Un viaje cortito…

Hay grandes viajes y pequeños viajes. Viajes a medio mundo de distancia y viajes al otro lado de la ciudad. Pero también hay viajes a la luna, que son viajes más grandes que los grandes viajes. Y hay viajes que son tan ínfimos que apenas son viajecitos.

Dormir del otro lado de la cama, de vez en cuando, es como salir de viaje por una noche, un viaje cortito, un viaje cerquita, sí, pero un viaje al fin de cuentas. Y es que el movernos unos setenta u ochenta centímetros de nuestro lugar habitual en la cama, cambia la experiencia por completo. La diferencia es enorme. Enorme de verdad.

Veamos algunos ejemplos:

– Del otro lado del colchón la forma es distinta, la topografía es otra: las sutiles lomas y valles que día a día (noche a noche) va esculpiendo un cuerpo en el colchón, son muy personales. Como una huella dactilar. La cama es la misma, el colchón es el mismo, pero del otro lado de la cama no se siente igual y el cuerpo se da perfecta cuenta. Tanto así, que bien podría sentirse estar durmiendo en la cama de algún lejano y exótico hotel, de algún también lejano y exótico lugar.

– El camino de la cama al baño, a media noche y a oscuras, es completamente diferente. Ese camino que uno podía hacer a ciegas con toda seguridad, de repente tiene un giro más o un giro menos, seis pasos más o seis menos, y eso lo convierte en una aventura completamente nueva y hasta peligrosa si se piensa, por ejemplo, en los deditos de los pies.

– Como en todos los viajes, los paisajes cambian: la vista del mundo, del universo, que se ve desde la ventana cambia por completo al cambiar el punto de vista, incluso cuando el desplazamiento sea de menos de un metro. Y si de repente una luz del exterior que antes no te alcanzaba, ahora te da de lleno en la cara, ni te cuento…

– Y por último, pero no menos importante: la persona que duerme a nuestro lado será, muy posiblemente, la misma persona que dormido a nuestro lado los últimos tiempos,  pero el lado será el otro lado. Será la misma persona, pero será otro su perfil. El encaje que se forjó con los años posiblemente no encaje tan bien ni tan naturalmente y habrá que buscar un nuevo acomodo. Será la misma persona, pero será un también un poquito diferente. Una misteriosa misma persona. Un extraño bien conocido durmiendo a nuestra izquierda (o a nuestra derecha, dependiendo el caso), donde antes no había más que vacío, el abismo al borde de la cama.

Y nomas cito estos ejemplos a modo de ejemplo, como para animarlos a tan maravilloso y diminuto viaje, a tan microscópica aventura…

(PD: Ocupar el centro de la cama, y tenerla en exclusivo, disponiendo en absoluto de las dos grandes diagonales, es toda una experiencia también, una deliciosa experiencia.)

El rito.

La mujer está arrodillada a los pies de un maguey en el parque junto a casa. Es domingo y pasan pocas personas por aquí. Nadie la molesta. Trae cruzado al pecho un morral abultado. De él va sacando las cosas más extrañas: un cuchillo, unas tijeras, un ramito de flores rojas, un racimo de frutos pequeños que no reconozco y una par de cosas más. La mujer esta nerviosa y fuma chupando con fuerza. Revisa las hojas de maguey y finalmente escoge una…

Yo la veo, de a ratitos, desde mi ventana. Yo la veo, pero ella no me ve. Yo cuido que no me vea. Ella está en al parque, a la vista de quien pase, pero yo siento culpa de mirar, de observar, de entrometerme con la mirada. Pero no puedo evitarlo. Y por esa vergüenza de voyeur principiante es que me pierdo gran parte del proceso, del ritual.

Cuando vuelvo a mirar, ya la hoja de maguey esta cortada longitudinalmente, hasta la mitad, y se abre bífida, como una lengua de serpiente. Chorrea la savia y ella va exprimiendo la hoja, untándose las manos y la cara con el preciado jugo. Pero no deja de fumar, ni un instante. Algo dice, sus labios se mueven , pero para mi, al otro lado del vidrio doble de mi ventana, la escena es una escena muda, aunque no nos separen ni tres metros de distancia.

Cuando vuelvo a ver, humean los restos de una fotografía, la hoja de maguey se ha transformado en un montón de fibras blancas, ya sin pulpa ni savia, de las que se ha atado el ramillete de flores y frutas rojas. La mujer camina en los alrededores, cigarrillo en mano, más nerviosa que antes, si es que eso fuera posible.

Luego de casi una hora, el ritual termina cuando la mujer vuelve al maguey, corta las fibras de las que colgaban las flores, lo envuelve en un pañuelo, guarda todo en su morral y se va de la plaza, como si nada, hacia la parada de autobús al otro lado de la avenida.

Yo quedo así, como triste por el maguey lastimado. No, no era de los más grandes y más viejos del parque, aunque debe tener, sin duda, su decena de años. Es verdad que sus hojas están todas escritas y autografiadas, quien sabe desde cuando, con esas cicatrices que no se van de plantas como estas. Pero en nombre de quién sabe quién, y a cambio de quién sabe qué, esta vez lo han lastimado mucho. Y a mi me da más lástima el maguey que la señora, sea cual haya sido su pedido…

El sutil arte de vivir sin tantas certezas

Cultivar este sutil arte de vivir sin tantas certezas.
Ansiar con mesura; desear con el alma, pero con calma.
Disfrutar ese coctel imaginario de dulzuras y asperezas.
Y cruzar los dedos sin cruzarlos (porque nunca se sabe).

Invocar las estadísticas como quien repite un mantra.
Esa letanía infinita que transforma los fantasmas en porcentajes.
Confiar y temer en su justa medida, sin saber cual es la justa medida.
Confiando mucho y temiendo poco, porque así es como lo prefiero.

Pero por si acaso, siempre previendo lo posible y lo probable.
Balanceando y sopesando, achicando el margen de las sorpresas.
El futuro es inevitablemente incierto, por definición y conveniencia.
Pero casi todos los futuros son opciones más o menos imaginables.

Aferrándome a ese método fatídico de la duda metódica.
Siempre bienintencionada, siempre razonable, siempre justa.
Dudando con optimismo, pero dudando siempre un poquito.
Y viviendo feliz por ello, y a pesar de ello, y a pesar de todo.

Sobre la magia.

Yo no sé si creo en la magia. Tal vez sí, tal vez no. Tal vez solo a veces. Y cuando hablo de magia, no sé si es de magia o de algo que se le parece. Es más, no sé que es la magia exactamente, pero como cualquiera, lo intuyo. Como cualquiera, imagino, busco y armo de a pedazos mi propia definición.

Y a veces creo, y a veces no. La mayoría de las veces no, pero a veces sí (porque a veces se elige y a veces no). Pero incluso cuando sucede que sí, incluso entonces, también tengo mis parámetros, como cualquiera, como todos. Qué sí es y qué no es. Cuando sí y cuando no. Hasta donde sí y hasta donde no. Donde nace y donde muere, donde vive y de que está hecha. Y así formo mis opiniones.

La magia, creo yo, no está en la galera. Ni en el abracadabra. Ni en la varita a la que llaman mágica. Ni en la pócima ni en el brebaje que hierve en el caldero. Para mí que es algo que está mucho más adentro, por decirlo de alguna manera. No en el conejo, no en el mazo de cartas. Ahí, tal vez, esté el truco, pero no la magia.

