Calor / otra espera.

36 grados. En medio de la nada. El río no bajó aún lo suficiente. No hay viento. No hay electricidad. Casi no hay agua. Y casi no hay aire para respirar. No hay sombra ni sol. Ni hay forma de irse de acá. Los animales jadean. Los humanos esperamos en silencio que llueva pronto. Que llueva ya. Y yo gasto lo que queda de batería en mi celular escribiendo esto. Hay que distraerse de alguna manera. Ya va a cambiar la cosa. En cualquier momento. O al menos, llagará la noche.

Sobre libros, palabras, deseos y olvidos

En el libro en cuestión, que no es un libro cualquiera,
ella le dice que su última orden, su último deseo, será que él la mate.

Dicen algunos que dicen que saben que, efectivamente, la mata.
Otros, que también dicen que saben, opinan que no.
Yo prefiero creer que ella pide que al final la olvide.

Porque olvidar es una forma de matar, y también de morir.
Casi siempre necesaria, muchas veces imprescindible.
Casi nunca deseable, pocas veces posible…

15 de diciembre 2009

Ya pasada la medianoche.
Escribo mientras espero
que sea la hora de ir a la estación.

Una vuelta mas. Un ir y un venir.
Y habrá terminado el año. Otro año mas.

Luego la vida continua.
Como si el universo este
nada supiera de calendarios.

Y sin embargo, esta vez
diciembre y enero marcarán
un antes y un después.

Sueños Recurrentes

Desde mis épocas de estudiante,
puebla mis noches, de tanto en tanto,
un sueño recurrente y alocado;
un mundo de flechas de colores,
donde mandan las nociones más básicas
que estudiábamos cuando estudiábamos Estática.

Acciones, reacciones y resultantes.
Y un equilibrio que busca perpetuarse.
Un mundo, un universo, más que eso;
un millón de vínculos y relaciones,
transmutadas en flechas de colores.

Un sueño recurrente, que no espanta ni seduce.
No esclarece ni confunde.
Y vuelve siempre en tiempos como este.

Luces, sombras y reflejos

La noche, la luna, las nubes, el río y el timbó, entre otras cosas.

El momento

A veces parece que ha llegado el momento indicado.
El ahora o nunca, la hora del todo o nada.

El instante crucial en que un gesto, un palabra,
harán realmente la diferencia.

Como si el futuro de todas las cosas, de todo el universo,
dependiese de este mismísimo instante.

Y aunque no sea cierto en absoluto,
aunque no sea más que una sensación,
el temblor que genera la incertidumbre
sacude el alma desde lo más profundo.

Caminos y encrucijadas

Un camino que se abre en dos caminos.
Una bifurcación, casi una encrucijada.
Un caminante que llega hasta allí.
De nada le vale arrojar una moneda al aire.
Las opciones son, como mínimo, cuatro.
Y tal vez mucho mas que cuatro.
Definitivamente no es cuestión a cara o cruz.
Se detiene un segundo, sonríe. Y se consuela.
Lo sabe desde siempre, aunque recién se de cuenta.
Siempre las opciones han sido mas de dos.
A cada paso, a cada instante, en cada respiro.
Por mas recto y lineal que pareciera el camino.

Todos los caminos

Dicen que todos los caminos conducen a Roma.
Yo recorro caminos, kilómetro a kilómetro.
Ida y vuelta. Más lejos o más cerca. Siempre.
Y no voy a Roma, no me interesa Roma.
Y sin embargo siento (presiento) que me acerco,
mas allá de los circunstanciales destinos,
a lo que bien podría llamarse, mi propia Roma,
que busco y evito, sin saber a ciencia cierta
como es y si habré de reconocerla.
Sin saber, siquiera, si esa Roma existe.

Sus sonrisas

Volver a ver sus sonrisas pronto,
y sentir en cada rincón de su casa,
y en cada lugar por donde pasan,
su habitual brillo, su calor y energía.
Eso sería para mí una enorme alegría.
Y poder brindarles, en un abrazo,
toda la fuerza y la esperanza mia,
para vivir estos días…

La humedad

Dicen que lo que mata, es la humedad.
Pero hay humedades y humedades.
La humedad del beso que más se ansía.
La humedad del sexo compartido.
La humedad del sudor del cuerpo amando.
Esas humedades no matan ni hieren.
Humedades que son emoción destilada.
Sentimiento líquido que aflora y se mezcla.
O al menos lo intenta.

