Palabras

Dos palabras, una frase, un contexto.

(Nunca el mismo, pero siempre similar).

Una aseveración que, tácitamente, exige otra, igual y contraria.

Y la exigencia que se cumple.

Con dos palabras que quieren decir lo mismo.

Pero con palabras distintas.

Y con palabras distintas quieren decir lo mismo, pero no lo dicen.

Tampoco lo niegan, pero parece.

Dos palabras que cuando las escucho me tensan los músculos.

Me erizan la piel.

Dos palabras que tornan mi sangre en sangre de lobo de la estepa.

Dos palabras que no me gusta escuchar.

Mucho menos cuando las pronuncia mi boca.

Crisis

Hablábamos con mi hermana menor de esas cosas que aveces pasan en la vida. Hablábamos de cambios, hablábamos de crisis. Ella recordó este texto y me lo pasó.  Sintético, contundente, claro. Me gustó. No dice nada nuevo, pero me gusto… la actitud. Y bueno, se supone que lo dijo uno de los tipos mas brillantes de los últimos siglos. y aunque no lo haya dicho en realidad, igual está bueno. 

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 La Crisis según Einstein….

Crisis. No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo.
La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos.
La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura.
Es en las crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias.
Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar «superado».

Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.
La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia.

El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.
Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.
Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.

Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro.

Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla.

ALBERT EINSTEIN

Meme picture…

meme pic

1. Take a picture of yourself right now.
2. Don’t change your clothes, don’t fix your hair…just take a picture
3. Post that picture with NO editing.
4. Post these instructions with your picture.

Esos instantes

Seguramente no «LA VERDAD», así con mayúsculas; pero sí pedacitos de verdad y pequeñas verdades, a veces se revelan en los instantes menos imaginados: al ver caminar una arañita en la pared mientras tendemos la cama, al juntar un lápiz que se nos cayó en la oficina o al elegir un jabón de tocador en el supermercado. En cualquier momento, en cualquier lugar. La cuestión es darse cuenta, pero de alguna manera sucede. Ahí está el chispazo.

¿Y después? Después, la vida continúa.

Rules?

Your rules?
Lo siento, la vida no es una mano de Mao, no la mía al menos.
El silencio no es, ni nunca será, la regla por defecto.
Y las reglas nuevas solo valen para quien las pone, cuanto mucho.

Tibieza

 Días de tibieza, hasta Harry los prefiere de vez en cuando…

¿Es que acaso alguien envidia su suerte? ¿o la suerte de Armanda?

http://www.bibliodelsur.unlugar.com/ebooks/hesse__lobo_estepario.pdf

Rosa de los vientos

Tengo una brújula cuyo norte siempre apunta al sur. Y otra que indica el norte en direcciones distintas cada vez. Ambas me sirven a pesar de todo. La primera me sirve para orientarme, aunque deba hacer el esfuerzo extra de invertir la brújula en mi cabeza. La segunda, para que recuerde que es un error confiar ciegamente, incluso en una brújula…

«La Feliz»

A esta ciudad le dicen «La Feliz». Esta ciudad a orillas del mar se parece a una sirena que enamora (y enloquece) con su canto mortal. Le dicen «La Feliz»; mucha gente parece caminar sonriendo a pesar del frío. En verano dicen que se nota mucho más. Igual, hay muchos que no sonríen. Debe ser una cuestión de marketing nomas…

Procesos

El temple es un tratamiento térmico al que se somete al acero, concretamente a piezas o masas metálicas ya conformadas en el mecanizado, para aumentar su dureza, resistencia a esfuerzos y tenacidad. El proceso se lleva a cabo calentando el acero a una temperatura aproximada de 915°C en el cual la ferrita se convierte en austenita, después la masa metálica es enfriada rápidamente, sumergiéndola o rociándola en agua, en aceite o en otros fluidos o sales.

En general, existen tres pasos en el procedimiento.

El primero, consiste en el destemple, a fin de mejorar la condición física del acero y aliviar las tensiones que tal vez se hayan originado en el metal con los procedimientos de laminado y forjadura. Esto usualmente se hace calentando el metal hasta que adquiere un color rojo mate y dejándolo enfriar después gradualmente.

El próximo paso es calentar el metal a temperaturas comprendidas dentro de la gama crítica en la que se producen cambios en el contenido de carbono. Cuando no se dispone de un horno equipado con pirómetro, hay que depender de la interpretación del color que adquiere el metal, para determinar cuándo debe enfriarse en el baño endurecedor, que usualmente es de agua fría o aceite, lo que depende del grado de dureza deseado y de otros factores.