Tampoco la magia del momento está en el momento. No en el eclipse, ni en la luna llena. La magia está en otro lado, y ese otro lado no son las estrellas ni las tripas ensangrentas de una oveja. No está en las palabras, ni en las piedras, ni en un agua en particular, como si no fueran todas las aguas la misma agua. No está en los rituales ni en los lugares sagrados. Obviamente, la magia no está en el corazón del sacrificado, ni en la estampita, ni en la estatua. La magia, casi que podría asegurarlo, no está en los dedos cruzados, ni en el gato negro ni en los espejos (ni en los rotos, ni en los sanos).

Pero la magia, tal vez, esté en los magos, en las brujas, en los adivinos, los nigromantes y las hechiceras.  O simplemente en el gente. A mi me gusta creer en la gente. Yo prefiero creer en la gente.

Todos los cielos, el cielo.

amanecer de agosto de 2009 – Paraná, ER, Arg

Que el sol brilla para todos, dicen que dicen los que saben. Puede ser que sea verdad, pero no es del todo cierto. No brilla para todos igual, ni para todos al mismo tiempo.

Que todos los cielos son el mismo cielo, de eso hoy no hay duda. La ciencia lo sabe, la ciencia lo explica y la mente lo entiende. Y sin embargo ¡parecen tantos! Y todos se ven tan diferentes…

En cada lugar del mundo, en cada instante, en cada mirada. Los cielos que nos cubren y nos envuelven son siempre otros cielos.

El de la ciudad, el del pueblo y el del campo son cielos distintos. El cielo del mediodía y el de la primera mañana no son los mismos. El de una tormenta y otra tormenta no se parecen, nunca, en nada.

El cielo de quien ama al sol y el de quien lo aborrece, no se parecen. Son cielos muy distintos, aunque los que miren compartan la cama. El color del cielo lo pinta, en definitiva, el humor con el cual se levantó cada quién, no importa que dictaminen las estrictas leyes de la física.

El cielo de la noche profunda no es igual con luna que sin ella. Ni es lo mismo luna llena que menguante, aunque sea la misma luna. Cualquiera sabe que no son iguales las noches si no se ven las mismas estrellas.

Los cielos que recordamos son siempre mejores que los cielos que fueron. Los cielos que se ansían son casi siempre más brillantes y nítidos que los cielos que tenemos. No es el mismo cielo el que nos aplasta que el que nos eleva, el que está al alcance de la mano o el que se escapa al infinito.

El cielo es uno solo, pero los fragmentos de cielos son miles y no se repiten. Conmueve tanto el azul profundo como el gris plomizo si el alma está dispuesta. Maravilla tanto el ocaso que incendia los cielos, como la timidez de un sol tras la niebla.

Y angustian siempre los cielos opacados de humo, incluso cuando a fuerza de costumbre nos obligamos a no verlos. Angustian los cielos negados, los cielos que se renuncian, los cielos indiferenciados. Angustian los cielos que son ignorados como un mal telón de fondo, sean del color que sean…

Instrucciones para ir a hacer los trámites y volver a casa.

Salir de casa (mi casa, la de aquí) y caminar unos seiscientos metros hacia la derecha, en caso que se esté mirando hacia la calle, siguiendo la avenida. O hacia el este, que es una referencia más universal. Por ahí está la entrada a la estación de metro. Esa que parece, como todas, una boca abierta desde las entrañas de la Tierra. Un boca o un culo, depende de la perspectiva y el humor de cada quien. Lo siguiente, obviamente, es bajar la escalera de ingreso – egreso, que en este caso es de ingreso. Luego de pagar, bajar la siguiente escalera, del lado que indica la dirección hacia el norte. Claro que bajo tierra, nada delata como se acomodan los puntos cardinales. Por eso, mejor fijarse antes en el plano esquemático de la red de metro que hay junto a las escaleras. De hecho, es sabido, cuando llegue el tren irá primero un poco hacia el oeste, y luego girará mas o menos hacia el norte. En la octava estación contando desde donde se abordó, es donde hay que bajar. Ahí, justamente, se cruza con otra linea. Hay que prestar mucha atención, leer todos los carteles, todas las indicaciones. Porque además de muchos caminos, muchos pasillos y escaleras, hay también mucha gente. Siempre. A continuación se debe tomar un tren, de la otra linea, que nos lleve tres estaciones hacia el este. Ahí la cosa se pone más difícil aun, pues es la intersección de tres lineas. Llegado a este punto hay que escoger  un tren que vaya nuevamente hacia el norte, hacia el norte-norte, no hacia el norte-este, otras tres estaciones. Y ahora sí, es hora de emerger. Volver a la superficie, al aire fresco aunque no sea puro, de la superficie. Porque no importa que temperatura haga en la ciudad, en el metro siempre hará calor, y casi siempre será bastante sofocante.

Saliendo del metro, hay que enfilar hacia el oeste (si hay sol y es, por ejemplo, de mañana, hay que ir hacia donde se alargan las sombras) y caminar por la avenida unas catorce cuadras. Como la avenida es una hermosa avenida con una ancha plazoleta muy arbolada al centro, es muy probable que sea una agradable caminata. A mitad de camino se reconocerá una plaza medio redonda, que algunos llamaran rotonda, y otros glorieta. Eso indica que se va por el buen camino. Esas catorce cuadras son más bien cortas, no debe nadie asustarse de caminarlas. Al cabo de ese recorrido, se encontrará con otra avenida que la cruza, y ahí hay que doblar a la derecha, o sea, otra vez al norte, dos cuadras más, que esta vez sí son cuadras largas, pero son solo dos. Llegará a otra avenida, otra vez doblará, pero esta vez hacia la izquierda, o sea, hacia el oeste, pero solo una cuadra y media, ahí mismo, a la izquierda, esta el edificio donde debe realizar los famosos trámites. Se reconocerá por su porte institucional, por la cantidad de gente hablando en distintos idiomas en la explanada de ingreso, y por un cartel grandote que indica el nombre y la función del lugar. Puede ser que los trámites lleven diez minutos o cuatro horas. Lo más probable es que tome cuatro horas el primer día, y se deba regresar al día siguiente. Ese día siguiente puede llevarle dos horas o diez minutos. Sea cual sea el caso y el resultado de la jornada, el camino de regreso es el mismo que para llegar, pero a la inversa. Claro que siempre se puede variar un poco. Opciones hay. Siempre hay. Incluso tomarse un taxi es una opción.

Crimen en la línea 3

No ha sucedido, pero puede pasar en cualquier momento. Es más, estoy segura que así será, tarde o temprano. Y mucho me temo que sea más temprano que tarde.

Puedo imaginar perfectamente el escenario: tercer vagón de la formación del metro, exclusivo para mujeres, en la primera hora pico del día. El ambiente es tenso, más tenso, creo yo, que en cualquier otro vagón del metro. La atmósfera es densa, cargada y recargada con el olor de los desayunos de último momento, de los perfumes y los cosméticos. La luz mortecina que ilumina el vagón es más gris que blanca, y su parpadeo sutil se suma al traquetear del vagón para darle a todas un look fantasmal.

Las que van sentadas, las menos, evitan cualquier contacto visual con el resto del universo. Tal cual dicen: ojos que no ven, obligación moral que no se siente. Por lo menos no la de dar el asiento a quien más lo necesite, que es casi la única obligación moral reclamable en estos casos. Las que van de pie han perdido toda consideración respecto al contacto físico. Los codos buscan las costillas ajenas como si de gallos de riña con espolones se tratara; los tacones se afirman con saña sobre lo que sea que haya por debajo. Todo por un poco más de lugar que, a esa hora, en ese instante, no existe.