De fundamentos y explicaciones

Principios de la Dinámica de Newton:

I. Todo cuerpo material persiste en su estado de reposo o movimiento uniforme (no acelerado) en línea recta, si y solo sí no actúa sobre él una fuerza resultante (no equilibrada)

 

II. La fuerza exterior resultante (no equilibrada) que actúa sobre un cuerpo material, es directamente proporcional a, y de igual dirección que, su aceleración. Fres = m·a (*)

 

III. Siempre que dos cuerpos A y B interaccionan de tal modo que el cuerpo A experimenta una fuerza (por contacto, por interacción gravitatoria, magnética o cualquier otra) el cuerpo B experimenta simultáneamente una fuerza de igual magnitud y dirección, pero de sentido contrario.

 

(*) El enunciado de Newton se corresponde mejor con la expresión Fres = d(m·v)/dt. Teniendo en cuenta que la masa es una cantidad constante, Leonard Euler introdujo en el año 1752 la versión más usual de la ley:  Fres = m·a

(Simple, pero sin embargo, hasta en esto hay objeciones. La vida no es tan sencilla)

 

 

 

Días así

Y sí, a hay días así.
Días en que por alguna razón nos volvemos inmunes a la ironía.
Días en que los grandes dilemas parecen dejar de reclamar respuestas.
Días en que los mal amados demonios se toman franco sin aviso.
Días en que cualquier contradicción no es más que una circunstancia.
Y el alma se puebla de carcajadas sin razón y sin sentido.
Días en que las pocas certezas se vuelven irrefutables y suficientes.
Y el futuro se vislumbra límpido, calmo y eterno.
Como el cielo de una noche de verano en el campo.
Como el cielo de una siesta a fin del invierno.
Hay días así y hoy es un día de esos.

¡En sus marcas!

Volviendo a casa por un camino poco habitual. Haciendo escala en un pueblito sin nombre en medio de un viaje que se ha hecho largo.Y así sin más, me dispongo a matar el tiempo en una precaria casilla que oficia de estación, mal plantada a la vera de un ancho camino de tierra. Y del otro lado de la rústica avenida, nada. Apenas, a lo lejos, un bullicio ahogado por la distancia y la inmensidad. Una nube de polvo que no termina nunca de asentarse. En la distancia, la sequía lo mimetiza todo.


¿Una carrera de perros? Algo he escuchado sobre carreras de perros en esta zona. Me acerco. Tengo tiempo aún. Bastante tiempo. La pista improvisada se parece a una pista de caballos, algo más chica tal vez.


Por sacar conversación, le pregunto a alguien de que tipo de carrera se trata. – No es una carrera por distancia, sino por agotamiento – contesta otra persona a mis espaldas, sin agregar más palabra. Me doy vuelta y lo busco con la mirada, ya sin encontrarlo. La frase me queda colgada en el alma por unos minutos. ¿Correrán hasta reventar de cansancio? ¿Es acaso una carrera a muerte? ¿O simplemente irán abandonando la carrera al menguar sus fuerzas? De todas formas, me parece una carrera cruel. Demasiado cruel. Observo el público. No distingo a los organizadores del evento ni a los dueños de los perros, aunque hay un grupo con claras preferencias y otro que no hace más que registrar en sus pequeñas libretas negras vaya uno a saber qué cosas. Hay un aire innegable de irrealidad o de surrealismo en la escena. Falta aún para que sea la hora de continuar mi viaje, pero no me quiero quedar más aquí. Prefiero esperar tomando un café imaginario en la inexistente cafetería del pueblo, que no por imaginario dejará de ser malo, como de costumbre.