El paso final del método consiste en templar el acero a la dureza y tenacidad deseados para la tarea que se va a realizar. Esto, a menudo, se denomina regulación del temple, y se hace recalentando y enfriando el metal en aceite o agua, mediante el método de colores. 

Hay dos tipos de temples, uno de ellos es el que se templa la totalidad de la pieza, incluyendo su núcleo, y otro es el que solo se templa su superficie externa, dejando el núcleo menos duro, para que sea más flexible. A este segundo temple se le llama «temple superficial».

Características generales del temple

 Es el tratamiento térmico más importante que se realiza

  • Hace el acero más duro y resistente pero más frágil
  • La temperatura de calentamiento puede variar de acuerdo a las características de la pieza y resistencia que se desea obtener.
  • El enfriamiento es rápido
  • Si el temple es muy enérgico las piezas se pueden agrietar.

 

 

Subjetividades

¿qué escalas para que criterios?

¿qué criterios para decidir que cosas?

¿cuál es el punto medio, la referencia?

¿cuántos cientos de escalas, cuántos miles?

¿qué tan adaptables a nuestros deseos?

¿qué tan flexibles ante la critica?

¿qué tan compatibles con las demás?

¿qué tan justificadas ante nuestra conciencia?

¿qué tan creíbles? ¿qué tan creídas?

¿qué tan enraizadas?¿qué tan enmohecidas?

¿cuánta energía demanda el simulacro de paz
para nuestra conciencia, para nuestro corazón?

¿cuánto esfuerzo?

¿valdrá la pena?

Coming soon!

«To be OR/AND not to be.
To believe OR/AND not to believe.
The funny way of living this life without answers»

Cuando el tiempo deja de contarse en años, y se empiezan a contar los meses…

Cuando dejan de contarse los meses, para contar las semanas…

Cuando no importan las semanas sino los días…

Cuando llega el momento finalmente de contar las horas…

Entonces es cuando se pierde la noción del tiempo, del espacio.

Y la espera es pura y netamente una espera.

Una realidad en si misma, un solo respiro…

Más esperas

En algo se parecen cada una de las estaciones de autobús. Las grandes y las pequeñas. Las modernas y las antiguas. Las muy concurridas y las casi desiertas.  Las conocidas y las desconocidas.
Y en algo se diferencian también, incluso de sí mismas, en cada ocasión.  Y no, no me refiero a los parecidos y las diferencias obvias, físicas, externas, funcionales. Es otra cosa, algo que se gesta en la mirada de cada persona. Algo que tiene que ver con el antes y el después de ese momento; el momento siempre presentísimo de las esperas en la estación…

Esas cosas …

Mientras esperaba mi coche rumbo a Paraná escuché, después de mucho tiempo, una canción de los Redondos. El estribillo se me pegó. Desde hace ya unos días el Indio repite una y otra vez, muy dentro de mi:

 «¿Puede alguien decirme ¡Me voy a comer tu dolor!?
Y repetirme ¡voy a salvarte esta noche!»

Ojalá alguna otra estrofilla pegadiza se me cruce en el camino pronto. Y desplace esta tontera a algún rincón oscuro y olvidado de mi corazón….

¿Quién cree?

Dice Wikipedia:
«Una profecía es una afirmación clarividente sobre el futuro, en general. Sin embargo, hay una diferencia entre profecía y predicción: una predicción es una afirmación que se utiliza para reforzar una teoría de acuerdo a un proceso lógico, mientras que una profecía no está ligada a un razonamiento en la previsión del resultado predicho y su inspiración es de origen divino.»

Bueno, yo no creo en profecías, pero antes de tener un año no podía negarme a que me llevaran con una señora que argumentó un montón de profecías/predicciones a raíz de mi carta astral. Por unos no tan módicos pesos, obviamente. Mi madre no era muy entusiasta del asunto, pero por congraciarse con la nueva familia, aceptó.

Y ahí quedó todo registrado en un casete negro, hasta que un día, hace como 20 años, ese casete fue regrabado con música de la radio. Buscaba en que grabar y encontré un casete no identificado, donde una tipa hablaba cosas raras con un acento raro. Como no era nada que me pareciera que pudiera interesarle a mis padres, le puse una cintita y se transformó en algo así como un casete virgen.

La fiebre de grabar música de la radio me duró, creo, ese solo día. Pero ese día desaparecieron los famosos designios, dando lugar a temas musicales de moda de finales de los ochenta.

