
Caminando por las calles de Buenos Aires, me encontré con este lugar.
No supe si reírme o si llorar.
La vida a veces parece que se divierte haciendo pequeños gestos como éste.

Caminando por las calles de Buenos Aires, me encontré con este lugar.
No supe si reírme o si llorar.
La vida a veces parece que se divierte haciendo pequeños gestos como éste.
Un desconocido que llega.
Un viajero en uno de los destinos de su viaje.
Una cena íntima entre amigos que no se conocen siquiera el nombre.
Una noche de verano en otoño, que se deja respirar.
Y las palabras y tal vez, las estrellas.
Una historia mínima, con todos sus detalles.
Un hombre que se va con su mochila al hombro.
Un desconocido que ya no será un desconocido nunca más.
Y las palabras y tal vez, las estrellas, aunque ya no sean tantas.
Ni preguntar por qué, ni preguntarse por que no.
Hay situaciones en que las respuestas son tan ambiguas,
que nos convencemos que es mejor ir viviendo
sin preguntar tanto, tanto todo el tiempo.
Pero la propia naturaleza nos acosa
con signos de interrogación a cada paso.
Y la ilusión de una vida sin respuestas,
sin excusas, sin causas ni consecuencias
se diluye sin más, con la salida del sol.
Lobos, lobeznos, y también lobos viejos.
Grises todos, muy grises, de todos los matices.
Grises como los recuerdos, las novedades,
y los futuros que barajamos hasta no hace tanto.
Políticamente correctos en este nuevo milenio.
Sanas y salvas sus conciencias insatisfechas.
Controvertidos, contradictorios y funcionales;
sabios, soberbios, orgullosos hijos del desencanto.
Su historia es una filigrana de cicatrices,
meticulosamente escrita en la piel y en el alma.
Sin espíritu alguno de jauría ni de manada,
no es el amor el que los reúne, sino el espanto.
Su estepa abarca todas las geografías,
su estepa es un pañuelo de papel arrugado.
Fundan sus cubiles y demarcan sus cotos de caza,
en los pliegues invisibles de la vida cotidiana.
Difícil será el destino de quien se enamore
del filo de sus colmillos o el brillo de su mirada,
del encantamiento de su ingenio o su voz callada,
del sabor de su sangre o la miel de sus lágrimas.
(No, no es fácil, pero tampoco es opcional.
Y de todas maneras ¡vale mucho la pena!)
Transmutar la hiel en miel,
en un abrir y cerrar de ojos,
es un proceso de alta alquimia;
tan difícil (o más difícil)
que convertir en oro
tristes ídolos de barro.
Pero crear una ilusión convincente,
es realmente mucho más sencillo:
tres palabras elegantes y un abracadabra,
un par de lecciones de química barata,
y una sonrisa a prueba de todo.
¡Listo para consumir!
El milagro instantáneo
que reclama la manada,
tan sedienta que está de fe,
e indulgencias varias.
(sin embargo,
de esta falsa miel no comen las hormigas,
no hay truco, magia ni poder divino
que disimule ciertas amarguras)
En la estación del pueblo. Esta vez sin la certeza de saber cuando volveré. Es una sensación extraña.
Los bolsos y mochilas a mi lado parecen intuir que finalmente tendrán su merecido descanso, libres por un tiempo de la carga de la que nunca se liberaban del todo. Han sido buenos compañeros de ruta. Fieles. Resistentes y prácticos.
No, nada augura que sea un descanso definitivo, ni siquiera muy prolongado. Pero después de algo más de dos años, a ellos y a mí nos vendrá bien un poco de quietud.
Si bien al final cuentas siempre es uno quien va eligiendo su destino, a veces las condicionantes externas pesan más que las otras, y es entonces cuando se dice que son cosas de la vida. Este bien podría ser un caso de esos.
Y me digo, más o menos convincentemente, que volveré pronto. Aunque no me lo creo demasiado. Sé que a veces me miento un poco.
En la tarde aún gris y barrosa del pueblo, todo toma un matiz diferente, como si se tratará de un paisaje querido. Pero las cosas (y las gentes) queridas están un poco más lejos, fuera del alcance de mi vista. De ellas pude despedirme sin decir adiós, ni hasta pronto ni hasta nunca. Síntomas de una nostalgia que se asoma antes de tiempo y quien sabe si logrará hacerse carne en algún momento.
