Esas cosas …

Mientras esperaba mi coche rumbo a Paraná escuché, después de mucho tiempo, una canción de los Redondos. El estribillo se me pegó. Desde hace ya unos días el Indio repite una y otra vez, muy dentro de mi:

 «¿Puede alguien decirme ¡Me voy a comer tu dolor!?
Y repetirme ¡voy a salvarte esta noche!»

Ojalá alguna otra estrofilla pegadiza se me cruce en el camino pronto. Y desplace esta tontera a algún rincón oscuro y olvidado de mi corazón….

Días de niebla

A veces pasa: un par de días de niebla densa al año. Niebla que borra al paisaje, incluso pasado el mediodía. Estos han sido días de esos. Conozco el paisaje que me rodea. Sé que las cosas están allí, pero no puedo verlas, a pesar de tanta luz. Un manto gris y brillante engulle cielo, río, horizonte, islas, edificios, árboles, coches, gente. Todo. Sé que están allí, pero pareciera que no estuvieran. La mente y los sentidos se contradicen y generan una extraña inquietud. Con saber, con entender, no basta. Pero no hay mucho más que hacer que esperar que se disipe la niebla. Y disfrutar del paisaje / no paisaje atípico que el día nos brinda. Tiene su encanto. Sí que lo tiene.

Cuentas regresivas

Las esperas siempre tienen que ver con las cuentas regresivas cuando lo que se espera tiene una fecha y un horario determinado. Si pasado ese momento aún se está esperando, la cuenta ya no será restando, sino sumando los minutos, las horas, los días, los años – sí, es algo que puede pasar también – que han pasado desde el instante determinado. Y si bien esperar es esperar, son dos esperas muy distintas. Muy distintas. Generan cosas muy distintas, incluso si lo que se espera es la misma cosa. Por suerte lo que yo espero casi siempre son autobuses que suelen llegar a tiempo.

Influencias

En parte será la personalidad de cada uno, pero no se pasa por la vida de forma impoluta; y lo que nos rodea, nos marca.

Será que tanto escuchar eso de «less is more» que enunciaba Mies, hizo su marca en mí. No solo como un precepto de arquitectura, sino como una filosofía para la vida en general.Aquello de «form follows function», o el manifiesto de  Loos «Ornament und Verbrechen».

Será la época que me toco vivir, el entorno, la familia, los libros que leí.

Pero bueno, al fin y al cabo, somos humanos  –  excusa válida, pero de la que mucho se abusa – y también yo caigo, de vez en cuando, en la cursilería verborrágica creyendo, inocentemente, embellecer lo que debería ser (es?) absolutamente bello en sí mismo.

Craso error. ¿Disfrutable? Sí, pero peligroso.

Día de tormenta

Debería poner un estabilizador. La energía no se corta, dicen , no es para tanto. Pero sufre sus bajones. Y por ahí cae un rayo y se multiplica por mil, aunque sea por un instante. Debería poner un estabilizador, ser mas precavida, no vaya a ser que se queme la fuente y me quede sin nada. Sí, ya sé, hay veces que ni con eso basta. No sé mucho de esto. Por lo pronto la cosa funciona así como esta. Por suerte en esta época las tormentas son intensas pero duran poco. Pueden ser frecuentes, pero es cuestión de estar atenta. Debería poner un estabilizador, pero no existe en el mercado uno que me sirva, aunque parezca extraño. Por lo pronto, lo único que me queda es desenchufar todo por un rato cuando el cielo se pone oscuro y empieza con sus truenos de advertencia. Y esperar. (Lastima que a veces me cueste tanto).

s. v. v.

Jugando, como cuando niños releíamos las paginas rosadas al final del diccionario, encontré una frase muy simple, muy corta, que se grabó en un instante y para siempre en mí. Estaba escrita como esas cosas que escribíamos cuando ciertas verdades nos iluminaban y nos oscurecían el alma. Un protocolo antiguo, una formula obsoleta, un gesto altruista y pretencioso. No recuerdo. Ni me importa. La hice mía por simple, por cierta, por clara, por oportuna. Por aparecer entre cientos o miles de frases en el momento exacto. Traducida y explicada. Una abreviación, tres letras, porque con eso basta. Aunque no sea una verdad universal, aunque sea refutable de mil modos. Una idea, un sentimiento, una consigna para bordar en el estandarte imaginario que protege y que inspira mis pasos, aunque no sepa donde voy.

Tiempos

El 12 de enero del 2008 cumplí 31 años. Me gustan los números impares, aunque mi cumple impar siempre sea en un año par por haber nacido en 1977. Es cuestión de gustos, no más. Y dando un vistazo atrás, cualquiera diría que me gustan las asimetrías. Que el desequilibrio me mantiene despierta, aunque sea simplemente para no caer. Que la estabilidad es una meta que busco con poco ímpetu. (Y puede ser que sea, al menos por el momento)

Otro cartel…

En una puerta, un cartel que dice «NO PARA CUALQUIERA». Me pregunto si esa es la puerta que estaba buscando (y no, no recuerdo haber estado buscando ninguna puerta).