Claro, yo me enteré más de una década después, cuando ocasionalmente mi madre dijo que la señora aquella en algo le había acertado. Ahí requerí un poco más de información sobre el suceso. Pero apenas si me tiraron una linea o dos. No había sido un hecho tan trascendente como para quedarse en la memoria de mi progenitora. O por algún motivo, ella no quiso pasarme la versión completa.

La desacredito al decir que la tipa le había profetizado una sola hija y ella ya estaba embarazada de mi hermano… y al final fuimos cuatro hermanitos.

La cuestión es que de la única cosa que se acordaba bastante bien mamá, nunca se había dado en mi vida, ni por asomo. Y de repente, un día, las condiciones sí se dieron. Apenas como una posibilidad, o menos que eso.

Entonces yo, ya advertida que la cuestión traería (tal vez) grandes pesares ¿cómo actúo? ¿dejo que las cosas sean? ¿trato de evitarlas? ¿me confío, contra mi costumbre, en que las cosas se sucederán de cualquier modo? ¿las fuerzo solo para demostrar que la mujer aquella estaba equivocada?

Por suerte, ando enredada en otros varios temas, algunos muy importantes para mi hoy, de toda índole. Muy propios, muy míos y que tienen toda la prioridad en lo que se refiere a atención, dedicación y energías… y mucho más.

Concejo consultivo

Y sí, a veces dudo. Dudo de mi criterio. Claro, imposible evitar que sea subjetivo, aunque sea levemente subjetivo. Pero puede ser que la subjetividad no solo lo manche, sino que lo empape, lo sature.

Entonces busco a mi alrededor a la gente mas diversa. Y consulto. A la familia, a amigos cercanos, a meros conocidos y a desconocidos; jóvenes y viejos, hombres y mujeres, de costumbres, historias, ideologías diferentes.

Obviamente, no son cuestiones técnicas; ahí consulto a los expertos. Más bien, cuando se trata de esas cosas de la vida, que por ahí exigen que una adopte una posición determinada.

Porque puede ser que una tenga miedo de ser demasiado….¿injusta? ¿severa? ¿escéptica?¿ingenua? ¿idealista?

Bueno, preguntar no es pecado. Sé que aunque consulte a diez o a cien, no tengo garantías de nada. No hay verdades absolutas en estas cosas. Pero todo ayuda.

Y esta vez yo creía que era una insensatez, por decirlo suavemente. Y los demás también.

Conversaciones frente al hogar

Decía una amiga mía, a quien aprecio mucho y con quien hubiese querido compartir muchas mas horas de lo que realmente compartí, que lo importante es querer, es la voluntad.
La última noche antes del regreso a su ciudad natal, nos quedamos hablando junto al fuego del hogar, tomando un te de cedrón o algo así.
Ella nos contaba de su épocas de colegiala y universitaria allá en su país.

Decía que para lograr algo, se necesitaban tres o cuatro cosas. Voluntad, dinero y tiempo. Que el dinero de alguna forma se conseguía, aunque fuera vendiendo sándwiches de pan duro y mayonesa en las madrugadas de algún festival. Que siempre se tiene algo no imprescindible que otro quiere comprar y se puede hasta malvender, que siempre se puede renunciar a algún gusto para lo que se estaba ahorrando, que lo importante era realmente querer.

Decía también que el tiempo no es más que de uno, aunque lo haya hipotecado, aunque lo haya comprometido. Que disponer de nuestro propio tiempo era una cuestión de estar dispuestos a levantar esa hipoteca; que en realidad, lo importante,era querer. Que lo importante era saber lo que se anhela, y saber que tanto se deseaba algo. Que después de eso, todo era cuestión de ser ordenados y metódicos. De tener las ideas claras.

Lastima que esa charla, llena de ejemplos, llena de risas, fue la última noche. Fue esclarecedora. Ojalá tengamos oportunidad de otras muchas charlas como esas.

Y aprovecho este medio para dejarle mis cariños a esa persona. Los tiempos y la vida que compartimos fueron muy particulares. Como sea, queda y quedará en mi recuerdo, eso sin duda. Y ademas queda entre mis contactos. Bienaventurado este medio que acorta las distancias entre quienes se quieren.

Amiga: buena suerte y hasta pronto.

