen en alguna medida.
Es el principal componente de caparazones y esqueletos.
Las cáscaras de huevo son puro carbonato de calcio.

Es la causa principal del agua dura.

Es fundamental en la producción de vidrio y cemento.

Y también es fundamental para mi felicidad.

Todos los cielos, el cielo.

amanecer de agosto de 2009 – Paraná, ER, Arg

Que el sol brilla para todos, dicen que dicen los que saben. Puede ser que sea verdad, pero no es del todo cierto. No brilla para todos igual, ni para todos al mismo tiempo.

Que todos los cielos son el mismo cielo, de eso hoy no hay duda. La ciencia lo sabe, la ciencia lo explica y la mente lo entiende. Y sin embargo ¡parecen tantos! Y todos se ven tan diferentes…

En cada lugar del mundo, en cada instante, en cada mirada. Los cielos que nos cubren y nos envuelven son siempre otros cielos.

El de la ciudad, el del pueblo y el del campo son cielos distintos. El cielo del mediodía y el de la primera mañana no son los mismos. El de una tormenta y otra tormenta no se parecen, nunca, en nada.

El cielo de quien ama al sol y el de quien lo aborrece, no se parecen. Son cielos muy distintos, aunque los que miren compartan la cama. El color del cielo lo pinta, en definitiva, el humor con el cual se levantó cada quién, no importa que dictaminen las estrictas leyes de la física.

El cielo de la noche profunda no es igual con luna que sin ella. Ni es lo mismo luna llena que menguante, aunque sea la misma luna. Cualquiera sabe que no son iguales las noches si no se ven las mismas estrellas.

Los cielos que recordamos son siempre mejores que los cielos que fueron. Los cielos que se ansían son casi siempre más brillantes y nítidos que los cielos que tenemos. No es el mismo cielo el que nos aplasta que el que nos eleva, el que está al alcance de la mano o el que se escapa al infinito.

El cielo es uno solo, pero los fragmentos de cielos son miles y no se repiten. Conmueve tanto el azul profundo como el gris plomizo si el alma está dispuesta. Maravilla tanto el ocaso que incendia los cielos, como la timidez de un sol tras la niebla.

Y angustian siempre los cielos opacados de humo, incluso cuando a fuerza de costumbre nos obligamos a no verlos. Angustian los cielos negados, los cielos que se renuncian, los cielos indiferenciados. Angustian los cielos que son ignorados como un mal telón de fondo, sean del color que sean…

Instrucciones para ir a hacer los trámites y volver a casa.

Salir de casa (mi casa, la de aquí) y caminar unos seiscientos metros hacia la derecha, en caso que se esté mirando hacia la calle, siguiendo la avenida. O hacia el este, que es una referencia más universal. Por ahí está la entrada a la estación de metro. Esa que parece, como todas, una boca abierta desde las entrañas de la Tierra. Un boca o un culo, depende de la perspectiva y el humor de cada quien. Lo siguiente, obviamente, es bajar la escalera de ingreso – egreso, que en este caso es de ingreso. Luego de pagar, bajar la siguiente escalera, del lado que indica la dirección hacia el norte. Claro que bajo tierra, nada delata como se acomodan los puntos cardinales. Por eso, mejor fijarse antes en el plano esquemático de la red de metro que hay junto a las escaleras. De hecho, es sabido, cuando llegue el tren irá primero un poco hacia el oeste, y luego girará mas o menos hacia el norte. En la octava estación contando desde donde se abordó, es donde hay que bajar. Ahí, justamente, se cruza con otra linea. Hay que prestar mucha atención, leer todos los carteles, todas las indicaciones. Porque además de muchos caminos, muchos pasillos y escaleras, hay también mucha gente. Siempre. A continuación se debe tomar un tren, de la otra linea, que nos lleve tres estaciones hacia el este. Ahí la cosa se pone más difícil aun, pues es la intersección de tres lineas. Llegado a este punto hay que escoger  un tren que vaya nuevamente hacia el norte, hacia el norte-norte, no hacia el norte-este, otras tres estaciones. Y ahora sí, es hora de emerger. Volver a la superficie, al aire fresco aunque no sea puro, de la superficie. Porque no importa que temperatura haga en la ciudad, en el metro siempre hará calor, y casi siempre será bastante sofocante.