Cambian las circunstancias, cambian las reglas del juego. Quien menos se haya enamorado de sus sueños será el que menos sufra por los futuros imaginados que ya no serán. Y será también quien más dispuesto esté a encarar el presente en el presente.
En mi sueño, la Estación Central esta vacía y en cada dársena descansa un autobús. Son cientos. Tal vez son miles. Yo voy con el pasaje en mano y el equipaje al hombro buscando el sector anunciado para mi partida. Como tantas veces.
Encuentro el coche cuya leyenda anuncia mi destino. Chequeo la hora. Y es la hora correcta.
Me acerco al chofer que está parado junto a la puerta, como sí fuera una esfinge, la mismísima Esfinge de Tebas. Ahí es cuando el sueño se vuelve decididamente más extraño.
Yo le entrego mi boleto, inclino la cabeza como queriendo insinuar un saludo, y me dispongo a subir.
– ¿Quién sos? – pregunta. Y me descoloca. Muchas veces hice viajes similares y nunca me preguntaron quien era. Lo habitual es que pregunten donde vas…
– Regina Daichman – contesto, sin entender aún del todo la situación, tratando de imaginar algún cambio administrativo o de seguridad, que de todas formas no justifica el tono.
– ¿Quién sos? – repite, y yo busco a tientas en mi mochila alguna identificación. Me parece ridículo que no le baste mi palabra, pero no me espanto. Burocracia.
– Soy yo – digo, mostrando con desgana el plástico con mi foto, mi nombre y otros datos menos relevantes.
– ¿Quién sos? – insiste nuevamente. Su voz no se inmuta y sigue su mirada vacía mirándome como ciega, sin verme.
– Soy yo, Regina Daichman – le respondo, queriendo dar por terminado ya éste interrogatorio filosófico de trasnoche.
– Y, disculpe ud, pero cualquier otra respuesta que le dé, será menos específica que esta – agrego, después de dudar un instante. Me sonrío ante la simple idea de haber dudado un instante sobre mí misma, de haber buscado una respuesta distinta, aunque la pregunta fuera la misma una y otra vez.
Recién entonces el chofer – esfinge me libera el paso, puedo subir, buscar mi asiento, dormirme. Y despertar.
Compré mi pasaje y la única boletería del lugar cerró su ventanilla tras darme mis dos moneditas de vuelto. La estación del tren está desierta en esta fresca medianoche de otoño.
El ambiente es más que propicio. Es inevitable: llegan aunque nos las llame. Primero las palabras sueltas, luego las ideas, después las imágenes.
Esta noche será, sin duda, una noche de sueños infernales.
Esta noche tengo cita con mis demonios personales
Me sonrío. No les temo. Ya hace tiempo que no les temo. Mis demonios son sangre de mi sangre imaginaria.
Son violentos, desagradables, impiadosos. Impulsivos, desprejuiciados e irónicos. Pero a su manera, bien podría decirse que son gente de palabra. Y tenemos un trato; día a día, ellos devoran y digieren todo lo que me hace mal y me los devuelven en forma de razonamientos forzados y mala poesía; yo los protejo de las fuerzas inquisidoras de la moral y las buenas costumbres, de los predicadores de turno, los psicólogos y las pastillas.
Yo los dejo existir en sus penumbras. Ellos me dejan vivir mi vida.
Las clausulas son simples, son pocas y son justas: ellos no asomaran sus narices de este lado de universo si hay gente cerca; yo, de vez en cuando, desapareceré para todo y para todos por un día y dejaré que ellos hagan con mi mente y con mi alma lo que quieran, lo que puedan. Sus quince minutos al sol. Cualquier condenado los merece.
Con el tiempo, mis demonios y yo hemos desarrollado una relación simbiótica: ellos me muestran lo que solo puedo ver a través de sus ojos: yo de vez en cuando escribo, a mi manera, sus historias.
Mis demonios, dulces ángeles de la guarda caídos en desgracia. Atormentados, negados y solos. Condenados y confinados por mi misma y sin embargo, amantes fieles como pocos.
Dicen que dicen que el infierno son los otros. Yo prefiero creer que no. No podría ser quien soy sin ellos.