Y sin embargo, todas las cartucheras de maquillaje están fuera, ya sean medianas, grandes o enormes, abiertas de par en par, dejando a la vista el completísimo arsenal. Cientos de espejitos (de esos que sirven para mirarse, pero también para mirar disimuladamente a los demás), reflejan y agigantan ojos y labios, arrugas y lunares, pelos y poros, granos y cicatrices. Y reflejan y agigantan también, tal vez de forma menos de evidente, una variedad de neurosis de lo más extensa.

La danza pareciera casi coordinada en ese amasijo de gente que se ignora a la fuerza. Con una mano, prendidas quién sabe de donde, y maquillándose con la otra, como si fuera lo más habitual del mundo, van construyendo su mascara capa por capa. Como si fuera lo más habitual del mundo, porque en sus vidas lo es. No importa cuanto se mueva el tren, la línea del ojo será perfecta. Son toneladas de bases y correctores, rubores, sombras, pinturas, delineadores y máscaras. Polvos de todo tipo, polvos de todos los colores. Pinceles y brochas, pinzas y rizadores de pestañas. Y también las infaltables cucharitas.

Y justamente una de esas cucharitas, creo yo, ha de ser el instrumento del crimen que tanto presiento. Una cucharita de metal, afilada de tanto rizar pestañas cada día, una inocente cucharita de café, alejada hace tiempo del destino para el cual fue diseñada.

Un día cualquiera, un día de estos, la cucharita acabará su vida de sometimiento cosmético, clavada profundamente entre las costillas de alguien. Clavada en el corazón o en el pulmón. O en la yugular, quién sabe. Y quién sabe a cuenta de qué rencores. Y será noticia, tal vez, por un ratito.

Recetas

Todos tienen una receta para todo. O varias recetas.
Todos tienen una receta para todo. Para lo que sea.

Recetas para huesos flojos, la piel reseca y  la resaca.
Recetas para fortalecer el carácter y ablandar la caca.
Recetas para invocar a los ángeles y destapar caños.
Recetas para cultivar lombrices azules y evitar daños.
Recetas para freír huevos podridos y mejorar el sexo.
Recetas para ganarle tiempo al tiempo que se va.
Recetas para curarlo todo, pero todo de verdad.
(recetas hasta para burlar la muerte, si hay suerte).

Recetas claras, paso por paso, todo bien enumerado;
con instrucciones concisas, como preceptos sagrados.
Recetas infalibles a prueba de tontos y de descreídos;
no hay forma de equivocarse, no hay lugar a errores.
Recetas basadas en la sabiduría milenaria de la abuela;
o bien fundadas en los últimos avances de las ciencias.

Para todo hay recetas. Para lo que sea.

Para la paz mundial hay recetas, muchas y muy variadas.
Para los fideos con crema y las papas asadas hay recetas.
Para limpiar la vajilla de plata y lavar dinero hay recetas.
Para controlar la parasitosis y curar lo maricón hay recetas.
Para que dios te perdone y la virgen te ayude hay recetas.
Para vivir mejor y para que otros mueran pronto hay recetas.
Para reciclar aceite usado y amarrar al ser amado hay recetas.
Para reactivar la economía y quitar manchas hay recetas.
Para salvarnos todos, o por lo menos algunos, hay recetas.

Todos tienen una receta para todo. O varias recetas.
Todos tienen una receta para todo. Para lo que sea.
Para todos los problemas y los sueños hay recetas.

(Algunas funcionan, algunas no. Algunas dan miedo)

El corrector (de finales)

Me lo encontré en una estación, pero bien podría haber sido en la sala de su casa. Tan a gusto se lo veía, como si la gris y fría banca de cemento donde apoyaba el culo fuera el más mullido y confortable de los sillones. Largando humo hasta por las orejas, más allá de carteles y advertencias, leyes, usos y costumbres modernas. Los ojos un poco vidriosos, un poco rojos, un poco perdidos, pero con su chispa intacta. Y un montón de libros, cuadernos y libretas desparramadas alrededor. Libros viejos, manoseados, ajados. Libros marcados por doquier. Cuadernos escritos, tachados, garabateados. Tan invisible, tan fuera de contexto y tan el centro de todo.

Fue verlo y reconocerlo al instante. Era él y solo él a quien yo buscaba desde hacía tiempo sin saber siquiera que buscaba algo. La persona ideal para la osada tarea que tenia que encomendarle ¿Quién más se iba a animar? ¿Quién más dispondría del tiempo? ¿Y quién, juntando esos dos requisitos, tendría además la capacidad de hacerlo y hacerlo bien?  Creo, no lo sé, pero creo, que me vio y me reconoció también. Me sonrió y me tendió la mano, como pidiendo la lista que yo aún no había plasmado por escrito, pero que me sabía bastante de memoria.

En la parte de atrás de un boleto viejo enumeré seis o siete obras. No hacía falta que pusiera los autores, estaba más que claro. Tampoco hizo falta que me dijera cuando estaría listo el trabajo. Cuando lo estuviera, en esa estación o en cualquier otra, nos volveríamos a encontrar.

Ahora lo ves, y ahora ya no lo ves.

Así es. Ahora lo ves. Y ahora ya no lo ves.
En un parpadeo fugaz, en un tronar de dedos.
Sin siquiera un abracadabra, sin contar hasta tres.
Así es la magia sin trucos de los eternos escapistas.

Jugando a ser viento, a ser humo, a ser nada.
Se calzan su ajado traje de fantasma gris y se pierden.
Se desvanecen frente a tus ojos y ya no hay nada que hacer.
Apenas un vaho rancio queda a modo de involuntaria pista.

Los presentes harán su pantomima de sorpresa.
Organizaran una profunda búsqueda simulada, otra vez.
Como para matar el tiempo de espera imprescindible.
Porque el show así lo exige, porque el show así lo manda.

Y esperando, esperarán que vuelvan a materializarse.
Los escapistas, los magos trashumantes, siempre vuelven.
Como dicen que dicen que vuelven las oscuras golondrinas.
Como ciertos recuerdos, también oscuros, irrenunciables.

A su regreso siempre son más bellos a nuestros ojos.
La magia se ha cumplido, cierra su ciclo, se corona de gloria.
La angustia, como la ausencia misma, deja de ser eterna.
Los aplausos y las risas festejan a la muerte que no fue.

(Y yo descruzo los dedos a escondidas. Respiro hondo.
Por suerte ha vuelto. Ojalá se quede por mucho tiempo)

Observaciones al vuelo

Los aviones más modernos tienen una pantalla por pasajero. Incluso si son pasajeros de clase turista, que es lo que suelo ser yo cuando viajo en avión.

Una persona, una pantalla.

Una pantalla por pasajero, y un par audífonos también.

No de los mejores, no para todos al menos. De esos chiquitos e incómodos que van dentro de la oreja. Audífonos, obviamente, para no molestar al vecino de asiento, que tan cerquita está.

Y para que no nos molesten.

Más que ninguna otra cosa, los audífonos inhiben a cualquiera que ose dirigirnos la palabra. Si llevamos los audífonos puestos, es como si estuviéramos dormidos.

O muertos.

Ni la hora se les pregunta a los que no quieren escuchar. Desprecian hasta un “buendía” sin siquiera hacer un gesto. Los audífonos, por lo visto, también los habilita para hacerla de ciegos.