De repente, vuelve a levantarse un murmullo agitado. Los animales se acercan desde la izquierda. Pasan demasiado rápido, demasiado entreverados entre si. Demasiado cubiertos de polvo, demasiado confundidos en la polvareda.  Parecen perros, pero no lo son. Nadie se va. Y no, no hay apuestas en esta carrera. Me pregunto porque no se van. De repente me doy cuenta que tampoco yo he podido irme. Sigo ahí. No puedo irme. Muy a mi pesar, me integro a ese mar de expectativas y ansiedad por saber como terminará esta insólita carrera. Y sé que no podré seguir el camino a casa hasta no saberlo. Resignada, me prometo a mi misma que nunca volveré a tomar una ruta que pase por este pueblo ignoto. Eso, claro está, si es que esta carrera finalmente termina antes de que yo misma muera. Nadie sabe decirme cuando empezó, nadie se anima a pronosticar cuando acabará. Y yo empiezo a sospechar que detrás de esta carrera cruel hay otra más cruel aun. Empieza a faltarme el aire, mi corazón late como enloquecido y me duele cada fibra del cuerpo. Ya estoy dentro de la carrera. Me siento bien, me siento fuerte. Sé perfectamente las reglas, aún las recuerdo, sé que debo irme, volver a casa, llegar a donde me esperan. Tengo tiempo. Siempre habrá oportunidad de retomar el viaje. Me lo repito una y otra vez. Pero algo muy dentro de mí se resiste a aceptarlo. Y mientras me debato y me pierdo en un discurrir filosófico sin sentido, voy dejando mis huellas ensangrentadas en la tierra humedecida por el rocío de la madruga. El viento sigue golpeándome la cara . Los kilómetros y los años van pasando por mi. 

vestigios 6

¿Fin del viaje?

Mar del Plata – agosto 2008

Lord of the Keys

…and they said:
 
«In The Wolf we trust».
 
And so do I.
Always.
 
Congratulations, my dear friend.
 
[IM/LYATT]

Irreversible

Cuando Humpty Dumpty
se cruza de imprevisto
en mi pensamiento,
se me hiela la sangre
y se me eriza la piel.
Como una señal, un aviso
de que algo preciado,
compartirá en breve
su irreversible destino
y estallará en pedazos
como Humpty Dumpty
al caer de la pared.

Horfandades

Las llaves huérfanas,
sin cerradura madre ni nombre conocido,
se multiplican en los rincones.

Solas o agrupadas en anónimos manojos,
sin voz para denunciar su destino,
sin poder ser más que lo son:
inútiles llaves, aún sanas y fuertes,
patinadas por el tiempo y el olvido.

Esas llaves perdidas y reencontradas
siempre tarde, siempre demasiado tarde,
ya sin nada que abrir ni nada que cerrar.

Templadas y fieles guardianas de la nada.
Difíciles de destruir y difíciles de desechar.
Lo han perdido todo, salvo la entereza. 

De metodologias y cosas así

¿Saber o no saber?

A veces es cuestión de tomarse el tiempo
y ponerse seriamente a investigar,
a estudiar, a observar atentamente y deducir.

Pero otras veces no.
Otras veces es cuestión de hacerse de valor,
respirar hondo y animarse a preguntar.

De preguntarle a la persona indicada.
Pero primero hay que sincerarse de una vez.
¿Preferimos saber o no saber?

(y hay que hacerlo a conciencia,
porque después no se puede olvidar a voluntad)

Alevosía.

Si fuera tan solo de vez en cuando.
Pero no. Es todos los días. Todos.
Casi siempre a la misma hora.
Invariablemente, desde hace años.
Pasan indiferentes frente a mi ventana.
Imponentes, llamativos, deseados y deseables.
Haciendo surgir una chispa de criminalidad a su paso.
Incluso en las mentes de la más buena gente.
Misteriosos, incitantes, inalcanzables.
¿Quién no ha imaginado la felicidad de poseerlos?
¿Quién no ha soñado con la posibilidad de emboscarlos?
Ni el más santo entre los santos.
Ni el más honrado entre los mortales.
Más allá siempre de nuestro alcance.
Provocativos, provocadores, inmorales.
¿Porque no cambian, alguna vez, de recorrido
los blindados y brillantes camiones amarillos
que transportan los caudales de esta ciudad?