Saliendo del metro, hay que enfilar hacia el oeste (si hay sol y es, por ejemplo, de mañana, hay que ir hacia donde se alargan las sombras) y caminar por la avenida unas catorce cuadras. Como la avenida es una hermosa avenida con una ancha plazoleta muy arbolada al centro, es muy probable que sea una agradable caminata. A mitad de camino se reconocerá una plaza medio redonda, que algunos llamaran rotonda, y otros glorieta. Eso indica que se va por el buen camino. Esas catorce cuadras son más bien cortas, no debe nadie asustarse de caminarlas. Al cabo de ese recorrido, se encontrará con otra avenida que la cruza, y ahí hay que doblar a la derecha, o sea, otra vez al norte, dos cuadras más, que esta vez sí son cuadras largas, pero son solo dos. Llegará a otra avenida, otra vez doblará, pero esta vez hacia la izquierda, o sea, hacia el oeste, pero solo una cuadra y media, ahí mismo, a la izquierda, esta el edificio donde debe realizar los famosos trámites. Se reconocerá por su porte institucional, por la cantidad de gente hablando en distintos idiomas en la explanada de ingreso, y por un cartel grandote que indica el nombre y la función del lugar. Puede ser que los trámites lleven diez minutos o cuatro horas. Lo más probable es que tome cuatro horas el primer día, y se deba regresar al día siguiente. Ese día siguiente puede llevarle dos horas o diez minutos. Sea cual sea el caso y el resultado de la jornada, el camino de regreso es el mismo que para llegar, pero a la inversa. Claro que siempre se puede variar un poco. Opciones hay. Siempre hay. Incluso tomarse un taxi es una opción.

Las vecinas

(Antes que nada, quiero dejar en claro que el texto a continuación es pura ficción, de verdad lo digo, es pura mentira. Cualquier similitud con personajes y situaciones de la vida real es pura casualidad, se los juro. No vayan ustedes a creer ni una palabra, por favor. Por favorcito, de corazón se los pido…)

No voy a nombrarlas. Porque no corresponde. Pero además, porque no me sé sus nombres. Los escuché un par de veces, pero no los retuve. Y como sea, no voy a nombrarlas, no vaya a ser que, por esas cosas de la vida, un día lean esto. No voy a nombrarlas, no vaya a ser que se den por aludidas, y mi integridad corra peligro. Mis vecinas, las brujas malas, son gente de temer.

Sé perfectamente que en general las brujas son buenas, a pesar de lo que digan los cuentos de antes. Pero no es este el caso. Aunque lo aparenten, las estas doñas no tienen nada de buenitas. Yo lo sé, porque a veces vamos a las reuniones de vecinos que se hacen, prácticamente, en la puerta de nuestra casa. En el parque del barrio en realidad, pero es casi la puerta de nuestra casa. Desde la ventana del comedor vemos que se va formando el aquelarre, y allá vamos. Con una dotación enorme de antiácidos en los bolsillos, vamos para que después no digan que nadie va, que a nadie le importa.

Estas vecinas no quieren a nadie. Ni entre ellas se quieren. Arman y desarman entre ellas frentes de acusación mutua, que ni con seis años de estudios intensivos de política internacional podría alguien entender. Tampoco soportan nada: como por arte de magia sacan sus propuestas de enrejar por aquí y por allá, indiscriminadamente, ya sea un pedazo de parque, un sector del paseo, o las mismísimas calles. Es su hechizo predilecto, su solución para todo. Eso, y poner cámaras de vigilancia en cada poste, en cada casa, y si fuera posible, en cada árbol.

Como en los cuentos, estas señoras brujas odian a los niños y especialmente odian el ruido que hacen los niños. No estoy inventando, ellas lo dicen abiertamente. Sienten repulsión por los adolescentes, para qué engañarnos, y más aún si se los ve felices retozando en el parque. A los jóvenes los odian por jóvenes, supongo. Y a los demás, a los que no son de su exclusivo club de mujeres “bien”, los odian nomas por existir. Ni vendedores, ni pasantes, ni estudiantes. Ni profesores, ni mendigos. A nadie quieren cerca. Que nadie se atreva a poner pies en su reino, porque ellas, y solo ellas, tienen el poder de invocar a los poderes terrenales, pero también a los otros.

Incapaces de ponerse en los zapatos de nadie, alzan las banderas de quién sabe qué decencia ofendida, y escandalizadas se elevan sobre el resto de los mortales como las mártires del barrio; sus salvadoras, sus profetas y su única esperanza. Dueñas de todas las verdades, quien las contradiga se hará inmediatamente merecedor de todo tipo de maldiciones y tendrá que vivir temeroso de su ira de por vida.