Días de aire denso.

En estos días hace calor todo el día, todos los días.

Yo miro por la ventana y veo el río, las islas, el parque.
Veo el puerto, un poquito de ciudad, algo de campo.
Miro por la ventana y veo tanto, tanto cielo azul celeste.
Veo tanto horizonte, siempre presente, allá a lo lejos.

Va terminando la tarde, el sol ya no quema, pero el aire sí.

Escucho a los chicos que juegan en el parque como si nada.
A los vecinos que toman mate, tranquilos, en la vereda.
A la gente que va emergiendo a las calle, ahora que se puede.
Y a los mios, que se vienen despertando de la siesta.

El ronronear de mil motores de aire acondicionado va bajando.

Es verano, pleno verano y esta vez, dicen, sí hace calor.
Yo miro por la ventana y respiro hondo, respiro profundo.
Los pulmones se me llenan de aire denso y caliente.
De aire que huele como olían siempre las tardes de verano.

La gente suspira suspiros espesos, lentos, suspiros mudos.

Hace  mucho calor,  y mi cuerpo transpira como todos.
En mi espalda las gotas de sudor se condensan y resbalan.
Y me gusta pensar que me estoy empapando de entrerrianía.
Como se empaparía también bajo la lluvia o en el río.

En estos días hace calor todo el día, todos los días y no me importa.

Respiro hondo, me empapo y me inundo de esta esencia mía.
Como ayuda memoria, como reaseguro, como amuleto de buena suerte.
Debe durarme un año al menos, por lo menos, por las dudas.
Debe durarme mientras este lejos, hasta que vuelva, hasta ese día.

Dormir de a uno

Viajar, a veces, significa dormir de a uno por un tiempo.
Porque alguno de los dos viaja tan lejos como para no volver en el día,
o porque viajamos los dos a destinos tan distintos y lejanos.
Por eso, viajar, a veces, significa dormir de a uno por un tiempo.

Dormir de a uno significa, a veces,
la posibilidad de conquistar ambas diagonales en un mismo instante;
dormir en modalidad estrella de mar, abarcando la cama entera.

Dormir de a uno significa, a veces,
descubrir la libertad entre las sábanas, sentir que se duerme entre nubes;
estirarse y retorcerse mil veces, como pez en el agua inmensa del mar.

Dormir de a uno significa también, a veces,
una mano en mi espalada que falta, que es la mano que acaricia;
una pierna derecha que te busca para enroscarse y no te encuentra,
un beso huérfano a las tres de la mañana, otro beso perdido a las seis.

Dormir de a uno significa, a veces,
que no puedo refugiarme en el hueco bajo tu barba,
y ese es, justamente, mi lugar preferido en el mundo,
por lo menos a la hora de despertarme,

De emociones lunáticas y estelares

La luna siempre inspira.
Emociona.
Ya sea que se vea enorme en el horizonte
o pequeña en el zenit.
Siempre emociona.
Llena, menguante o creciente.
Siempre nos llega.
Si brilla con todo su esplendor
o si apenas se asoma entre las nubes.
Siempre emociona.
De noche, de día, en cualquier momento.
Blanca, amarilla, naranja o roja.
Siempre es la luna.

Las estrellas, cuando son miles en el cielo,
también emocionan.
Pero a mí, en estos últimos tiempos,
ver solo una estrella,
una sola y única estrella,
una noche cualquiera,
me emociona mucho más.

(no todos los cielos son el mismo cielo, aunque sí lo sean)

Margaritas a los chanchos

Con el alma compungida y el semblante triste de los que están siempre tristes, fue a sentarse en el peñasco desde el que se veía la mitad del mundo. Y mirando el horizonte como quién busca respuestas, se repitió las mismas preguntas que ya se había preguntado mil veces:

¿Por qué alimentar a la Bestia con los mejores frutos de mi huerta?
Si no los pide, no los necesita, ni los aprecia. Ni se digna a probarlos.
Todo lo que le ofrezco, frutos y frutas, se pudre en bandeja de plata.

¿Por qué alimentar a la Bestia con los mejores frutos de mi huerta?
¿Por qué? ¡si con mucho menos le basta!¡incluso con nada!

¿Por qué he de ofrecerle mis mejores lineas y mis más sentidos versos?
¿Por qué? ¡si con mucho menos le basta!¡incluso con nada!

Y en el horizonte que miraba, o tal vez más allá, encontró la respuesta. No le gustó, pero bien sabía que las respuestas no siempre han de gustar. Y de su próxima cosecha, separó lo más hermoso para los que amaba, y también algo, un poco nomas, para la Bestia. Por las dudas. Quién sabe. Tal vez, un día, cambiase de parecer. Esas cosas pasan.  A veces pasan. Al menos, eso dicen.

Lucha Libre

En esta esquina, mis pequeños y queridos demonios de siempre.
Y en la esquina contraria, mis nunca bien ponderados fantasmas.

Yo los reconozco, a todos, aunque cambien sus máscaras.
Aunque cambien sus disfraces, sus nombres y sus tácticas.
Algunos pocos se han retirado y muy pocos se han incorporado.
Pero en general, siempre son los mismos, siempre lo han sido.

Algunos la hacen preferentemente de buenos, los otros de malos.
Pero en realidad, esto no es más que un show bien concertado.
Una coreografía imposible sin la buena voluntad de ambas partes.
Una lucha simbólica, una danza ritual, pero no por eso menos real.

Yo soy quien observa, quien apuesta y quien levanta las apuestas.
Y también soy el relator, el presentador, el arbitro y los jueces.
Soy quien entrena a ambos bandos, quien les da nombre y forma.
También soy el ring donde se lucha, la lona y las cuerdas.
Soy el premio, soy el sudor y soy la sangre que se derrama.

Porque, a pesar de todo, también hay sangre que se derrama.
A veces, no siempre, pero a veces pasa. Un poquito, nada más.

El tic tac.

Cuando los ignoro, mis pequeños demonios se quejan.
Golpean las paredes de su prisión como con furia.
Se quejan como se quejan los que se quejan con razón.

Y los golpes van adoptando un ritmo. Se parecen a latidos.
Sus puños son puños diminutos, y ni dientes tienen, ni garras.
A veces duele un poco, sí; pero se parece más a una molestia.

Como  una piedra en el zapato. Una basurita en el ojo.
Un latido, constante como latido. Suave, rítmico, infinito.
Un tic tac profundo y sordo, y a su vez, ensordecedor.

Un espectro.

Por su arte de aparecer y desaparecer.
Por su eterno ansia de ser y no ser.
Por su porte altivo de alma en pena.
Por su capacidad de hacer temblar a cualquiera.
Por su deambular que se hace eterno.
Por su don perdido de la ubiquidad.
Por su aire de poeta extraviado.
Por su estigma de antiguo espíritu filosofal.

Por todo esto, este espectro parece un espectro.

Traslúcido más que transparente.
No es invisible, pero sabe ocultarse bien.
Insondable en esa niebla que lo define
y lo confunde con esa otra niebla que lo rodea.
Demasiadas vidas vividas en demasiados mundos,
demasiado al mismo tiempo.
Aparenta cuarenta y tantos.
Puede que sean cuarenta y cien.

Por todo esto, este espectro parece un espectro.

