Jaque mate

«Jaque», dijo en voz baja, casi con culpa. Se mueve un alfil. Continua la danza.

«Jaque», otra vez, podría ser definitivo, pero no lo es. Un caballo aparece de la nada.

«Jaque», su voz cansada es un reclamo de clemencia. Los peones van dejando el tablero.

«Jaque», esta vez ya es una advertencia. Las opciones se cierran. El amor no todo lo puede.

«Jaque», esboza una sonrisa por vez primera. En un gesto displicente se perdona a la reina.

«Jaque», no quería que fuera así, tan así. Sus ojos dejan ver cierto disfrute en la agonía.

«Jaque», repite intuyendo el final. Todas las chances fueron dadas. Todas.

«Jaque mate», muere el rey. Ya no hay vuelta atrás.

No se puede vivir perdonando ciertas cosas, no se puede jugar siempre a perder.

No solo por el placer de extender la partida un par de movidas más.

No hay saludos ni gestos de cortesía. Pero debería haberlos.

Tal vez simplemente no fue un buen día.

En affisch som lyder:

En affisch som lyder:
«Kommer att bli en lång väntan,
men kommer inte att vara för evigt»
Jag vet inte om det var ett löfte, en varning eller ett hot…
eller om det var en bön… eller en tröst.
Jag kunde bara le.
billiga filosofi från busstationen.
Tidsfristen var bara ett år.
Och sedan dess,
världen har nästan slutfört en halv varv runt solen.

El temblor

Algo como la furia, que no es la furia,
temblando al filo de los colmillos.

¿Dónde duerme la ira que brilla por su ausencia?
¿Dónde se esconde la sed de venganza?
¿Dónde está la tempestad redentora?
¿Y dónde está todo lo demás?
¿Es que acaso es tan grande el abismo?
¿Es que no era, acaso, solamente un paso?

Solo queda el sutil temblor del alma
cuando el temblor de los colmillos se apaga.

Una noche

Hasta las dos de la mañana, el cielo se mantenía límpido.
Muchísimas estrellas, toda la Vía Láctea en su esplendor.
Como suele suceder aquí en el sur cuando no hay ciudades cerca.

Ninguna nube.
El aire más transparente que pueda alguien imaginar;
y la luna tan ausente, como si no hubiera existido jamás;
y una brisa suave y cálida;
y miles de relámpagos, durante horas,
que iluminaban el horizonte sobre el río.

Un espectáculo digno de verse.
Más que eso, un espectáculo digno de vivirse.
Finalmente el viento comenzó a embravecerse.
Se cubrió el cielo de nubes rojas.
Cayó un único rayo.
Y se desató la tormenta perfecta.

Minutos después ya estaba yo bajo techo,
disfrutando el olor de la primera lluvia.
Dispuesta finalmente a dormir un rato.

(la jornada había sin dudas terminado)