Su séquito, sus acólitos, van aprendiendo rápido. De un año a esta parte se ven sus progresos y dan miedo. Sus rictus fruncidos de perpetua indignación van dejando huellas profundas en sus rostros. A diferencia de sus maestras, aún no saben simular simpatía proselitista y sus sonrisas forzadas intimidan y espantan.

Entre sus principales poderes, se encuentra el de transformar conceptos como el de “Espacio Público” en algo tétrico y peligroso; el de invocar los Derechos Humanos para reprimir a quien ose pisar el pasto y el de decidir, a su entera voluntad, cuando las leyes sirven y cuando no.

De verdad dan miedo nuestras vecinas; incluso sin sus poderes brujeriles lo darían. También dan vergüenza ajena y gastritis.Y aunque hay que reconocer que les sobra voluntad y cierta tipo de vocación comunal, esa voluntad y esa vocación son bastante retorcidas. Saben perfectamente, creo yo, del dilema en que nos sumergen al invitarnos a participar: si no participamos, lo dejamos todo en sus crueles manos; y si nos sumamos a su club, nos volvemos cómplices de sus acciones. Lo saben, y me atrevería a decir que lo disfrutan.

Maldito dilema bien pensado, pero así funciona la cosa. Y es una lastima que no haya nadie más por aquí, ni siquiera nosotros, que esté dispuesto a jugar el rol que ellas ostentan. Porque te da, sin duda, una cuota de poder, una cuotita, pero también algo demandante, agotador y exigente. Y te vuelven blanco de todo tipo de antipatías. Ya lo ven.

Crimen en la línea 3

No ha sucedido, pero puede pasar en cualquier momento. Es más, estoy segura que así será, tarde o temprano. Y mucho me temo que sea más temprano que tarde.

Puedo imaginar perfectamente el escenario: tercer vagón de la formación del metro, exclusivo para mujeres, en la primera hora pico del día. El ambiente es tenso, más tenso, creo yo, que en cualquier otro vagón del metro. La atmósfera es densa, cargada y recargada con el olor de los desayunos de último momento, de los perfumes y los cosméticos. La luz mortecina que ilumina el vagón es más gris que blanca, y su parpadeo sutil se suma al traquetear del vagón para darle a todas un look fantasmal.

Las que van sentadas, las menos, evitan cualquier contacto visual con el resto del universo. Tal cual dicen: ojos que no ven, obligación moral que no se siente. Por lo menos no la de dar el asiento a quien más lo necesite, que es casi la única obligación moral reclamable en estos casos. Las que van de pie han perdido toda consideración respecto al contacto físico. Los codos buscan las costillas ajenas como si de gallos de riña con espolones se tratara; los tacones se afirman con saña sobre lo que sea que haya por debajo. Todo por un poco más de lugar que, a esa hora, en ese instante, no existe.

Y sin embargo, todas las cartucheras de maquillaje están fuera, ya sean medianas, grandes o enormes, abiertas de par en par, dejando a la vista el completísimo arsenal. Cientos de espejitos (de esos que sirven para mirarse, pero también para mirar disimuladamente a los demás), reflejan y agigantan ojos y labios, arrugas y lunares, pelos y poros, granos y cicatrices. Y reflejan y agigantan también, tal vez de forma menos de evidente, una variedad de neurosis de lo más extensa.

La danza pareciera casi coordinada en ese amasijo de gente que se ignora a la fuerza. Con una mano, prendidas quién sabe de donde, y maquillándose con la otra, como si fuera lo más habitual del mundo, van construyendo su mascara capa por capa. Como si fuera lo más habitual del mundo, porque en sus vidas lo es. No importa cuanto se mueva el tren, la línea del ojo será perfecta. Son toneladas de bases y correctores, rubores, sombras, pinturas, delineadores y máscaras. Polvos de todo tipo, polvos de todos los colores. Pinceles y brochas, pinzas y rizadores de pestañas. Y también las infaltables cucharitas.

Y justamente una de esas cucharitas, creo yo, ha de ser el instrumento del crimen que tanto presiento. Una cucharita de metal, afilada de tanto rizar pestañas cada día, una inocente cucharita de café, alejada hace tiempo del destino para el cual fue diseñada.

Un día cualquiera, un día de estos, la cucharita acabará su vida de sometimiento cosmético, clavada profundamente entre las costillas de alguien. Clavada en el corazón o en el pulmón. O en la yugular, quién sabe. Y quién sabe a cuenta de qué rencores. Y será noticia, tal vez, por un ratito.