En breve, otra vez rumbo a la estación. Esta vez quisiera viajar en la dirección opuesta, aunque para ir donde quisiera estar, el camino más corto sería el que voy a tomar. Y sin embargo, seguiré con el plan de ruta que dibuje en mi agenda; la semana es demasiado corta, el año ya se termina.
(Tan simple se muestra la vida cuando se lo propone, que es imposible creer que a veces nos compliquemos tanto, tanto…)
Una noche de viernes, en una sala de la ciudad, una muchacha toca la guitarra.
Una sala ni grande ni pequeña. Una muchacha amiga de una amiga de una amiga.
A los presentes, esa mujer y esa guitarra nos quitan las palabras y el aliento. No exagero. Yo apenas si respiro, suavecito, lo mínimo, lo indispensable. También la gente a mi alrededor. Los observo. Casi se podría decir que respiramos al unísono, por pura obligación vital.
En un dejo de sana envidia y reflexiva admiración, me pregunto si podría yo alguna vez crear algo, ofrecer algo, tan así, de un virtuosismo tal.
Un amigo me recomendaría relajarme, sentir y disfrutar. No puedo. Lo disfruto, pero no puedo evitar buscar las palabras para describirlo, las palabras que me ayuden luego a no olvidar el momento. Las sensaciones del momento. Aún sabiendo que serán siempre insuficientes, parciales, subjetivas. No importa.
Por un instante, está todo ahí.
La pasión de la mujer por lo que hace y el respeto por las melodías que interpreta. Toda la simplicidad y la complejidad en la sincronía con que sus manos hacen temblar las cuerdas… y que logra esa otra sincronía, entre ella, su instrumento, la música, su público, la sala y el tiempo ese, en que nos roba por unos minutos el alma.
Con la naturalidad de quien habla su lengua materna, sus dedos se mueven expertos en el arte de amarlo todo. Parece que nunca nada que no fuera bello pudiese salir de esas manos. Sé que posiblemente no sea así, pero lo parece.
Entereza, seguridad, sensibilidad, delicadeza y fuerza. Humildad, entrega y orgullo. Perfección y libertad. Transparencia y misterio. Todo parece emanar de cada gesto y de cada nota. Otra vez observo a quienes me rodean. A cada quien le afecta a su manera. Esa es la magia. El poder de sensibilizar, cautivar, inspirar y dejarnos ir …
¿Podré alguna vez acaso lograr algo así? Lo dudo, es cosa de artistas dedicados. Yo no soy artista ni tengo esa constancia. Tampoco la habilidad innata de los virtuosos de nacimiento. ¿Podré alguna vez? No lo sé. Solo una vez sentí en mí algo similar. Un destello fugaz. Y en una situación muy distinta, también de ensueño, muy real, hace ya un tiempo atrás.
Hay veces en que no se puede viajar.
Son rutas difíciles, demasiado llenas de distancias,
en días en que los días son demasiado cortos
y la vida exige ser vivida dentro de lo planeado.
Esas veces, viajan solo mis palabras.
El objetivo se cumple solo a medias. Y ni siquiera.
No hay estación terminal ni de ningún tipo,
aunque el correo central de cierta forma se le parezca.
A veces, la tecnología brinda este tren expreso,
tan llenos de ceros, de unos y de misterios.
Mis palabras viajan con mas facilidad que mi persona.
Son parte de mí, pero no más que eso.
Ojalá viajaran así también los abrazos, las caricias y los besos.
Por esas cosas de la vida, otra espera de varias horas en una de las estaciones que ya son parte de mi rutina. Anochecer de un viernes que cierra de alguna forma una semana agitada. Ya no quiero seguir pensando y pensando, haciendo, deshaciendo, decidiendo, proyectando, calculando y volviendo a empezar.
Un dialogo moderno, vía mensajes de texto. Pequeñas frases de un dialogo sin preguntas ni respuestas. Apenas un par de frases cada hora. Un diálogo sin apuros, un medio que exige pocas palabras y una economía que no esta dispuesta al derroche. Una buena combinación.