Días de niebla

A veces pasa: un par de días de niebla densa al año. Niebla que borra al paisaje, incluso pasado el mediodía. Estos han sido días de esos. Conozco el paisaje que me rodea. Sé que las cosas están allí, pero no puedo verlas, a pesar de tanta luz. Un manto gris y brillante engulle cielo, río, horizonte, islas, edificios, árboles, coches, gente. Todo. Sé que están allí, pero pareciera que no estuvieran. La mente y los sentidos se contradicen y generan una extraña inquietud. Con saber, con entender, no basta. Pero no hay mucho más que hacer que esperar que se disipe la niebla. Y disfrutar del paisaje / no paisaje atípico que el día nos brinda. Tiene su encanto. Sí que lo tiene.

En tránsito

A poco de llegar a destino. Apenas a unos kilómetros. Desde aquí escribo. Salí un poco más tarde de lo previsto, el viaje estuvo  más o menos dentro de lo esperado, con algunas demoras, y ya apunto de llegar, me avisan que tendré que esperar en esta estación otro rato.

Este viaje decidí hacerlo yo. Todas las demás variables me son externas. El entorno, el mundo que me circunda, está complicado. Las variables de los cuándo y los cómo no puedo manejarlas; me someto – más o menos – a lo que ocurra.

Pero la decisión de hacer o no hacer este viaje, es decir, la variable primera y fundamental, fue mía.  Y sí, imposible ignorar lo que todos sabemos: paros, falta de combustible, rutas cortadas, miedos, precauciones. Obstáculos. Dificultades.

aquí estoy, un poco tarde, pero a punto de llegar. Es cuestión de paciencia. De paciencia y de suerte. Y de estar atenta, de saber ver, escuchar, procesar rápidamente y decidir rápidamente llegado el momento. De buscar las mejores opciones ante cada modificación de la realidad, que se empecina a cambiar hora tras hora.

Falta poquito, poquito. En esta estación en medio de la nada, digamos que me queda un tiempo muerto como para sentarme a escribir cosas intrascendentes, como estas. Pero ya, en breve, llegará el momento de recuperar el tiempo perdido, de ponerse al día con aquello que este tiempo de viajes difíciles está retrasando. Y no habrá entonces más tiempo para tonteras….

Íconos

De niña muy niña tenia un tentempié (o tentenpié, disculpenseme las faltas de ortografía, que en esa época yo no sabía ni leer ni escribir). El muñeco este se llamaba así, porque por más que lo empujara mil veces, mil veces se volvía a levantar, solito.  Se mantenía en pie, esa era su esencia, su gracia, su chiste.

Mi tentempié era un muñeco inflable enorme. Enorme para mí al menos. Era como un conejo. Más bien, podríamos decir que era un cilindroide donde estaba dibujado un conejo muy sonriente, con dos orejas como de conejo que eran lo único que sobresalía del cuerpo.

Y, obviamente, no era mágico. En la base semiesférica tenia un peso fijo… y el resto era puro aire. Se mantenía en pie por pura acción de la gravedad. Pero era divertido. Intentar una y otra vez voltearlo en el suelo, para ver como inmediatamente se levantaba, siempre con la misma energía. No importaba si lo se lo recostaba con cariño o a fuerza de  golpes. Un ejemplo de tozudez, mi tentempié.

Pero, como todos,  mi conejo tenia sus punto débiles: no era más que un muñeco inflable. Si se pinchaba, o si simplemente se le destapaba su pico para inflar, se desinflaba, caía, moría, aunque fuera por un rato.

No sé como llegó a mí ese juguete. Ni sé que fue de él.

Sé que puedo preguntarle a mi mamá. De hecho, ya se lo pregunté alguna vez, pero las respuestas no deben haber sido tan significativas como para que las recuerde. Volveré a hacerlo, al menos para escribirlo aquí, a modo de homenaje.

Sé que está de fondo en un par de fotos mías, fotos de un cumpleaños.

Sé que por mucho tiempo lo recordé muy bien.

Sé que después simplemente pude mantener su imagen a través de las fotos.

Sé que dejó una impronta profunda en mí.

Sé que invoqué su imagen muchas veces de niña, de adolescente, de adulta.

Sé que lo transformé en ícono, en ejemplo, en metáfora, en estandarte.

