Un espectro.

Por su arte de aparecer y desaparecer.
Por su eterno ansia de ser y no ser.
Por su porte altivo de alma en pena.
Por su capacidad de hacer temblar a cualquiera.
Por su deambular que se hace eterno.
Por su don perdido de la ubicuidad.
Por su aire de poeta extraviado.
Por su estigma de antiguo espíritu filosofal.

Por todo esto, este espectro parece un espectro.

Traslúcido más que transparente.
No es invisible, pero sabe ocultarse bien.
Insondable en esa niebla que lo define
y lo confunde con esa otra niebla que lo rodea.
Demasiadas vidas vividas en demasiados mundos,
demasiado al mismo tiempo.
Aparenta cuarenta y tantos.
Puede que sean cuarenta y cien.

Por todo esto, este espectro parece un espectro.

Con la soga rota siempre al cuello.
Siempre amaneciendo de regreso del más allá.
Enojado, serio, triste, condenado.
Siempre en el filo exacto de no sé qué.
Pero de risa fácil y de risa franca,
intuyo que incluso desde el llanto sepulcral.
Rápido en el tablero que desprecia,
juega siempre a no perder, pero sin nunca ganar.

Por todo esto, este espectro parece un espectro.

Y porque para sí mismo eligió el traje solemne de fantasma gris.
Con los hilos que le ofreció la vida se confeccionó su traje a medida.
Cual guante, piel de fantasma adherida a la piel, y también al alma.
Tiene el raro privilegio de ver siempre un poco más que los demás.

Invocarlo es un ritual largo, monótono y amargo,
pero siempre, absolutamente siempre, vale la pena.
Aunque no sea más que por un rato.

(Que también de a ratos se construyen eternidades)

Excuse moi.

Todos tenemos cosas que nos gustan más que otras. Es obvio, más que obvio. Es natural. Y si tenemos cosas que nos gustan más, necesariamente tenemos cosas que nos gustan menos. Y que existan cosas a las que les tenemos una justificada aversión, es comprensible.

Pero hay cosas a las que se les tiene un rechazo profundo no justificado, inexplicable. Cosas para las que no basta un «no me gusta», ni un «me desagrada profundamente». Cosas a las que no tenemos tiempo ni de juzgar antes de rechazarlas con las vísceras revueltas. Cosas que nos espantan sin que medien las subjetividades de lo ético ni de lo estético.

Sentimiento fóbico, completamente irracional, que nos avergüenza. Que nos humilla. Que nos atormenta. Que deberíamos combatir con todas nuestras fuerzas. Sentimiento que nos hace ser o parecer quienes no somos, quienes no queremos ser. Sentimiento que nos altera, nos paraliza, nos desnaturaliza y nos anula.

Ese sentimiento es el que me provocan las uñas postizas. Lo siento. No puedo evitarlo. Uñas falsas, largas, afiladas, pintadas, decoradas, pegadas sobre otras uñas que si son de verdad. Sepan disculparme quienes las luzcan, si de repente ven que empiezo a temblar. Sepan disculparme si no puedo hablarles, ni prestarle atención a lo que me digan.

Y si de alguna manera intuyen que me estoy aguantando la risa, sepan perdonarme también.

De imágenes, palabras escritas y justificaciones

Una imagen es una imagen. Uno la ve, y ya no puede pretender que no la ha visto. O mejor dicho: sí puede pretender que no la ha visto, pero es un engaño para los demás y uno sigue sabiendo la verdad. Quieras o no, el mensaje en forma de imagen se te metió en el cerebro entre dos parpadeos. Y no te diste ni cuenta de como pasó.

Tal vez uno aprende con los años a ser más analítico en la mirada. Pero ver es como escuchar, como oler, como degustar o sentir en la piel. Con esa capacidad y habilidad nacemos, aunque algunos ( y digo nomas algunos) después desarrollen, cultiven y refinen un poquito más sus sentidos. Pero, en principio, lo único que podemos hacer para no ver lo que esta frente a nosotros, es cerrar los ojos. Y en general siempre es un segundo más tarde de lo que hubiéramos deseado.

Una imagen (sea cual sea), siempre nos llega de la forma menos amable. Alguien la diseño, la dibujó, la pintó, la fotografió, la esculpió, la editó y la liberó en su completa grandeza en un mundo lleno de ojos que ven. Sencilla o compleja, pasará solo formalmente por el cerebro para dar su golpe certero, en una milésima de segundo, allí donde habitan nuestras emociones. Absolutamente figurativo o de lo más abstracto, no importa, el mensaje nunca es del todo claro, y ni siquiera es muy conciso: deja al espectador libre de interpretar, desde sus vísceras primero y desde su mente después, lo que se le venga en gana, aunque no tengas ganas de nada.