Un dialogo sin obligación de ser, casi un juego, con pocas palabras que pueden decir mucho, no solo al que lee, sino también al que escribe. Palabras que dicen lo que dicen, pero también un poco más. Un diálogo que puede morir en cualquier instante, que acorta por un segundo distancias que se jactan de ser importantes.
Tiempos de espera en esta terminal, en esta ciudad, en este día que ya es noche. Bajo la mirada que espera sin más que esperar, todo se transforma: los detalles se hacen más visibles que el conjunto. Y se hace más visible también la trama casi mágica que los vincula.
Por eso no me desesperan los contratiempos que me obligan a quedarme aquí más de lo planeado. Cada espera es, de cierta forma, una potencial revelación, intrascendente y efímera, que vale el tiempo que parece perderse.
Y mientras, voy escribiendo. Más que nada para no distraerme con los asuntos pendientes de la semana cuyos ecos aún resuenan lejanos en algún rincón, ni con los otros asuntos pendientes que aun no están en condiciones de resolverse.
Y mientras voy escribiendo, porque así no olvidaré del todo las otras cosas que no escribo. Como esta tonta algarabía de sentirme inmune al tedio y a la ansiedad que parece acechar en lugares como este. O las inverosímiles asociaciones que va creando la mente mientras las manos escriben, los ojos se pierden en algún punto indefinido, el cuerpo se relaja como si no supiera nada de la incomoda silla que lo sostiene, y el resto de mi se sonríe sin razón aparente.
(Quedan aún dos horas y media)
Quemar todas las naves. Y también quemar todos los bosques de esta isla, hasta que no queden más que cenizas. Y esperar que el bosque vuelva a crecer.
Mientras tanto, habrá tiempo de imaginar un barco nuevo, de maderas nuevas que no hayan conocido la tragedia. Habrá tiempo de diseñarlo y después habrá tiempo de construirlo.
Y llegará el momento, quizás, de navegar otra vez estos mares, éste océano siempre tan igual, siempre tan distinto de sí mismo.
Tiempo habrá, porque el tiempo es de esas cosas que se parecen realmente a aquello que llaman infinito. Todo lo demás, ha de acabarse algún día. Hoy, mañana, en cien años, en mil. Algún día.
Por ahora, es cuestión de quemar las naves. y los bosques (no, no es maldad, solo un gesto de precaución adicional).
Será un fuego digno de verse. Un fuego que se verá desde el mar. Y quien sabe, tal vez se verá desde el otro lado del mar. Es un riesgo que hay que correr.
El cansancio de viajar y viajar se deja sentir, pero el devenir de los acontecimientos, de vez en cuando, se empecina en sorprender.
(el instinto a veces es mas fuerte que la voluntad)
Hay veces que los cuerpos se desvisten
y se desnuda el alma.
Las caricias son palabras que se entienden,
los besos son caricias que iluminan,
las miradas son besos que besan en alma.
Y las palabras dichas,
una necesidad impostergable,
Y los silencios sacrificados,
una ofrenda de confianza.
Pero hay veces que no.
Veces en que las cosas son lo que son.
Y es suficiente. Más que suficiente.
(Hasta que un día ya no lo es)
Rumbo a la parada del colectivo, no se puede pensar en nada más que en monedas. Ahora entiendo a que se referían aquellos que le llamaban el vil metal.
Día a día, esta ciudad enorme convierte a cientos de miles, tal vez de millones de habitantes y turistas, en primitivos mendigos de monedas. Paradojicamente, poco importan los billetes en la cartera. Solo si abundan, si sobran, se podrá eludir esta locura sin pesar ni sufrimiento.
En un cálculo no poco maquiavélico, no se compra lo que se necesita o se desea, sino aquello que obligue al otro a entregarnos sus codiciadas y bien guardadas monedas. Todo un tratado de tácticas sutiles y estrategias non sanctas.
Hay tantas opciones, pero no son tantas: la ciudad es demasiado extensa. En la garita, durante la espera, ya nadie habla con nadie. En el colectivo hasta un murmurado «buen día» al chófer parece tan violento, tan fuera de lugar, que se reprime hasta el menor instinto de cortesía y buena educación.
Tantas historias que se cruzan en mil puntos distintos. Historias con sus protagonistas a cuestas, que comparten un mismo camino, aunque más no sea por un rato.