Será que nunca creí en ángeles de la guarda…

Susurros

Él dijo que no.
Yo dije: tenes razón
Él dijo que no debería ser.
Y yo le dije: no te preocupes, no será.
Y agregué: ni siquiera es.
No me gusta. No sé. No entiendo.
No quiero. No importa. No es. 
No puedo. No sabemos, ni queremos saber. 
Y una voz que conozco bien
(una voz lupina, visceral y profunda)
me susurro en el oído:
                                            Eppur, si muove.
y yo quise susurrarte al oído:   
                                           Eppur, si muove.
No sé si no tuve suficiente fuerza.
No sé si estabas demasiado lejos.
No sé si quise que me escucharas.
Ni se si me quisiste escuchar…

Cuentas regresivas

Las esperas siempre tienen que ver con las cuentas regresivas cuando lo que se espera tiene una fecha y un horario determinado. Si pasado ese momento aún se está esperando, la cuenta ya no será restando, sino sumando los minutos, las horas, los días, los años – sí, es algo que puede pasar también – que han pasado desde el instante determinado. Y si bien esperar es esperar, son dos esperas muy distintas. Muy distintas. Generan cosas muy distintas, incluso si lo que se espera es la misma cosa. Por suerte lo que yo espero casi siempre son autobuses que suelen llegar a tiempo.

HCQSSTET:

Principalmente tres: A, A (S) y D.
HCQSSA:
Y también digamos que tres: I, M (?) y B.
Pero…
         LCQSSTET,SSTET!
(por suerte, el termino absoluto es tan abstracto, que la sentencia no es definitiva ni definitoria)

Influencias

En parte será la personalidad de cada uno, pero no se pasa por la vida de forma impoluta; y lo que nos rodea, nos marca.

Será que tanto escuchar eso de «less is more» que enunciaba Mies, hizo su marca en mí. No solo como un precepto de arquitectura, sino como una filosofía para la vida en general.Aquello de «form follows function», o el manifiesto de  Loos «Ornament und Verbrechen».

Será la época que me toco vivir, el entorno, la familia, los libros que leí.

Pero bueno, al fin y al cabo, somos humanos  –  excusa válida, pero de la que mucho se abusa – y también yo caigo, de vez en cuando, en la cursilería verborrágica creyendo, inocentemente, embellecer lo que debería ser (es?) absolutamente bello en sí mismo.

Craso error. ¿Disfrutable? Sí, pero peligroso.

Otra estación…

Otra estación. Una casilla en medio de la nada, una de esas donde una se detiene para hacer una combinación en mitad del recorrido.

Y de repente, después de muchas horas, un rumor de origen desconocido que nos dice que no habrá ni autobuses, ni trenes, ni aviones ni barcos ni nada. Si queremos seguir, es hora de empezar nuestro recorrido a pie, no importa cuanto equipaje tengamos que acarrear. Por las dudas, esperamos un rato más, hasta que nos aprendemos el paisaje de memoria. Resistimos la tentación de salir a recorrer los alrededores, por temor a que nuestro esperado móvil a destino, justo se le ocurra pasar y se nos pase de largo. Resistimos la tentación de cerrar los parpados un segundo por temor a perder la oportunidad de retomar el viaje.  Más o menos como al personaje de aquel cuento, el que esperaba un tren sin horarios ni fechas preestablecidos. Y ahí nos quedamos, sentados, esperando.

No hay un ánima en esta estación, ni vidrieras; no queda una sola linea por leer, ni de libro, ni de las especificaciones técnicas del dentífrico guardado al fondo del bolso. No queda un pedazo de papel en blanco por escribir, ni queda tinta en la birome como para firmar nuestro nombre en cualquier lugar. Se terminan las provisiones, el agua y los cigarrillos. Se acaban las baterías de todo lo que pueda comunicarnos con el resto del mundo, o distraernos con tristes paliativos. Las nubes pierden su encanto de parecerse a cosas que añoramos antes de que, ademas, no quede ni una nube en el cielo. Y las estrellas son demasiadas como para buscar en ellas constelaciones nuevas. No quedan temas para meditar, ni quedan ganas de rebuscar en las profundidades de la introspección mas consciente.

Pasa la indignación primera y pasa la resignación absoluta. Y llega el aburrimiento y hasta el aburrimiento se pasa. Y ahí quedamos, esperando.

Día de tormenta

Debería poner un estabilizador. La energía no se corta, dicen , no es para tanto. Pero sufre sus bajones. Y por ahí cae un rayo y se multiplica por mil, aunque sea por un instante. Debería poner un estabilizador, ser mas precavida, no vaya a ser que se queme la fuente y me quede sin nada. Sí, ya sé, hay veces que ni con eso basta. No sé mucho de esto. Por lo pronto la cosa funciona así como esta. Por suerte en esta época las tormentas son intensas pero duran poco. Pueden ser frecuentes, pero es cuestión de estar atenta. Debería poner un estabilizador, pero no existe en el mercado uno que me sirva, aunque parezca extraño. Por lo pronto, lo único que me queda es desenchufar todo por un rato cuando el cielo se pone oscuro y empieza con sus truenos de advertencia. Y esperar. (Lastima que a veces me cueste tanto).

s. v. v.