Con la soga rota siempre al cuello.
Siempre amaneciendo de regreso del más allá.
Enojado, serio, triste, condenado.
Siempre en el filo exacto de no sé qué.
Pero de risa fácil y de risa franca,
intuyo que incluso desde el llanto sepulcral.
Rápido en el tablero que desprecia,
juega siempre a no perder, pero sin nunca ganar.

Por todo esto, este espectro parece un espectro.

Y porque para sí mismo eligió el traje solemne de fantasma gris.
Con los hilos que le ofreció la vida se confeccionó su traje a medida.
Cual guante, piel de fantasma adherida a la piel, y también al alma.
Tiene el raro privilegio de ver siempre un poco más que los demás.

Invocarlo es un ritual largo, monótono y amargo,
pero siempre, absolutamente siempre, vale la pena.
Aunque no sea más que por un rato.

(Que también de a ratos se construyen eternidades)

Mitad y mitad

No, no tengo doble personalidad.
Lo que tengo es una migraña sideral.

Un dolor que me parte el alma y la cabeza por la mitad.
Justo por la mitad, por mi meridiano cero, mi Greenwich personal.
Un dolor que me corta como quien corta una manzana por la mitad.

Y una mitad duele con todos los dolores.
Media nuca, un ojo, medio cráneo y medio paladar también
Y medio cerebro palpitando, que pugna por escaparse o estallar.
Una mitad exacta de mi ser cree que el último de los días es este día.

Y la otra mitad que se siente de maravillas.
Sin siquiera un mínimo escozor, ni la más leve de las contracturas.
La otra mitad ni se entera, ni cree siquiera en la existencia del dolor.
La otra mitad se siente eufórica de tanta “bienitud”, como drogada.

Y yo, que no soy dos, que soy solo una, como cualquiera.
Con conciencia plena y simultanea del infierno y el paraíso intracraneal.
No sé si reír o llorar,  y me aguanto la risa y me aguanto el llanto.

Y me retiro a un lugar oscuro, fresco y silencioso.
Busco casi a ciegas un analgésico o algo que al menos se le parezca.
Quiero, obviamente, que el dolor ceda, se diluya, desaparezca.
Pero también que afloje la dicotomía sensorial.

Porque puede ser interesante de alguna forma, pero agota.

Malabares invisibles

El mimo malabarista hace malabares con pelotas invisibles.

Concentrado su semblante, fija su mirada quién sabe dónde.

(quién sabe donde o quién sabe cuándo).

Las bolas no se ven, nosotros no las vemos, pero claramente se revelan de cristal.

Y en su interior, también invisibles a nuestros ojos, se adivinan pequeños tesoros.

¿Serán trozos de su vida? ¿recuerdos? ¿sueños? ¿ideas sueltas? ¿proyectos? ¿anhelos?

¿Serán indómitos sentimientos por fin dominados? ¿sensaciones? ¿pensamientos?

¿Serán, acaso, sus pequeños demonios encarcelados en bolas de cristal imaginario?

Algo así ha de ser, supongo.

Nunca vi malabarista tan esmerado, ni tan cuidadoso.

Toma las etéreas esferas delicadamente, con suavidad y ternura.

Las arroja, una tras otra, con la segura precisión que da la experiencia.

En su cara de mimo pintado, todo y nada se trasluce en un mismo gesto:

Esperanza, miedo, alegría, orgullo, incertidumbre, amor, respeto.

Y cierta templanza insondable, que me fascina a la distancia.

Migrañas mías.

Imaginen.

Imaginen que la luz, en vez de ser una radiación electromagnética, fuera sólida.

Como millones de agujas microscópicas.

Filosas pero frágiles. Muy filosas, muy frágiles.

Muy calientes.

Y con una inercia infernal.

Que no pudieran atravesar nuestros huesos.

Pero si nuestros ojos.

Y que a través de nuestros ojos llegaran a nuestro cerebro.

Y que allí, atrapadas rebotaran una y otra vez,

Estrellándose una y otra vez contra los huesos de nuestro cráneos.

Partiéndose en mil pedazos cada vez, sin poder detenerse.

Intentando salir por la nuca, por las cienes, por la coronilla.

Y rebotando y multiplicándose cada vez.

Haciendo de nuestro cerebro una masa desecha, palpitante.

Pinchada, cortada, desgarrada.

Una masa inflamada a punto de desbordar por donde sea.

Imaginen algo similar respecto al sonido.

Asi, mas o menos, es como duelen ciertos dolores de cabeza.

Solo la oscuridad absoluta, el silencio absoluto, una paz absoluta pueden calmarla.

Y una toalla bien mojada y fría sobre los ojos y la frente.

Y un par de drogas benditas, por supuesto.

Negociaciones

Pequeños demonios míos, pequeños y bulliciosos.

No demandan más que aquello estipulado en el contrato.

Reclaman sus derechos, a cambio de sus bien cumplidas obligaciones.

Y mi obligación no es mucha: yo soy su carcelera.

Alimento no les falta:

Se alimentan de mi realidad, y de mis sueños.

Y no les falta espacio vital:

Viven en mi, en cada rincón de mi cuerpo y de mi mente.

Pero igual reclaman.

No la libertad, porque saben que eso es innegociable.

Exigen sus quince minutos semanales a cielo abierto.

Y es verdad que de vez en cuando se me olvidan.

Y por mi propio bien, yo  no debería olvidarme.

Mis pequeños demonios saben que llaga tocar.

Y allí revuelven sus minúsculos deditos infernales.

Ejercen, con precisión y elegancia, la justa presión.

En el lugar justo, de manera suave pero insoportable.

Y no me queda otra opción que disculparme.

Y reconocerle sus méritos, porque los tienen.

Perros

Aquí. Acá.

Un perro negro. Todo negro.

Con un ojo negro. Y otro ojo blanco.

Como allá,

Aquel otro perro que no era negro

Pero tenia, también,  un ojo blanco.

Aqui, en un pequeño parque al pie de los volcanes.

Allá, en un gran parque junto al gran río.

Una y otra vez allí.

Una y otra vez aquí.

Algo tienen los perros callejeros de un ojo blanco.

Algo tienen, que me hace sentir que el mundo es pequeño.

Las arañas

Las arañas que me miran.

Las arañas que me miran desde los huecos de un techo que ya no existe.

Las arañas que me miran desde las grietas de paredes que ya no existen.

Esas arañas, que ya no existen, pero me miran.

Han de ser arañas fantasmas.

Esas arañas que ya no pueden hacerme nada.

Soy para ellas tal vez un fantasma.

Un fantasma durmiendo en una cama que ya no existe.

La estación obscura

Cada persona es un mundo, dicen.

Y cada estación de metro, también.

Tal vez un mundo, tal vez una galaxia.

O tal vez, quien sabe, un universo completo.

Hay muchas estaciones de metro en esta ciudad.

Ciento noventa y cinco, cuentan los que cuentan.

Yo no las conozco todas, puede que sean más.

Yo no las conozco todas, pero conozco varias.

Una, entre todas, es la que nos trae a casa.

Una, entre todas, es la que nos aleja de casa.

Una distinta a todas, la del andén obscuro.

Una que consideramos nuestra, aunque no lo sea.

Con su alta bóveda y su mural interminable.

Con sus paredes negras y su trazo sencillo.

Con sus mendigos lisiados inmutables.

Con sus vendedores de dulces inmutables.

Con su obscuridad inmutable.

El andén de la estación es obscuro.

Como las entrañas de la tierra que lo alojan.

Tiene también sus obscuras paradojas.