Los cuerpos se verán obligados a rozarse (cuanto menos) y posiblemente tengan entre sí mas contacto físico que con el más íntimo. Levantará cada individuo, en esa nada de espacio que los separa, su coraza mental, la mentira que resguardará su privacidad. No te siento, no te huelo, no te veo. O preferiría no hacerlo.
Por supuesto, hay quienes tienen un buen gesto. Y ven al viejo que se acerca con el bastón. Le ofrecerán el asiento. Querrán, por un instante, que de algo sirva el ejemplo… y volverán a perderse en sí mismos. Agotados porque el viaje aún no termina y será largo. Y ademas ahora viajan parados.
Es una ciudad demasiado extensa esta ciudad. Una ciudad que es como una sirena, que fascina y condena, enamora y traiciona, que atrae y espanta. Una ciudad que estimula y paraliza. Una gran ciudad.
Inmensurable, inaprehensible, y sin embargo vivible, de alguna manera.
A veces se pierde la costumbre de explicitarlo.
A veces no es más que un formalismo.
Pero hay gestos que no se pueden dejar de agradecer.
Veces en que decir simplemente muchas gracias parece insuficiente.
Gestos mínimos o grandes gestos, sutiles, vitales. No importa cuales.
Gracias, amigos, por el abrigo.
Gracias, amigos, por las sonrisas.
Una ruta que corre de norte a sur y viceversa.
Una estación al margen de esa ruta.
Una única y sombría boletería.
Dos posibles rumbos a seguir: norte o sur.
Una decisión que tomar, tal vez intrascendente.
Tal vez no.
El destino, a corto plazo, es en realidad el mismo.
Es un circuito circular, sé que es así.
Se supone que es así. En teoría es así.
Y como en el cuento de Caperucita,
uno de los caminos es el más incierto.
Pero esta vez no es el más corto, sino el más largo.
El camino del bosque es en realidad el camino por la selva.
Es esta selva, estas fauces de lobo urbano,
que no muerden la carne sino el alma.
Dentellada que habrá que aguantar,
la decisión no fue tomada a cara o cruz.
Nos reencontramos esta vez en otra estación. Cada encuentro, con éste fantasma, es en realidad un reencuentro. Será tal vez porque todas las despedidas se saben tal vez definitivas. Tal vez porque cada despedida es un adiós completamente indefinido, sin un dónde ni un cuándo, ni nada que augure un tiempo futuro compartido, aunque más no sea por unas pocas horas.
Será por eso que cada encuentro genera tanta algarabía, tiene ese grado de sorpresa bien recibida. Casi, diría yo, como si se tratará de un pequeñísimo y dómestico milagro.
¿Que decir? Podría verse la cosa desde otro punto de vista completamente distinto. Pero yo lo prefiero así.
«Jaque», dijo en voz baja, casi con culpa. Se mueve un alfil. Continua la danza.
«Jaque», otra vez, podría ser definitivo, pero no lo es. Un caballo aparece de la nada.
«Jaque», su voz cansada es un reclamo de clemencia. Los peones van dejando el tablero.
«Jaque», esta vez ya es una advertencia. Las opciones se cierran. El amor no todo lo puede.
«Jaque», esboza una sonrisa por vez primera. En un gesto displicente se perdona a la reina.
«Jaque», no quería que fuera así, tan así. Sus ojos dejan ver cierto disfrute en la agonía.
«Jaque», repite intuyendo el final. Todas las chances fueron dadas. Todas.
«Jaque mate», muere el rey. Ya no hay vuelta atrás.
No se puede vivir perdonando ciertas cosas, no se puede jugar siempre a perder.
No solo por el placer de extender la partida un par de movidas más.
No hay saludos ni gestos de cortesía. Pero debería haberlos.
Tal vez simplemente no fue un buen día.
Algo como la furia, que no es la furia,
temblando al filo de los colmillos.
¿Dónde duerme la ira que brilla por su ausencia?
¿Dónde se esconde la sed de venganza?
¿Dónde está la tempestad redentora?
¿Y dónde está todo lo demás?
¿Es que acaso es tan grande el abismo?
¿Es que no era, acaso, solamente un paso?
Solo queda el sutil temblor del alma
cuando el temblor de los colmillos se apaga.
Hasta las dos de la mañana, el cielo se mantenía límpido.