Jugando, como cuando niños releíamos las paginas rosadas al final del diccionario, encontré una frase muy simple, muy corta, que se grabó en un instante y para siempre en mí. Estaba escrita como esas cosas que escribíamos cuando ciertas verdades nos iluminaban y nos oscurecían el alma. Un protocolo antiguo, una formula obsoleta, un gesto altruista y pretencioso. No recuerdo. Ni me importa. La hice mía por simple, por cierta, por clara, por oportuna. Por aparecer entre cientos o miles de frases en el momento exacto. Traducida y explicada. Una abreviación, tres letras, porque con eso basta. Aunque no sea una verdad universal, aunque sea refutable de mil modos. Una idea, un sentimiento, una consigna para bordar en el estandarte imaginario que protege y que inspira mis pasos, aunque no sepa donde voy.

Desde los colmillos hasta las lagrimas, así se siente la ausencia.
Y la presencia, todo el tiempo.

Gris

Los hombres grises no son los hombres que habitualmente llamamos los hombres grises, seres alienados sin mas meta ni ambición que respirar día tras día, hasta que se cansan de respirar.

No, los hombres grises son otra cosa. Son esos que buscan preguntas en lugar de respuestas. No buscan saber La Verdad, sino que simplemente quieren entender, aunque sea algo, aunque sea un poco. Existen, son pocos, pero existen. Viven dudando, pero no confusos, ni perdidos. No sufren por no saberlo todo, por no vivirlo todo, por no tenerlo todo.

Indefinidos a fuerza de voluntad, pero únicos en si mismos. Tibios, moderados, grises.

Son habitantes de la frontera entre una cosa y su opuesto, entre una cosa y otra, aunque no sea su opuesta. Y esa frontera a veces es una linea. Y hacer equilibrio en esa linea es muchas veces agotador, y pasa a veces, que los hombres grises dan un paso a un costado, a cualquier costado y toman color, y viven felices o tristes, según pinte la ocasión.

Los hombres grises no dejan de sentir, porque son seres humanos al fin y al cabo. Van, como pueden, entre la Tristeza y la Alegría, entre la Desesperación y la Calma, entre la Duda y la Certeza, aceptándolas y negándolas. Ser gris requiere un esfuerzo cotidiano, y casi nadie es gris toda la vida, ni mucho menos. Por definición, no es una condición definitiva. Ser gris es una condena y una gracia. Y uno no sabe si amarlos u odiarlos.

Yo no sé si soy un poco grisácea. A veces quisiera serlo. A veces quisiera no serlo. Ciertas cosas me pintan, a veces, el corazón, el cuerpo, la cara, y se siente más que bien y no puedo creerlo. Pero hay lluvias fuertes que tienen esa capacidad de disolver todos los colores, incluso los que se han adentrado mas profundo en mí. Entonces, cuando el agua cae con tal violencia, vuelvo a ser gris, hasta que pase el aguacero. Vuelvo a ser gris, porque sino, desaparezco.

Tiempos

El 12 de enero del 2008 cumplí 31 años. Me gustan los números impares, aunque mi cumple impar siempre sea en un año par por haber nacido en 1977. Es cuestión de gustos, no más. Y dando un vistazo atrás, cualquiera diría que me gustan las asimetrías. Que el desequilibrio me mantiene despierta, aunque sea simplemente para no caer. Que la estabilidad es una meta que busco con poco ímpetu. (Y puede ser que sea, al menos por el momento)

Otro cartel…

En una puerta, un cartel que dice «NO PARA CUALQUIERA». Me pregunto si esa es la puerta que estaba buscando (y no, no recuerdo haber estado buscando ninguna puerta).

¿Es una puerta para entrar o para salir? Para eso tendría que saber si estoy adentro o afuera, saber adonde estoy, y definitivamente no tengo idea.

A mi alrededor se va llenando de gente con la ilusión de que la puerta se abra para ellos y les confirme que son «alguien no cualquiera». Algo me hace sospechar que al otro lado de la puerta la escena se repite. Esto puede terminar en una tragedia.

Me escabullo silenciosa entre la multitud y sigo camino a la Estación, mirando de reojo, como al pasar, cada puerta y cada cartel, como queriendo encontrar uno que diga: «HOME SWEET HOME» o algo similar.