Experiencia ferio-libresca

En las ciudades grandes, casi todo es grande y de casi todo hay mucho. Por ejemplo las ferias. Por ejemplo, las ferias de libros, de esas que son mitad feria, mitad festival, mitad congreso, mitad mercado callejero. Sí, tan grandes que pueden tener hasta cuatro mitades o más.

En una de esas estuve hace poco, de esas que bajo una carpa gigantesca tienen muchísimos puestos de venta de libros y afines, stands que les dicen, prolijamente ordenados por editorial y en orden alfabético. Con sus respectivos promotores que, cual los más experimentados feriantes de pueblo, vocean sus productos y te invitan a pasar, a ver, a olfatear gratuitamente esos tentadores libros, sin compromiso, dicen, sin compromiso, repiten. Igualito que cuando en el mercado te ofrecen catar un trozo de fruta en la punta de un enorme cuchillo, siempre tan amigablemente amenazante.

Huyendo de esos vendedores, y atravesando con especial cuidado el mar de gente que inunda los pasillos, llegué al otro lado de la mega carpa. Por un momento no entendía nada de nada. Afuera llovía y yo había entrado no hacía tanto, cuando aún brillaba el sol.

Una multitud de voces por alta voz se superponen en el nuevo escenario: dos personas relatan cuentos distintos pero con el mismo tono y la misma cadencia; una tercera voz parece ser de una transmisión de radio en vivo, una cuarta contesta con pocas ganas preguntas que el público no le hizo, una quinta invita a la gente a la clase abierta de salsa y una sexta, en el mismo volumen y frecuencia que las demás, anuncia las ofertas gastronómicas, los especiales del día, los solo por hoy.

Bajo toldos demasiado cercanos unos de otros, se organizan los foros.  Es decir, una tarima con tres o cinco silloncitos, frente a unas sesenta sillas muy ortogonalmente acomodadas.

Durante una hora, cada hora, alguien presentará un libro nuevo, y ese alguien no será el escritor del libro. Otro alguien presentará al autor, que por supuesto no será el mismo. Pero al final tendrá tiempo para decir gracias a una audiencia que en el mejor de los casos llenará la mitad de las sillas. Y en el peor de los casos consistirá en unas seis o siete personas, principalmente colegas, amigos y familia. Y un par que probablemente se sentarán en las filas de más atrás a descansar,  protegerse de la lluvia leve pero persistente, y a darle a sus teléfonos en paz si encuentran una red disponible.

Sé lo que digo porque yo fui una de las de ese último grupo, esperando que sea la hora de la presentación que me llevó hasta allí. Aunque en mí defensa he de decir que intenté prestar atención las dos veces que me senté en un foro elegido al azar.  Aguanté como quince minutos en cada uno. Y si bien no recuerdo hoy ni el nombre de los autores, ni de los presentadores ni de las obras, sí recuerdo la enseñanza de que me dejó la experiencia: conocer a los autores antes que a las obras puede ser nocivo para la literatura, sobre todo si te caen mal, porque ahí ya ni ganas de leerlos te quedan, y capaz que hasta son buenos.

Finalmente pasé mis últimos ratos de espera bajo la llovizna, como tantos, en la larga fila de los que ansiaban comprar su combo de mal café con sándwich tipo baguette por unos no tan míseros cincuenta pesitos.  Yo pedí un agua mineral de medio litro y un pan dulce que costaron casi lo mismo y que tampoco fueron la gran cosa.

Ya casi era hora de pasar a ser parte de la audiencia calificada, de los del primer grupo, subgrupo amigos del escritor. Del mero mero, como dicen aquí. Del más importante de los que están en la tarima. Del que, después de tres o cuatro largos discursos en donde los otros cuentan casi con detalle la trama y el desenlace del nuevo libro, sus porqués y sus tal veces, apenas tendrá tiempo para agregar un gracias por venir. Y a desalojar rapidito el lugar, que ya llega el siguiente, y vamos tarde con el cronograma.

El otro payaso.

Con la convicción de que hacer reír es bueno, el payaso se consuela.

El fantasma del buen Garrik lo guía, lo invade, lo acompaña.

Ya no soporta hacerse el tonto, pero es lo que mejor funciona.
Ya no quiere seguir tropezándose a propósito con sus propios pies.
Ya está cansado de pintarse la cara de blanco y de tanta ridiculez.
Ya está harto de caer de cara en el pastel, una y otra y otra vez.