Muchísimas estrellas, toda la Vía Láctea en su esplendor.
Como suele suceder aquí en el sur cuando no hay ciudades cerca.
Ninguna nube.
El aire más transparente que pueda alguien imaginar;
y la luna tan ausente, como si no hubiera existido jamás;
y una brisa suave y cálida;
y miles de relámpagos, durante horas,
que iluminaban el horizonte sobre el río.
Un espectáculo digno de verse.
Más que eso, un espectáculo digno de vivirse.
Finalmente el viento comenzó a embravecerse.
Se cubrió el cielo de nubes rojas.
Cayó un único rayo.
Y se desató la tormenta perfecta.
Minutos después ya estaba yo bajo techo,
disfrutando el olor de la primera lluvia.
Dispuesta finalmente a dormir un rato.
(la jornada había sin dudas terminado)
Otra vez en la estación, otra vez el mismo personaje. No importa donde este, a donde vaya o de donde venga. Está ahí, casi siempre.
Tal vez por aburrimiento o por genuina curiosidad me acerqué, buscando mentalmente una excusa que pareciera excusa. Válgame la ingenuidad, porque ingenua me sentí cuando me habló como quien retoma de la nada el hilo de una conversación interrumpida quien sabe cuando, quien sabe donde.
Y sí… – me dijo con la mirada perdida en algún detalle invisible del desgastado pavimento de las dársenas vacías – a veces pasa que el tiempo ya no pasa. Entonces, la única forma de envejecer es viajando, engullendo distancias, haciendo pasar centímetros y kilómetros forzosamente a través de nosotros, cuando ya no quieren pasar ni las horas ni los días ni los años.
Ya verás – agregó, mientras se levantaba y se acomodaba al hombro su equipaje imaginario – ya verás, al final la ilusión que se obtiene es bastante similar.
Y yo no pude más que asentir. El altavoz anunciaba dos nuevos arribos y tres nuevas partidas. Era hora de embarcar.
Sin duda podría haber acotado algo, pero bien podía quedar para la próxima. Otra vez.
Pasó fin de año. Empezó un año nuevo. En el momento, bastó con desear con que sea un buen año para todos. Así, en forma genérica.. La cosa no daba para más. Todo el esfuerzo se fue en tratar de que el deseo sea sincero, naciera de lo profundo y no se convirtiera en una fórmula de salutación tradicional. Luego ya vendrían unos días de calma como para pensarlo mejor. ¿Cómo fue este año que pasó? ¿Cómo será este que recién empieza?
Y de repente, llegó otra vez uno de esos momentos donde tradicionalmente se piden deseos. Esta vez, un poco mas personal, el día de mi cumpleaños. Cualquiera diría que tiempo para pensar y reflexionar tuve de sobra. Y en realidad, tuve suficiente; aunque nunca sea realmente suficiente.
Llegó el momento de pedir los tres deseos. Pero este año, tal vez por primera vez en 32 años, no hubo torta de cumpleaños, ni velitas, aunque hubo festejos. No pedí ningún deseo. Renuncié a ese privilegio hace más de una década. No es que no desee cosas, que no tenga anhelos. Es que no sé pedirlos. No sé como ni sé a quien. Podrán acusarme de que soy una mujer falta de fé, pero no lo soy. Al menos optimismo no me falta.
¿Y si pudiera pedir solo un deseo, con absoluta garantía de que se va a cumplir en tiempo y forma? No sabría que pedir. A cada deseo se le interponen muchas objeciones – técnicas, prácticas, teóricas, éticas – que no los hacen merecedores de tan única oportunidad.
Y después, está este tema de la decepción.
Y está la cuestión ineludible de la comodidad de desear aquello que difícilmente lograríamos por nuestra propia cuenta (si nos atreviéramos), y que por lo tanto deseamos que se cumpla por si mismo.
Y está esa dificultad enorme de pedirle ayuda a las personas que pueden ayudarnos a la hora de cumplir deseos propios y ajenos.
Y está el tema de éste profundo sentir que la vida me ha brindado tanto, que pedir algo mas, si de pedir se tratara, sería un abuso.
Y está esta cuestión de que algún día, tal vez, puede haber un deseo más seriamente deseado que cualquier otro deseo. Y si de desear se trata, prefiero tener mi cuenta habilitada para entonces.