Lleva por ícono una brillante luciérnaga.

distancias

Si uno mira a la distancia, los detalles se pierden. Allá a lo lejos se confunde todo en una sola bruma. Basta con encontrar un lugar donde mirar lejos para saberlo.

Pero si uno recuerda a la distancia, maravillosamente, los detalles se vuelven mas nítidos. Mas nítidos que lo que nunca fueron. Palabras, imágenes, olores, sonidos, sensaciones o emociones. Lo que sea. A la distancia se reviven mas vividos que cuando se vivieron, créanme la redundancia.

Y si, hay distancias y distancias. Para la distancia física y la distancia temporal, está teoría vale indefectiblemente. Y si estas distancias se suman, van juntas, los efectos se potencian. Basta con encontrar un lugar y un momento de calma, y cerrar los ojos, para saberlo.

P. D.: para la distancia emocional, esta teoría no verifica. Ahí siempre gana el olvido.

Medio árbol

El árbol está medio muerto. Literalmente.

Medio árbol está indudablemente muerto.

Y la otra mitad está como apestada.

Y sin embargo…

Hace unos días, el durazno dio una flor.

Pequeña y rosada, pálida, casi blanca.

En la rama desnuda, una sola flor.

Brillaba como una luna, como un sol.

Después llegaron otras flores, algunas pocas.

Y algunas tímidas hojas verdes, muy verdes.

Medio árbol sigue irremediablemente muerto.

Pero la otra mitad mantiene viva la esperanza.

Y por esta temporada (al menos)

lo ha salvado del hachazo final.

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Linea 7

El sistema de metro de aquí es muy particular.

Las lineas tienen números y colores.

Las estaciones tienen nombre.

Y también dibujito a modo de icono.

Y lo de los iconos esta muy bien.

Bien para los que no saben leer.

Y para los somos analfabetos de pura extranjeridad.

Para los que, nomas por nombrar ejemplos,

tezozomoc, tlahuac, azcapotzalco, mixiuhca

cocuya, iztacalco, apatlaco, aculco, atlalilco,

tlahuac, tlaltenco, zapotitlan, tezonco, tomatlan,

culhuacan, mixicaltzingo, chilpancingo o mixcoac,

nos suenan a puro trabalenguas imposible.

Por eso son buenos los garabatos esos , tan universales.

Te dan una idea, se fijan en la memoria, te ayudan.

Te orden el mapa, te dan seguridad y confianza.

Salvo en la linea siete.

Esa va del Rosario a Barranca del Muerto ida y vuelta.

El icono del Rosario es un rosario, con sus cuentitas y su cruz.

Supongo que allá, saliendo de la estación, habrá una iglesia.

Siempre y en todos lados hay iglesias en esta ciudad.

Barranca del Muerto se identifica con dos zopilotes en vuelo.

O dos buitres.

Nunca llegué a ese extremo de la linea siete.

No sé que habrá bajo el sol saliendo de la estación.

Ni lo quiero saber.

Ni lo quiero imaginar.

Ojos Rojos

Ojos vidriosos, como de quien va a llorar.

O como de quien ha estado llorando mucho.

Multitud de ojos llorosos que no lloran.

Ojos rojos, secos, chiquitos y achicados.

Como de quien a fumado quien sabe qué.

Es la sequía.

También es culpa del “smoke and fog”

Pero smog siempre hay en esta ciudad.

Ciudad de decenas de millones, literalmente.

Pero los ojos rojos están más rojos hoy.

Más rojos que nunca.

Y las miradas, mas perdidas.

Por eso digo que es la sequía.

Por mas celeste que se vea el cielo.

Porque no hay lluvia que lave nada.

Ni el polvo ni esas partículas raras.

Nada.

Es la sequía.

Sequía de invierno.

Sequía que será peor en primavera.

Sequía que seca las plantas y las gentes.

Y lo ojos de las gentes que se irritan.

Y las gentes que se irritan.

Y los ojos que se ponen rojos, como los mocos.

De bitácoras y afines

Me decía un viajador que conocí

que es importante llevar una bitácora de viaje,

un cuaderno de memorias, un registro cotidiano.

Porque tarde o temprano llegará el día, decía él,

en que le preguntemos al destino, a la vida (o a dios)

esa trillada pregunta retórica de la que nadie escapa.

Y en mudo silencio o gritando a viva voz

querremos saber que hacemos hoy aquí

y como es que llegamos a donde estamos.

Entonces, decía el viajador,

 cada palabra de nuestro puño y letra será una respuesta.

Y habremos perdido ciertos placeres que acarrea la ignorancia,

pero habremos ganado mucho más.

Petits demonios of mine…

Mis demonios no tienen más nombre ni apellido que los mios,

reos confinados a las profundidades de mí misma.

Pero tienen sus bien merecidos quince minutos al sol,

una vez a la semana o una vez al mes, según soplen los vientos….

Cumplen con sus obligaciones y gozan de sus derechos.

Se quejan, desconfían y conspiran cuando les doy la palabra.

Y cuando no, guardan silencio, recelosos pero obedientes.

Ven el mundo exterior a través de mis ojos.

Mastican la realidad,  la digieren y la vomitan,

una y otra vez, como si fuera el pan suyo de cada día.

Y no llega a mí más que inofensiva ambrosía predigerida,

como si yo no fuera mas que un pichón de mi misma.

Y así, mis tan dulces y tristes demonios de utilería

cumplen con la principal de entre todas sus funciones:

mantener muy a raya a mis fantasmas.

El gato amarillo

Ahora ya no hay perros en la casa.
Desde hace poco más de un año y después de más de dos décadas.
Por eso, los flacos gatos del barrio se aventuran al jardín.
Uno da tanta pena que lo han medio adoptado.
Quién sabe bien porqué.
Este gato, es un gato amarillo, gato flaco, casi gatito.
Pasa las horas bajo el helecho.
Acepta presuroso la comida y el agua.
Pero no acepta la cercanía.
Si me acerco a siete metros se pone alerta.
Si me acerco un metro más, retrocede.
Se trepa a la pila de ladrillos que hay en el fondo.
Un paso más y se sube al tapial.
Desde ahí me mira ahora que lo miro.
Y me mantiene la mirada.
Yo no sé que pasa por su cabeza de gato amarillo.
Yo no sé que pensará el gato flaco en este momento.
Pero si sé a que conclusión he llegado yo:
Si uno tiene mucho, pero mucho tiempo para viajar,
al final siempre se estará volviendo.
No importa cual sea el lugar.

.

Un año despues…

Desde que escribí aquí la ultima vez, ha pasado un año.
Casi un año, más o menos un año, según dice la bitácora.
Para mi ha pasado un siglo. Han pasado demasiadas cosas.
Y si no demasiadas, al menos muchas.
Tal vez sí demasiadas como para sentarme a escribir.

El camino de las ideas de siempre, ahora quedo muy lejos.
Tengo que encontrar uno nuevo. Tengo que inventarme uno nuevo.
Pero lleva tiempo. Sé como hacerlo, pero lleva tiempo.
Ya una vez lo reinventé,  encontré el como y el cuando.
Lo reinventé en una ruta distinta, porque era un tiempo distinto.