Por eso yo prefiero escribir. Aunque las palabras se vean, no se pueden leer todas juntas de una sola mirada, salvo que sean realmente muy pocas. Así, el que empieza a leer puede irse dando cuenta, lentamente, si quiere seguir leyendo o no. Incluso puede decidirse a abandonar la lectura a media palabra. Ahí, escrito, hay un mensaje, una historia, algo que el que escribió quiso transmitir, sin obligar al receptor a recibir. No sé si me explico. Y las palabras quieren decir lo que quieren decir. Algunas tendrán dos o tres significados, pero el sentido de las frases en general será mas bien claro. Bastante claro, al menos.  Primero pasará por tu mente, y luego, ya más o menos digerido, te invadirá el alma. O no.

Por eso yo prefiero escribir. Otros preferirán expresarse de otra forma y todas las formas son válidas, sin duda. Pero esta, hoy, es la mía.

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El mal jardinero (o el jardinero del mal)

Don Aurelio es el encargado del parque junto a nuestra casa. No se llama Aurelio, claro. Podría llamarse también Don Benancio, Don Cipriano o Don Adelfo. Pero Aurelio es un nombre que le va tan bien como cualquier otro. Digamos que le decimos Aurelio por no revelar su nombre verdadero. Pero la verdad es que hubo un día en que supe su nombre, y ese mismo día lo olvidé.

Malhumorado, mas bien bajo y, a simple vista, mal tratado por todas las circunstancias. Como si recién se hubiera bajado de una mala mula, así va por la vida. Quejándose con quien pueda, de lo que sea, siempre que se presente la ocasión. Acusando a los unos y a los otros, por todo lo malo, por todo lo falsamente bueno y por las dudas también. Conspirando entre las hilos del micro universo que es el parque, que ni siquiera es un parque tan grande.

Mal encarado, y mal querido por el barrio, pero con justa razón. Vende su simpatía y su favor a cambio de unas monedas extras, que bien pronto se convierten en cuota quincenal. ¡Y como se resiente si las monedas no llegan!. Abusa de su ínfimo poder a través de tontas venganzas: montones de hojas o toneladas basura se acumulan frente a la casa de su enemigo predilecto de cada semana.

Pero dejando de lado su mal humor, es mal jardinero, se mire por donde se mire. Tan malo que le queda grande el titulo de jardinero. Y también le queda grande el titulo de cuidador. Inclusive el titulo de barrendero. Mal tipo diría yo, aunque no sé como sea el hombre cuando vuelve a su casa.

Pero mal jardinero sin dudas. Y mal tipo, me figuro.

Con su sobrero de paja roída calado hasta las hojas y su uniforme desteñido que lo camufla con el entorno, aparece y desaparece entre los árboles como por arte de magia. Nadie sabe cuando viene o cuando no. Es como un espectro en eterna enemistad con los vecinos, con los pasantes, con los deportistas e incluso hasta con las parejas de enamorados que mal que mal, disfrutan el rato sobre el pasto seco o la tierra pelada.

Cuando hace unos pocos años llegué a estas tierras, intenté hacer las cosas bien. Me presenté con el Don, me ofrecí para ayudarle en algunas cosas, su discurso me dio lástima. Casi que caí en su trampa. Hoy estoy en su lista negra, no lo dudo. Encontramos su marca siniestra en nuestra puerta.

My way (por decirlo de algún modo)

Lineas simples.

Frases cortas y sencillas.

Sin enredos innecesarios.

Solo con los enredos imprescindibles.

Así escribo, en general.

Porque así pienso en general.

Con lineas simples.

Con frases cortas y sencillas.

Sin enredos innecesarios.

Frases que se ordenan y reordenan.

Frases que se desdoblan, se repiten.

Frases que se multiplican.

Que se amontonan en mi mente.

Frases con espíritu de tumulto.

Frases que exigen salir por escrito.

O desbordar de la peor manera.

Frases que amenazan porque pueden.

Pero que se conforman con poco.

Mitad y mitad

No, no tengo doble personalidad.
Lo que tengo es una migraña sideral.

Un dolor que me parte el alma y la cabeza por la mitad.
Justo por la mitad, por mi meridiano cero, mi Greenwich personal.
Un dolor que me corta como quien corta una manzana por la mitad.

Y una mitad duele con todos los dolores.
Media nuca, un ojo, medio cráneo y medio paladar también
Y medio cerebro palpitando, que pugna por escaparse o estallar.
Una mitad exacta de mi ser cree que el último de los días es este día.

Y la otra mitad que se siente de maravillas.
Sin siquiera un mínimo escozor, ni la más leve de las contracturas.
La otra mitad ni se entera, ni cree siquiera en la existencia del dolor.
La otra mitad se siente eufórica de tanta «bienitud», como drogada.

Y yo, que no soy dos, que soy solo una, como cualquiera.
Con conciencia plena y simultanea del infierno y el paraíso intracraneal.
No sé si reír o llorar,  y me aguanto la risa y me aguanto el llanto.

Y me retiro a un lugar oscuro, fresco y silencioso.
Busco casi a ciegas un analgésico o algo que al menos se le parezca.
Quiero, obviamente, que el dolor ceda, se diluya, desaparezca.
Pero también que afloje la dicotomía sensorial.

Porque puede ser interesante de alguna forma, pero agota.