¿Es una puerta para entrar o para salir? Para eso tendría que saber si estoy adentro o afuera, saber adonde estoy, y definitivamente no tengo idea.

A mi alrededor se va llenando de gente con la ilusión de que la puerta se abra para ellos y les confirme que son «alguien no cualquiera». Algo me hace sospechar que al otro lado de la puerta la escena se repite. Esto puede terminar en una tragedia.

Me escabullo silenciosa entre la multitud y sigo camino a la Estación, mirando de reojo, como al pasar, cada puerta y cada cartel, como queriendo encontrar uno que diga: «HOME SWEET HOME» o algo similar.

FFCC

El tren  que esperaba estaba por llegar (lo escuchaba venir, lo veia venir, lo sentia venir).
No sé si detendrá, supongo que no. Sé que si me cruzo en su camino puedo obligarlo a frenar, puedo intentarlo; pero puede, también, que sea una tragedia, para todos.
Hace tiempo que lo espero, creo que hace tiempo que lo espero. Y sin embargo lo dejo pasar. De todas formas, no se detuvo.
 Me lamento, pero no mucho. Yo esperaba el tren, pero a mí no me esperaba ningún destino. No se aún a donde voy.

Distancias (miles de kilómetros, miles de años después)

Mi mente me advierte,
m
i corazón se confunde,
mis manos dudan,
m
i piel te reclama,
m
is labios te buscan.

Y yo te encuentro,
con tus labios que me buscan,
t
u piel que me reclama,
t
us manos que dudan,
t
u corazón confundido.

Y tu mente que te advierte:
¡esta vez será diferente!
(amén)


Bs As – 8 del 9

En la estación de subte, el monitor anuncia que hay un retraso de ocho minutos. Un par de voces detrás de mí se quejan con la expresividad típica de los nacidos aquí. Una espera de ocho minutos, tal vez de diez, en lugar de los tres minutos habituales. Las estaciones de subte no están hechas para esperar. No se puede fumar y apenas hay dos o tres bancos donde sentarse. No importa en realidad; la gente de por aquí tampoco está hecha para esperar. Ya quisiera verlos yo esperando tres horas una combinación de autobuses allí donde yo espero. Ya quisiera verlos esperar diez meses.

Cosas que pasan

Esta vez, en la gran ciudad. La terminal es demasiado caótica comparada con las pequeñas terminales de provincia a las que estoy acostumbrada. Entonces, mejor, en otro momento. Aunque tuve varias horas para pensar mientras viajaba. Ya no mientras esperaba, porque aquí el tiempo no puede usarse para esperar nada. Es pura inmediatez. Tal vez por eso me pongo a escribir, porque estoy esperando que des una señal de vida. Perdón, al revés. Esperando que aparezcas para darte una señal, de que estoy viva. Y añorando una estación terminal – otra – donde imagino encontrarte un día.

Otra vez.

Otra vez. Entre el lugar en el que estabas y aquel en el que ya no estás. Entre las cosas que creía saber y no sé.
Por la ventana se ve una blancura absoluta. Ni islas, ni río, ni parque, ni cielo. Nada. Todo inmerso y fundido en la niebla . Es como si mirara para adentro. Sé que las cosas están ahí, pero no logro distinguirlas.
Estoy en casa, pero otra vez me siento como en las noches en que esperaba sin hacer nada en la terminal de Concordia, San José, o algún otro pueblo. Fuera de Tiempo y en ningún Lugar, sabiendo de donde venía, y a donde iba. Y donde estaba y sin embargo, perdida.
Y no queda nada que decir, decías.
Y yo creo que sí, que queda mucho que decir, pero hoy no es el día.
Y que no hay vuelta atrás, decíamos.

Otro día

Hoy no es lunes ni martes, pero estoy de nuevo en una estación, esta vez esperando el autobús de Ubajay hacia San José. Y ahí, otro rato en otra terminal, para entonces,  sí, salir hacia Paraná. Es viernes a la tarde, ha sido una semana larga y no da para filosofar demasiado. En realidad sí, pero no dan ganas de escribirlo. Ojalá ya estuviera allá. Ojalá me pudiese quedar en El Palmar. Esto de no estar en ningún lugar y en todos lados, de pertenecer y no pertenecer, de ser parte y no ser parte… puede que sea interesante un rato, pero se vuelve un mal hábito después de un tiempo. El no echar raíces te da cierta libertad de movimiento, pero estás siempre al borde del tropiezo fatal.

Entre los lunes y los martes

Algunas noches, entre los lunes y los martes,  me quedo dos horas en ningún lugar, sin camas pero con computadoras y café. Podrían ser dos horas laboralmente productivas, pero entre las tres y las cinco hay un «no sé qué» en el ambiente, que transforma esta terminal en un reducto imposible de ideas e imágenes absurdas, que difícilmente  tengan su oportunidad en otro momento de la semana. Sea esta, entonces, la primera de esas noches (aunque ya sea en realidad la quinta o la sexta). Vayan estas lineas sin destinatario real ni imaginario, a quien se tome la molestia de leer.
Diría alguien que yo conozco: alea jacta est  (o jacta alea est, o algo así)