Y éste es un tiempo distinto también. Y un país distinto.
A ver que sale…

El camino de las ideas

Desde que recuerdo, de muy pequeña, siempre fue así:
de sur a norte y no viceversa.
Tampoco de oeste a este ni al contrario.
Siempre de sur a norte.
Cuando volvía a casa caminando desde el centro.
Generalmente por Corrientes o San Juan.
De vez en cuando por Salta o San Martín.
Pero siempre en ese sentido y en esa dirección.
Las ideas fluían torrentosas, profundas, incontrolables.
Y yo me salía de mí, volaba, veía mas allá de lo evidente.
Y era un extraño placer la ebullición, incluso si había pena.
Pero al llegar al final de la calle, a la última esquina,
inevitablemente tenía que cambiar mi rumbo y doblar
(a la derecha si venía por Corrientes,
a la izquierda si venía por San Juan)
y las ideas se diluían, se apagaban en un instante.
Y las perdía hasta el día siguiente,
en que me tocara volver a caminar
el camino de las ideas importantes.
Ayer me volvió a pasar,
reencontré una idea de hace veinte años atrás.
Vi que se acercaba la esquina fatal,
y centré toda mi voluntad en retener la esencia
por cincuenta metros más. Y funcionó.

Los días

Viajes que son parte de otros viajes.
Esperas que son parte de otras esperas.
Y las cosas unas que son también las otras.
Y viceversa.

Viajes y esperas; viajes esperados e inesperados.
Esperas que son un viaje. Esperas que son esperas.
Viajes que son una vida, y esperas que también lo son.

Capítulos de capítulos, que inician y terminan
Y se cierran y se abren; y se cierran y se abren.
Que se superponen y se corresponden.

Capítulos de una misma historia.
Historia que se teje con otras mil historias.
Capítulos que se suceden, y no se repiten.

Cosas que vamos decidiendo, cosas que no.
Cosas que vamos haciendo, cosas que no.
Cosas que son lo que son y lo parecen.

Vida que se va viviendo. De alguna forma.
Vida que se va viviendo. Como siempre.

La cuenta regresiva

Se acerca el día.
No hay forma de ignorarlo.
Todo el fuego.
Todo lo que es, lo que fue y lo que será.
Todo se alborota, todo se incendia.
Y todo se exalta y se mezcla.
Las emociones, las ideas.
Los sentimientos, las acciones.
Y cada día que pasa es un día menos.
¿Y después?
Después habrá un después.
Y un después de ese después.
Ignoto como todo futuro, pero imaginable.
Cargado de expectativas presentes y pasadas.
Un futuro que no existe.
Y a la vez, es arcilla blanda en nuestras manos artesanas.

De balances y proyecciones

Cuando un año termina, y el siguiente comienza, suelen faltar doce días para mi cumpleaños. De esos doce días, suelo tomarme diez para hacer mi balance del año que paso, y tratar de visualizar las alternativas del futuro mas inmediato. Y un poco también más allá de la simple inmediatez.

Y si bien es algo que intento  hacer casi cotidianamente, en estos días (en general de agobiante calor y pocas obligaciones) me tomo el tiempo de hacerlo a conciencia. Me tomo el tiempo como para reconocer las trampas que yo misma me tiendo a la hora de evaluar, y me tomo el tiempo de decidir cuales de esas triquiñuelas serán válidas para este año. Si le doy más peso a las cosas buenas que a las malas me lo perdono. Si elijo mirar el medio vaso lleno, simplemente cuido de no olvidarme que es una elección, nada más.

El año que pasó fue lo que fue: difícil pero bueno. El año que empieza llega lleno de incertidumbres y desafíos. Será lo que será. Lo que no va a faltar es buena voluntad.

Plenitud

Hace un tiempo, hablando de deseos presentes y futuros, alguien muy querido me comentaba de sus ansias de plenitud. Yo no sabía bien de que me hablaban. Sabia que significaba la palabra, pero no estaba en mi vocabulario cotidiano, no manejaba el concepto. Y definitivamente, no la ansiaba.

Llegadas fechas como éstas, podía desearle a mis amigos y familiares varias cosas: felicidad, tranquilidad, claridad. Pero no plenitud. La omisión no era un gesto de mala fe. Simplemente no se me ocurría.

Pero una chispa se encendió ese día, con esa conversación.

La plenitud parece ser una sensación, un estado, un objetivo digno de tener en cuenta. Y algo bueno, muy bueno, de reconocer en la vida de la gente que más quiero.

Y así es, justamente, como me gusta imaginar este año que comienza:

¡Que el dos mil diez sea un año pleno, lleno de energía y satisfacciones!

¡Que el dos mil diez sea un buen año, en todo sentido!

REG

Agua

Hacia tiempo que no llovía y en su tierra hacia falta la lluvia.
La sequía, callada, prolongada y violenta en su pasividad,
amenazaba con acabar de una vez y sin embargo, persistía.

Y ellos se sentían capaces de hacer llover.
Improvisaron una danza de la lluvia.
Nada extraño, nada complicado, sin sofisticasiones.
Solo deseo, voluntad, sudor y una fe casi de fantasía.

Danzaron y se desató la tormenta.  Y llovió.
Ellos sonrieron reconociendo la increíble coincidencia.
Ellos sonrieron y descansaron sin dejar de sonreír,
queriendo creer, desde lo mas profundo, que hubo algo más.

 ( Y tal vez lo hubo, tal vez lo hay; aún no deja de llover )

Sueños Recurrentes

Desde mis épocas de estudiante,
puebla mis noches, de tanto en tanto,
un sueño recurrente y alocado;
un mundo de flechas de colores,
donde mandan las nociones más básicas
que estudiábamos cuando estudiábamos Estática.

Acciones, reacciones y resultantes.
Y un equilibrio que busca perpetuarse.
Un mundo, un universo, más que eso;
un millón de vínculos y relaciones,
transmutadas en flechas de colores.

Un sueño recurrente, que no espanta ni seduce.
No esclarece ni confunde.
Y vuelve siempre en tiempos como este.

De fundamentos y explicaciones

Principios de la Dinámica de Newton:

I. Todo cuerpo material persiste en su estado de reposo o movimiento uniforme (no acelerado) en línea recta, si y solo sí no actúa sobre él una fuerza resultante (no equilibrada)

 

II. La fuerza exterior resultante (no equilibrada) que actúa sobre un cuerpo material, es directamente proporcional a, y de igual dirección que, su aceleración. Fres = m·a (*)

 

III. Siempre que dos cuerpos A y B interaccionan de tal modo que el cuerpo A experimenta una fuerza (por contacto, por interacción gravitatoria, magnética o cualquier otra) el cuerpo B experimenta simultáneamente una fuerza de igual magnitud y dirección, pero de sentido contrario.

 

(*) El enunciado de Newton se corresponde mejor con la expresión Fres = d(m·v)/dt. Teniendo en cuenta que la masa es una cantidad constante, Leonard Euler introdujo en el año 1752 la versión más usual de la ley:  Fres = m·a

(Simple, pero sin embargo, hasta en esto hay objeciones. La vida no es tan sencilla)

 

 

 

Horfandades

Las llaves huérfanas,
sin cerradura madre ni nombre conocido,
se multiplican en los rincones.

Solas o agrupadas en anónimos manojos,
sin voz para denunciar su destino,
sin poder ser más que lo son:
inútiles llaves, aún sanas y fuertes,
patinadas por el tiempo y el olvido.

Esas llaves perdidas y reencontradas
siempre tarde, siempre demasiado tarde,
ya sin nada que abrir ni nada que cerrar.

Templadas y fieles guardianas de la nada.
Difíciles de destruir y difíciles de desechar.
Lo han perdido todo, salvo la entereza. 

Alevosía.