Pero el númerito del payaso listo no funciona aún del todo bien.
Al menor gesto de inteligencia los niños se asustan y  lloran.
Y los adultos fruncen el ceño, fruncen la nariz, y todo lo fruncible.
Porque también los adultos les temen a los payasos inteligentes.

Si no es de la desgracia ajena, parece, ya no saben de que reírse.

(y eso no está bien, nunca lo estuvo, nunca lo estará)

Recetas

Todos tienen una receta para todo. O varias recetas.
Todos tienen una receta para todo. Para lo que sea.

Recetas para huesos flojos, la piel reseca y  la resaca.
Recetas para fortalecer el carácter y ablandar la caca.
Recetas para invocar a los ángeles y destapar caños.
Recetas para cultivar lombrices azules y evitar daños.
Recetas para freír huevos podridos y mejorar el sexo.
Recetas para ganarle tiempo al tiempo que se va.
Recetas para curarlo todo, pero todo de verdad.
(recetas hasta para burlar la muerte, si hay suerte).

Recetas claras, paso por paso, todo bien enumerado;
con instrucciones concisas, como preceptos sagrados.
Recetas infalibles a prueba de tontos y de descreídos;
no hay forma de equivocarse, no hay lugar a errores.
Recetas basadas en la sabiduría milenaria de la abuela;
o bien fundadas en los últimos avances de las ciencias.

Para todo hay recetas. Para lo que sea.

Para la paz mundial hay recetas, muchas y muy variadas.
Para los fideos con crema y las papas asadas hay recetas.
Para limpiar la vajilla de plata y lavar dinero hay recetas.
Para controlar la parasitosis y curar lo maricón hay recetas.
Para que dios te perdone y la virgen te ayude hay recetas.
Para vivir mejor y para que otros mueran pronto hay recetas.
Para reciclar aceite usado y amarrar al ser amado hay recetas.
Para reactivar la economía y quitar manchas hay recetas.
Para salvarnos todos, o por lo menos algunos, hay recetas.

Todos tienen una receta para todo. O varias recetas.
Todos tienen una receta para todo. Para lo que sea.
Para todos los problemas y los sueños hay recetas.

(Algunas funcionan, algunas no. Algunas dan miedo)

No. Nunca. Jamás.

Ni a propósito, ni por error.
De ninguna forma ni por ningún motivo.
Ni siquiera por puta casualidad.
Ni por lástima, ni por compasión siquiera.
Se apelen los medios a los que se apelen.
Ni por favor, si se los pidiera.
Ni por las causas primeras,
Ni por las razones últimas.
Ni para cumplir formalidades.
Ni para simular simpatías.
Ni si por las dudas ni si por tal vez.
Ni por curiosidad, por leve que sea.
Ni, definitivamente, por genuino interés.

No estaban muertos…

Cuando de niña escuchaba hablar de los organilleros, siempre era con un dejo de nostalgia. Para mí eran algo muy antiguo, de un pasado que era más de la infancia de mis abuelos que de mis padres. Una especie extinta, desaparecida, de un pasado remoto.

Incluso en mi ciudad, que hace un siglo ya era ciudad a su manera, había un organillero. Uno, por lo menos. En la plaza principal. Con un mono. Eso fue lo que escuché siempre en casa. Y en mi cabeza infantil lo transformé en un ser mitológico, como los colchoneros, los deshollinadores, o las vendedoras de mazamorra de los tiempos de la Independencia.

Los organilleros eran seres de una época en que la música automática era casi magia, aunque fuera tan sencillamente mecánica. Seres que le daban vuelta a la manivela y que al compás de una musiquita hacían bailar un mono. Todo por unas monedas. Y tal vez, por amenizar una tarde en la plaza, por ver las miradas fascinadas de niños y grandes, quien sabe….

Organillos y organilleros vivían, para mí, en ese mundo mágico y triste de las cosas desaparecidas para siempre, de las cosas que solo sobreviven en los museos, los libros y las películas. Eran de esas cosas que yo supuse que no conocería jamás, como los dinosaurios. Y eso era parte importante de su perfil romántico.

Pero pasó un día, cuando yo ya tenía más de treinta, que por esas cosas de la vida, me encontré viviendo en otra ciudad y en otro país. Y en la esquina de la nueva casa, ahí nomas, a un par de decenas de metros, en su uniforme marrón gastado, estaba dale que dale a la manivela un organillero con su organillo.