Por eso no pido deseos cuando cumplo años. Ni cuando veo una estrella fugaz.
Este hubiese sido un buen momento para que cada uno de nosotros se tomara un tiempo para sí mismo, para la reflexión introspectiva y el balance existencial.
Este hubiese sido un buen momento, sino fuera…
… que las inclemencias climáticas nos agobian;
… que los preparativos de las fiestas nos estresan;
… que las comidas y bebidas de las fiestas nos enferman;
… que las obligaciones de las fiestas nos sofocan;
… que las ausencias en las fiestas aún nos angustian;
… que las convenciones sociales nos presionan;
… que la crisis económica nos preocupa;
… que la exigencia laboral nos agota;
… que el cansancio de todo un año nos aplasta;
… que el cuerpo se resiente;
… que la mente se resiste;
… que el corazón tal vez no se sienta lo suficientemente fuerte para soportar reflexiones introspectivas ni balances existenciales.
Sino fuera por estos detallecitos, mínimos, intrascendentes, veniales, este hubiese sido un momento más que adecuado.
Pero bueno, el momento ya llegará. Una, dos, diez veces en al año o en la vida. Ya llegará y será provechoso, sin duda.
Hasta entonces, hay que seguir viviendo.
Viviendo y disfrutando de cada día, que así la cosa tampoco esta tan mal.
(y quien sabe, tal vez para hallar la paz y la felicidad, o al menos la tranquilidad y la alegría, a veces basta con cambiar de perspectiva sobre esos detallecitos insignificantes…)
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Un fuerte y sincero abrazo, un beso para cada uno, mis mejores deseos,
¡Feliz fin del 2008 y muy feliz 2009!
REG
La oportunidad estuvo ahí. Tal vez no pude, tal vez no supe. O tal vez no quise aprovecharla al cien por ciento. ¿Qué más da?
La oportunidad estaba ahí. Y al día siguiente ya no estaba. Y al día siguiente la vida continuaba como continúan en general las vidas: como pueden.
Algunas oportunidades simplemente se dan. Otras hay que buscarlas con insistencia. A veces se plantean sumamente simples y accesibles. Otras veces apenas se vislumbran y parecen casi imposibles.
Por definición, casi se diría que las oportunidades en si, cada una y con su necesario contexto, son irrepetibles. Dicen también que llegado el momento no hay que dudar. Que las oportunidades suelen ser fugaces.
Y debe ser que dude. O no pude. O no supe. O no quise.
Hoy, tanto tiempo después, yo me pregunto: ¿qué más da?
Otra vez en la Estación Central. Hoy es un hormiguero humano/mecánico. Gente en tránsito, incluso la que espera. Coches en tránsito. Ideas en tránsito.
Yo escribo sentada desde un rincón. Horas y horas en estaciones de un tipo u otro ayudaron a tomar la decisión de comprarme algo con lo que escribir sin depender de los horarios ni las monedas. Claro, siempre pude hacerlo: bastaba una lapicera y un cuaderno, a veces menos que eso. Pero así es mas simple. Escribir como quien piensa es más lindo y es más fácil.
Las tardes de multitudes no son tranquilas en un lugar así. Una señora, viejita y maltratada por la vida, está sentada en el suelo y está descompuesta. Llora del dolor de cabeza y le cuesta hablar. Sus hijos, balbucea, fueron a comer un sándwich fuera de la estación. No me extraña: los precios aquí adentro son prohibitivos para la gran mayoría.
Dejo de escribir un rato para asistirla. Otra mujer que también espera me acompaña.
Los hijos no han vuelto, no vuelven. Llamamos a un policía, él llama a uno de seguridad y ese llama a las enfermeras de guardia. Yo bajo a buscar agua fresca. Nadie sabe mucho, pero parece un golpe de alta presión. La señora huele muy mal. Tienen un montón de bolsas, bolsitas y atados quien sabe de qué alrededor. Se la llevaron con todo a la enfermería.
¿Dónde están los hijos? ¿Qué pensaran cuando vuelvan y no la vean ni a ella ni a sus cosas? ¿Volverán? ¿Tenían pensado volver? En diez minutos llega mi autobús; después de eso tendrán que ir a preguntar a Informes, porque de los que estábamos en este sector ya no queda nadie. ¿Que será de esta señora Silvia?