Si fuera tan solo de vez en cuando.
Pero no. Es todos los días. Todos.
Casi siempre a la misma hora.
Invariablemente, desde hace años.
Pasan indiferentes frente a mi ventana.
Imponentes, llamativos, deseados y deseables.
Haciendo surgir una chispa de criminalidad a su paso.
Incluso en las mentes de la más buena gente.
Misteriosos, incitantes, inalcanzables.
¿Quién no ha imaginado la felicidad de poseerlos?
¿Quién no ha soñado con la posibilidad de emboscarlos?
Ni el más santo entre los santos.
Ni el más honrado entre los mortales.
Más allá siempre de nuestro alcance.
Provocativos, provocadores, inmorales.
¿Porque no cambian, alguna vez, de recorrido
los blindados y brillantes camiones amarillos
que transportan los caudales de esta ciudad?

Aprendizajes fortuitos

Iban sentados en los asientos de más atrás.
Yo iba medio durmiendo, medio soñando,
como de costumbre, en la penúltima fila.
Y daba la sensación de que en ese viaje no viajaba nadie más.

Entramos a una ciudad.
El colectivo cambio su marcha, recobré un poco la conciencia.
No sé de qué venían hablando.
No sé cual fue la pregunta, ni sé cual fue la respuesta.
Solo escuché un fragmento del dialogo, dos lineas.

– Gracias – dijo una voz llena de lagrimas emocionadas
– Gracias por no mentirme.
– Gracias a vos – dijo otra voz, que finalmente moriría en un beso
– Gracias por no obligarme a mentir.

No dijeron nada más. Nada, al menos, que yo alcanzará a escuchar.
Bajaron en la siguiente estación, tomados siempre de las manos.
Yo no les vi las caras, pero seguro que sonreían.

Volví a dormirme casi enseguida
para despertar muchos kilómetros después,
dispuesta a agradecer semejantes privilegios también,
a quien correspondiera.

Acto 8 – escena 4 (excusas)

Una persona: que la vida es dura..

La otra persona: es verdad.

La primera persona: y que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente…

La otra persona: así dice el tango.

La primera persona: que errar es humano…

La otra persona: todos nos equivocamos de vez en cuando.

La primera persona: y además, el contexto es adverso…

La otra persona: ha habido tiempos mejores.

La primera persona:  ya no se puede creer en nadie…

La otra persona: eso se rumorea.

La primera persona:  todo es relativo…

La otra persona: puede ser.

La primera persona: y que las cosas ya no son como eran…

La otra persona: ahmmm…

La primera persona:  y en verdad, las circunstancias no se prestan…

La otra persona: mmmmm…

La primera persona: y este clima que, para colmo, no ayuda…

La otra persona: …

La primera persona: ¡uffff! ¡Qué bueno que comprendas!

La otra persona: comprendo, comprendo…

La primera persona: la vida es injusta…

La otra persona: tenés razón.  Y nosotros no somos más que marionetas del destino. De todas formas, bien podrías haberme avisado que no ibas a venir…

Mitológicas 2: el penúltimo vuelo de Ícaro

El padre construía, para él y para su hijo,
dos pares de alas con plumas, hilos y cera.
Ícaro construía otras alas, pero con plumas de ensueño.
Dédalo era, sin duda, un tipo admirable; un inventor, un artista,
constructor de laberintos de pesadilla, señor de los escapistas.
Ícaro era apenas un poeta, apenas y a su manera.
Con sus efímeras alas hechas de nada,
regresó una noche a todo lo que amaba.
El día siguiente fue el gran día de la fuga.
– No tan bajo, no tan alto – le advirtió el hacedor.
Quien sabe que pasaba por la mente y el corazón de Ícaro.
Pese a todas las advertencias, fijó su rumbo directo al sol.

Bubbles

En la estación, un vendedor ambulante vestido de payaso hace pompas de jabón que vuelan por todo el lugar.

Su ingeniosa maquinita de tres pesos con cincuenta hace miles de burbujas y burbujitas. Los niños se empecinan en destruirlas a todas, una por una, entre risas, saltos y gritos de algarabía.

Pero hay una niña que no. Sentada en un rincón, simplemente observa las burbujas que escapan a la masacre, y las sigue con la vista hasta que se desvanecen por motu proprio. No ríe como los demás niños, pero en su carita se adivina una felicidad muy distinta.

Yo me siento a su lado y trato de ver los que ven sus ojos de nueve años. No hace falta que le pregunte nada.

– ¿No son son hermosas?- dice, entre afirmando e interrogando a alguien que no soy yo.

Y entonces sí,  veo en los efímeros mundos de reflejos y colores todos los continentes y los océanos, todas las historias y todos los personajes.

Y ahí me quedo, también sonriendo, hasta que se termina la improvisada representación de este big bang de fantasía.

Día de lluvia

El autobús avanza sobre la ruta inundada. Va levantando agua a cada lado. Parece como si fuéramos surcando un río muy rectilíneo, como si fuéramos apenas rozando la superficie, como flotando. Las orillas de este río, monte nativo y sembradíos, se ven también anegados. Bajos que por un tiempo son lagunas. Y una geografía que, sin ser delta, lo parece.

Amaina la lluvia y regresa la bruma. El horizonte se va desdibujando. El horizonte se va acercando y finalmente desaparece. Más allá de este vidrio que separa el aquí del resto de todo, no se ve más que grisura.

La ruta que hasta hace unos minutos se suponía un río, ahora se parece mas a un mar. El sonido del motor y del agua. Y nada que se distinga en ninguna dirección. Ninguna evidencia de que en algún punto termine el cielo y comience la tierra o viceversa. El universo, en este instante, es este coche que surca la niebla y este puñado de desconocidos que miran por las ventanas esta representación efímera del infinito.

Ya pronto llegaremos a destino, aunque no sea más que un destino intermedio para mi.  Será agradable mirar llover a través de la ventana de un café, hasta que vuelva a ser la hora de embarcar.

Cursilerías metafísicas y otras convicciones empalagosas

Como en las películas, hay instantes especiales en la vida en los que el tiempo se detiene, el entorno se desvanece y todo se inunda de una luz brillante.

Instantes después de los cuales el universo ya no es el mismo, aunque lo parezca.

Instantes que dejan grabada la sonrisa primigenia en el alma, como una marca de hierro candente. Una dulce cicatriz que a veces duele, pero no sangra. Un amuleto contra el olvido y la tristeza.

Instantes tan llenos de magia y plenitud que hacen que toda la vida vivida y por vivir, tenga un nuevo sentido.

No son instantes que se den tan a menudo, no con esa intensidad. Pero una sola vez basta para darse cuenta, para aprender a reconocerlos apenas inician. Al menos, así me paso a mi.

El germen de la duda

En el altavoz, una voz impersonal anuncia que es la hora de partir. El lugar esta casi desierto. De alguna forma siento, esta vez por primera vez, que esa voz me habla exclusivamente a mí.

Llegó la hora. Debería ser algo mecánico, buscar mi boleto, tomar mi equipaje y embarcar.

Poro en el último instante, me doy el lujo de dudar. Algo, muy indeterminado dentro mio, me dice que no debería viajar. No es la voz de la lógica ni de la ética,  voces mercenarias que se acomodan a las intenciones del mejor postor. Es otra cosa. Es el germen de una duda que no termina de revelarse.

Y ya no hay tiempo para dudar. Hay compromisos tomados que prefiero cumplir. Y quiero creer que todo resultará bien, o mas o menos bien. Caso contrario, más vale ahora que después….