Conversaciones frente al andén

Le pregunté si hacia mucho que esperaba.
Me dijo simplemente: hace un tiempo.
Yo suponía que esperaba un tren,
pero ya habían pasado casi todos los trenes,
una y otra vez, una y otra vez.
Y el seguía ahí, siempre ahí.

Le pregunté cuanto más iba a esperar.
Y se encogió de hombros: no sé.
Tras unos segundos de silencio agregó:
lo que tardemos en completar esta vuelta al sol.

¿Por qué no? –  una porción bien determinada de infinito,
como cualquier otra, ni un minuto menos, ni un minuto más.

El viaje de los nombres

Hacia años que ella era la mujer de la casa que estaba entre el terreno abandonado donde se erguía el árbol grande, y la casa del ahijado del dueño del viejo bar de la esquina, tres cuadras y media subiendo desde la plaza del segundo pueblo sobre la ruta que unía la ciudad con el mar, contando, claro está, desde la ciudad y no al revés.

Por eso, cuando él llegó a la estación y sus labios, en un mismo gesto iluminado, sonrieron y pronunciaron su nombre, ella dudó un instante, volvió mentalmente a un día ya lejano en un lugar distinto pero muy similar, se reconoció y supo, definitivamente, que todos los nombres, de todas las cosas, habían regresado con él.

Otra vez en viaje…

Un viaje que se parece a los viajes de rutina, pero no lo es. Y promete no ser un viaje simple. Empezó complicado… y todo augura que será mucho más largo que lo debiera. Pero a veces es así. No se llega a cualquier lugar en cualquier momento cuando se viaja de esta manera. Paciencia. Hoy por hoy, tiempo es lo único que tengo.

No podía no ofrecer otra oportunidad, negar un gesto de confianza.

(Hay cosas que debería saber ya. Yo prefiero optar por el beneficio que otorga la duda. Otra vez)

Un perro gris de un ojo blanco

Este lobo citadino,  aquí en la ciudad, es en realidad un perro callejero.
Hace unos días que lo observo, acurrucado bajo la vidriera de un local abandonado.
Está herido en el anca, en el pecho, en el cuello.
Alguien le ha acercado unos cartones y unas mantas viejas.
Las noches son noches muy frías en estos tiempos.
También le han dejado algo de comida, algunos restos, un poco de agua.
Yo me le acerqué esta mañana.
Me senté ahí junto, le enseñé las palmas de mis manos desnudas, dejé que me olfateara.
Sé que puedo acercarme a él, pero no tocarlo.
La calle tiene sus códigos, y no hay ley que se cumpla más que esa ley.
En realidad, nada le ofrecí más que compañía.
O nada busque en él, más que compañía.
Su mirada dice bastante. Un perro gris con un ojo blanco.
Es un gen reconocible en los perros vagabundos de mi barrio desde hace años.
No lame sus heridas para limpiarlas o curarlas.
Se empecina en mantenerlas abiertas, y se empecina también en no morir.
Yo creo que no morirá, no en breve al menos.

El equilibrista

Muy de repente recordó que entre lo uno y lo otro, solo dista un paso.

Y dados los acontecimientos,

ese paso bien podría ser el que está por dar.

Desde entonces ahí está, aún en el mismo lugar,

haciendo equilibrio sobre su pie izquierdo.

Estatua viviente que solo viaja con la mente y envejece.

Porque el tiempo pasa e indefectiblemente se acerca la muerte.

El cuerpo ya no resiste, ni resiste el alma (no todo se puede).

Y tiembla.

«Es el agotamiento» se dice, pero no es del todo cierto.

Es el temor ante la certeza de que llegará en breve el momento,

el instante fatal, la hora señalada, y no quedará otra opción.

Como decía una vieja canción: show must go on.

                                       (el show debe continuar)

El viaje de los libros

Estos libros y yo hemos compartido el mismo techo por un tiempo.

Algunos leí, algunos hojeé apenas.

Pero a la mayoría casi nunca los toqué.

Libros viejos de hojas amarronadas,

frágiles como alas de mariposas nocturnas.

Sus tapas forradas hasta tres veces con papeles de lo más variado.

Su primera hoja siempre con rubricas y dedicatorias.

Señal que los cuidaban, señal que los querían, los atesoraban.

Y ahora yo, con su destino en mis manos, y el tiempo pisándome los pies.

Me hubiese gustado leerlos a todos, a casi todos.

Pero aunque me los quede un tiempo más, sé que no lo haré.

Los libros viejos tienen ese no sé qué de haber sido leídos por otros ojos,

de llevarnos a otro mundo imaginado que también fue visitado

por seres queridos que a veces hoy visitamos solo en sueños.

Libros viejos que no sé si alguien volverá a leer,

si su destino será terminar de desintegrase en algún húmedo depósito,

o si alguien, más desalmado aún, los volverá fuego y ceniza.

Me llenan de pena y de angustia estos libros,

que dejaron hoy la biblioteca por cajas de embalaje.

Todavía tengo unos días más para definir su destino inmediato.

Uno, al menos uno, quedará conmigo

hasta que alguien más tenga que hacer lo que yo.