La terminal, a media tarde , un sábado de calor veraniego. Multitudes. Movimiento. Ruidos. Olores. La gente que se presta la atención necesaria, y la indiferencia necesaria. Todos demasiados próximos. No necesariamente desagradable. Se distinguen cantidad de sonrisas. Y de miradas que han viajado y arribado a destino mucho antes que los ojos que yo veo desde aquí. Llego mi hora de partir. Los hijos no llegaron. El sistema sigue que sigue. Ya se reencontraran, pero podría haber sido todo más fácil…
Hace tiempo que quiero escribir algo sobre el miedo.
No sobre el miedo repentino y esporádico ante peligros inminentes, más o menos concretos. No sobre el miedo que salva vidas, sino sobre el miedo que se hace forma de vida. El miedo de tener miedo por si las moscas…
Sobre eso quería escribir, pero no se me ocurre nada. Al menos hoy, ni una linea más que esta.
El cartel, en español, hablaba de responsabilidad, no de culpas.
La traducción no fue literal.
Pero la interpretación, sí que fue muy adecuada a las circunstancias.
Le pedí una palabra de emergencia.
Tuve mi palabra mágica. Sirvió.
No resolvió nada. No la pedí para eso.
Las palabras mágicas, como yo les digo, son para otra cosa.
Y no tienen nada de mágicas.
Dos veces las pedí. Dos veces allí estuvieron.
Estoy en deuda.
– Crees? – me preguntaron.
– Creo que es posible que sí, pero creo, también, que debemos ir por la vida como si no – contesté.
Fue el inicio de una noche larga, muy larga.
Cuando viajo llevo siempre a los poetas en mi bolso de mano. Los artistas de la palabras, los de hoy y los de antes. Del Dante a Sabina. ¿Quién diría? Pero siempre me les resisto. Ahí quedan, me duermo, los evito y me escapo.
Pero hoy me toco viajar de día. Y es un día muy de verano, de viaje lento, largo y caluroso. Cedí a la tentación de sus versos y se resquebrajaron mis corazas. No hay donde escapar en un autobús sino es al mundo de los sueños, que hoy, justo hoy, me negó la entrada. Y ahí estaba yo conmigo, a flor de piel.
(y una sola lágrima emocionada, que no tuvo la decencia de caer)
No sé cuantas veces fui a un circo. Yo recuerdo, con esfuerzo, haber ido solo una vez, cuando tenia tal vez seis o siete años. Tendría que haber prestado entonces mayor atención. Siempre hay de quien aprender cosas útiles. Después la vida fue requiriéndome habilidades de equilibrista, de malabarista; reclamándome payasadas e ilusiones varias. Tendría que haber prestado mas atención…
(sin embargo, dicen,
que el pobre Garrick sigue sin curarse,
pálido su rostro y la misma sonrisa pintada;
la mirada perdida quién sabe en qué,
el paso seguro, elegante y medido,
como si fuera haciendo equilibrio
en una eterna cuerda floja que nadie ve,
mientras va haciendo imposibles malabares
con los pedazos que quedan de lo que fue)
Alguien lo recomendó por ahí. Y la verdad, está muy bueno.
Le insertás un texto, o la dirección de una pagina, y algún algoritmo mágico crea, medio como al azar, una «nube» con las palabras mas usadas. Podés modificar algunos parámetros: cantidad de palabras, fuente, color, orientaciones… pero el encanto de esto va más allá. Una belleza.
Entonces… ¡a jugar! (y a conocernos un poco más)
http://wordle.net/gallery?username=reg
(si se prenden a jugar un rato y dejan allí su nube, avisen….)
Filosofía, literatura, humanidades.
Una investigación teórica y práctica de los espacios in-between en la sociedad, el arte, la arquitectura y el espacio urbano en 3 ciudades: Ciudad de México,Nueva York y Barcelona
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Visibilizando arquitectas
Para mis amigos, mi comunidad y los amantes de la literatura
by Alan Wahnish
Mi vida en Rosario
Carnet de voyage au Vanuatu
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Desde la óptica de un marchante de sentido común.