Informes

Me acerco a la ventanilla de Informes y pregunto. Y no, ni a La Sabiduría ni a La Felicidad hay viajes directos. Muy por debajo, en tono cómplice, el encargado me confiesa no saber donde quedan, no saber si esos destinos en realidad existen… y que sí, que muchos ofrecen el servicio, pero que cada cual va por una ruta distinta. Eso ya lo sabia, por eso me dirigí a la casilla de Informes, le contesto. El hombre se ofende un poco por mi falta de apreciación por su advertencia y atiende al que sigue como si nada hubiese ocurrido. Sigo deambulando por la Estación, la de mi ciudad natal, la más rea de las que frecuento, más aun a las dos de la mañana. Hay un no sé qué en el ambiente que nos transforma a todos en personajes bizarros y grotescos. Los que están solos y los que no. Los que esperamos para irnos, los que esperan a alguien que viene, los circunstanciales, los que están trabajando. Hasta el perro vagabundo de siempre tiene un brillo extraño en la mirada, parece tener algo importante que decirme. Y yo, bajo el influjo de la atmósfera de ensueño o de pesadilla, prefiero ignorarlo. A él y a todas esas ideas, emociones y dudas que me rondan como moscas, que me acechan. Nomas quiero que mi coche llegue pronto, para poder dormir, aunque sea un rato.

Terminal central

Cinco horas en la terminal central, la más grande e importante de todas. Desde donde se va a cualquier lugar, a donde se llega desde cualquier parte. El centro neurálgico de todo. Una larga espera programada. Un lugar conocido. A mi alrededor, escucho murmurar en mil idiomas. Anuncian llegadas y partidas a cada instante.  Cerca, muy cerca, arriban los coches que llegan desde mi ciudad natal. Desde allí mismo salen, unos tras otros, como provocándome, como dándome una chance más cada vez, de volver al hogar, al útero materno. Y yo los dejo partir, como con cierta nostalgia. Todavía no es tiempo de regresar. Sabía que serían horas de larga espera, sin embargo…
Aunque mi colectivo llegó a horario, y yo llegué a finalmente a destino, un día después aun sigo sin saber donde estoy; la espera, me avisan, será por tiempo indefinido. Si bien la ruta fue la habitual, estoy en un camino que nunca hice, ni se a donde voy. Supongo que serán los riesgos admisibles de tener boleto sin fecha ni destino. Un pasaje en blanco. Un boleto mágico que no saqué en ninguna ventanilla, cuyo costo real no sé si alguna vez sabré. Pero ni modo, será cuestión de esperar.

La espera

Toda la estación estaba convertida en una enorme sala de espera, afuera llovían torrentes.
Las primeras horas no hice nada, como el resto, más que esperar. Después de eso, de aburridos, ya nadie se molestaba por sentirse observado. No había mucho mas que hacer.
No podía moverme de la mesita que había «ganado» en el único bar de la estación, porque la perdería el instante. Y la noche prometía ser larga.
Cerca, otra mujer sola, que se había apropiado de otra mesa del bar,  escribía hacia rato en un cuaderno. Consultaba su agenda y seguía escribiendo… y sacaba de su bolso otras agendas, llenas de papeles y cosas, y escribía en su cuaderno, y escribía en sus agendas, leía papeles que parecían arrancados de otros cuadernos.
Y de a ratos parecía que lloraba silenciosa, de a ratos que se sonreía. ¿Que escribía? ¿que leía?
En principio pensé que era simplemente una mujer organizada que no estaba dispuesta a perder el tiempo muerto esperando.
Después de muchas horas (más de seis) la terminal se despejaba. Ni mi colectivo ni el suyo habían aparecido en el andén.
Cuando llegué a casa, una eternidad después, le comente a mi mamá sobre aquella mujer, y me dijo que tal escribía un cuento o una novela. Me gusto su interpretación, yo pensé que estaba organizando sus cosas para encarar un pronto final, y como dicen, poder descansar en paz…

Se equivocaba la paloma (?)

Dice Maggi (un personaje de Piglia),  que Tardewski (otro personaje) dijo, citando a Kant: “La paloma que siente la resistencia del aire piensa que podría volar mejor en el vacío.”

Piglia agrega, en la voz de Maggi, que es en ése telar de falsas ilusiones donde se tejen nuestras desdichas..

ref: de «Respiración Artificial», de Ricardo Piglia.