Ya no lleva un mono atado con una correa para que baile al son. Hoy no sería políticamente correcto. Pero sí lo acompaña un asistente que, gorra en mano, va pidiendo una colaboración “para mantener la tradición”. Se mueve rápido por entre los automóviles en lo que dura el rojo del semáforo, entrenado el ojo para detectar desde lejos el más mínimo gesto de quien quiera dar.

La primera vez que lo ví, de alguna forma también me maravillé. Se supone que las cosas extintas no vuelven a la vida. Pero allí estaba. Y yo creí, por un momento, que tenía el honor de estar frente al último de los últimos. La música no era tan bella como imaginaba, pero la mística de los años de ser místico lo enmendaba fácilmente.

Luego, un tiempo después, alguien me dijo que solo aquí, en este lugar del mundo, quedan organilleros, y que son rigurosamente cuarenta. Y yo no termino de creerles, los hay por todas partes. En casi todos los semáforos donde se cruzan avenidas importantes. Y en el centro, en la peatonal, en los parques. Hasta sindicato tienen. Dos en sindicatos, en realidad. A mi no me joden: en vía de extinción no están, ni por casualidad.

Lo que sí me atrevo a poner en duda, fuertemente, es que aún existan afinadores. O tal vez sí los hay, y se mueran de hambre. Porque el odioso sonido de los organillos puede llegar a desquiciar a cualquiera. Empiezo a creer también, que las monedas que la gente les da es para que ya paren de una vez, para que ya no sigan. Me suena más a extorsión que a arte, ¿que quieren que les diga? Hasta me han dicho que dicen que algunos usan grabaciones. Espantosas grabaciones de espantosas melodías que ya no son las hermosas melodías que solían ser.

Y sí, a veces, con culpa, fantaseo con extinguirlos y mandarlos de nuevo allí donde vivían, el romántico mundo de las cosas de un pasado mejor, más humano. Sino a todos, al menos a aquél que se pone cada día en la esquina de casa.

Observaciones al vuelo

Los aviones más modernos tienen una pantalla por pasajero. Incluso si son pasajeros de clase turista, que es lo que suelo ser yo cuando viajo en avión.

Una persona, una pantalla.

Una pantalla por pasajero, y un par audífonos también.

No de los mejores, no para todos al menos. De esos chiquitos e incómodos que van dentro de la oreja. Audífonos, obviamente, para no molestar al vecino de asiento, que tan cerquita está.

Y para que no nos molesten.

Más que ninguna otra cosa, los audífonos inhiben a cualquiera que ose dirigirnos la palabra. Si llevamos los audífonos puestos, es como si estuviéramos dormidos.

O muertos.

Ni la hora se les pregunta a los que no quieren escuchar. Desprecian hasta un “buendía” sin siquiera hacer un gesto. Los audífonos, por lo visto, también los habilita para hacerla de ciegos.

Días de aire denso.

En estos días hace calor todo el día, todos los días.

Yo miro por la ventana y veo el río, las islas, el parque.
Veo el puerto, un poquito de ciudad, algo de campo.
Miro por la ventana y veo tanto, tanto cielo azul celeste.
Veo tanto horizonte, siempre presente, allá a lo lejos.

Va terminando la tarde, el sol ya no quema, pero el aire sí.

Escucho a los chicos que juegan en el parque como si nada.
A los vecinos que toman mate, tranquilos, en la vereda.
A la gente que va emergiendo a las calle, ahora que se puede.
Y a los mios, que se vienen despertando de la siesta.

El ronronear de mil motores de aire acondicionado va bajando.

Es verano, pleno verano y esta vez, dicen, sí hace calor.
Yo miro por la ventana y respiro hondo, respiro profundo.
Los pulmones se me llenan de aire denso y caliente.
De aire que huele como olían siempre las tardes de verano.

La gente suspira suspiros espesos, lentos, suspiros mudos.

Hace  mucho calor,  y mi cuerpo transpira como todos.
En mi espalda las gotas de sudor se condensan y resbalan.
Y me gusta pensar que me estoy empapando de entrerrianía.
Como se empaparía también bajo la lluvia o en el río.

En estos días hace calor todo el día, todos los días y no me importa.

Respiro hondo, me empapo y me inundo de esta esencia mía.
Como ayuda memoria, como reaseguro, como amuleto de buena suerte.
Debe durarme un año al menos, por lo menos, por las dudas.
Debe durarme mientras este lejos, hasta que vuelva, hasta ese día.