Un cartel que decía:

ένας λύκος δεν είναι ένα γατάκι, είναι ένας λύκος

FFCC

El tren  que esperaba estaba por llegar (lo escuchaba venir, lo veia venir, lo sentia venir).
No sé si detendrá, supongo que no. Sé que si me cruzo en su camino puedo obligarlo a frenar, puedo intentarlo; pero puede, también, que sea una tragedia, para todos.
Hace tiempo que lo espero, creo que hace tiempo que lo espero. Y sin embargo lo dejo pasar. De todas formas, no se detuvo.
 Me lamento, pero no mucho. Yo esperaba el tren, pero a mí no me esperaba ningún destino. No se aún a donde voy.

Distancias (miles de kilómetros, miles de años después)

Mi mente me advierte,
m
i corazón se confunde,
mis manos dudan,
m
i piel te reclama,
m
is labios te buscan.

Y yo te encuentro,
con tus labios que me buscan,
t
u piel que me reclama,
t
us manos que dudan,
t
u corazón confundido.

Y tu mente que te advierte:
¡esta vez será diferente!
(amén)


Bs As – 8 del 9

En la estación de subte, el monitor anuncia que hay un retraso de ocho minutos. Un par de voces detrás de mí se quejan con la expresividad típica de los nacidos aquí. Una espera de ocho minutos, tal vez de diez, en lugar de los tres minutos habituales. Las estaciones de subte no están hechas para esperar. No se puede fumar y apenas hay dos o tres bancos donde sentarse. No importa en realidad; la gente de por aquí tampoco está hecha para esperar. Ya quisiera verlos yo esperando tres horas una combinación de autobuses allí donde yo espero. Ya quisiera verlos esperar diez meses.

Cosas que pasan

Esta vez, en la gran ciudad. La terminal es demasiado caótica comparada con las pequeñas terminales de provincia a las que estoy acostumbrada. Entonces, mejor, en otro momento. Aunque tuve varias horas para pensar mientras viajaba. Ya no mientras esperaba, porque aquí el tiempo no puede usarse para esperar nada. Es pura inmediatez. Tal vez por eso me pongo a escribir, porque estoy esperando que des una señal de vida. Perdón, al revés. Esperando que aparezcas para darte una señal, de que estoy viva. Y añorando una estación terminal – otra – donde imagino encontrarte un día.

Otra vez.

Otra vez. Entre el lugar en el que estabas y aquel en el que ya no estás. Entre las cosas que creía saber y no sé.
Por la ventana se ve una blancura absoluta. Ni islas, ni río, ni parque, ni cielo. Nada. Todo inmerso y fundido en la niebla . Es como si mirara para adentro. Sé que las cosas están ahí, pero no logro distinguirlas.
Estoy en casa, pero otra vez me siento como en las noches en que esperaba sin hacer nada en la terminal de Concordia, San José, o algún otro pueblo. Fuera de Tiempo y en ningún Lugar, sabiendo de donde venía, y a donde iba. Y donde estaba y sin embargo, perdida.
Y no queda nada que decir, decías.
Y yo creo que sí, que queda mucho que decir, pero hoy no es el día.
Y que no hay vuelta atrás, decíamos.

Otro día

Hoy no es lunes ni martes, pero estoy de nuevo en una estación, esta vez esperando el autobús de Ubajay hacia San José. Y ahí, otro rato en otra terminal, para entonces,  sí, salir hacia Paraná. Es viernes a la tarde, ha sido una semana larga y no da para filosofar demasiado. En realidad sí, pero no dan ganas de escribirlo. Ojalá ya estuviera allá. Ojalá me pudiese quedar en El Palmar. Esto de no estar en ningún lugar y en todos lados, de pertenecer y no pertenecer, de ser parte y no ser parte… puede que sea interesante un rato, pero se vuelve un mal hábito después de un tiempo. El no echar raíces te da cierta libertad de movimiento, pero estás siempre al borde del tropiezo fatal.

Entre los lunes y los martes

Algunas noches, entre los lunes y los martes,  me quedo dos horas en ningún lugar, sin camas pero con computadoras y café. Podrían ser dos horas laboralmente productivas, pero entre las tres y las cinco hay un «no sé qué» en el ambiente, que transforma esta terminal en un reducto imposible de ideas e imágenes absurdas, que difícilmente  tengan su oportunidad en otro momento de la semana. Sea esta, entonces, la primera de esas noches (aunque ya sea en realidad la quinta o la sexta). Vayan estas lineas sin destinatario real ni imaginario, a quien se tome la molestia de leer.
Diría alguien que yo conozco: alea jacta est  (o jacta alea est, o algo así)