De esperas y desesperaciones

Llegué a la terminal bastante antes de la hora prevista para partir. Sabía que tendria una larga espera. A veces no hay tantas opciones a la hora de viajar. Para llegar hasta allí había hecho otro viaje, y no había otra combinación mejor que ésta. Paciencia, tendría que esperar pero estaba dentro de lo estipulado en mi periplo.
Poco a poco fue llegando mas gente. En algunos rostros se leía algo de ansiedad. En otros, de tedio. En otros, nada.
Cuando la hora ya era casi la hora señalada, nos fuimos aproximando al andén y de alguna forma nos reconocimos como compañeros de viaje, aunque nadie cruzara ni una palabra con los demás. Cada cual con su equipaje y su pasaje en mano. Llegó el momento, pero no llegó el autobús. En silencio, seguíamos ahí como si nada sucediera fuera de lo habitual. Sin embargo nadie se atrevía a alejarse demasiado, por las dudas.
El tiempo siguió pasando. Medio por lo bajo, una joven le preguntó tímidamente a un hombre si él también esperaba ese coche, como temiendo haberlo ya perdido. Otro preguntó si el andén era el correcto. El tiempo pasaba, la gente consultaba sus relojes casi en forma compulsiva. Ya no quedaban más pasajeros que nosotros en la estación. Solo éste puñado de gente que esperaba. Hubo quien sugirió alguna teoría que explicase el retraso, y hubo quienes se sumaron al comité de evaluación situacional aportando nuevas opiniones. Un par de personas fueron a consultar sobre lo que pasaba hasta la ventanilla de informes, y regresaron sin nada, pues del otro lado del cristal no había ya nadie para informar. En algunos rostros, la mansa paciencia fue trocando en algo distinto: resignación, enojo, miedo.
La espera se hacia larga y cada minuto parecía ser la mitad de soportable que el anterior.  Tres o cuatro decidieron buscar otra forma de llegar a sus destinos, averiguaron todas las combinaciones posibles, sacaron cuentas, sopesaron costos, esfuerzos y tiempos. Unos se fueron, otros decidieron seguir esperando. Alguien más decidió suspender su viaje y dejarlo para otro día, lo anunció en voz alta y fue, por un instante, blanco de una envidia no tan sana. Hubo quien se puso a trabajar mientras esperaba, y quien simplemente se puso a leer. Hubo quien decidió dormir un poco, no sin antes pedirle a alguien más que le avise si llegaba el ansiado autobús. Otros improvisaron un pic-nic; otros, mas allá, se conocieron y parecían bien dispuestos a seguirse conociendo. Yo me puse a tomar apuntes sobre lo que veía. De alguna forma hay que distraerse. Es verdad eso que dicen: el que espera, si simplemente espera, desespera.
P.D.: Después de una insufrible media hora de demora, llegó el autobús, y partimos de inmediato.

Descripción hematológica

Sangre que reclama sangre.
Sangre que quema las venas.
Sangre que sangra por la herida.
Sangre que corre en la arena.
Sangre que espanta y fascina.
Sangre que espera y exaspera.
Sangre que advierte y avisa.
Sangre que fluye, como la vida.

Feelings

yesteday I found some reasons
(too many reasons maybe)
for feeling, again,
that I am the ekeko of myself.
( or something like that )

Observaciones sobre una performance

Comienza la acción.

Son palabras proyectadas. Me sorprende pero no me sorprende del todo. Yo estoy un poco más habituada a leer las acciones que a verlas. Hace tiempo creo que todos deberían poder leerlas. Esta vez sí pueden. Sobre la pantalla, la descripción de lo que irá sucediendo, la explicación no del todo desarrollada del porqué y la exposición atípica de las emociones que desencadena el proceso.

Después, el hombre de rojo se para entre la pantalla y el proyector. Y las palabras se proyectan en él. Están escritas en primera persona, como si las estuviera diciendo. Pero no. Lo único que se oye es el suave ronronear de la maquina y llanto contenido de una bebé más allá del escenario.

Comienza la acción a la que llamamos acción; veo los ojos que la ven.

Después me preguntarán porqué me parece tan importante el silencio como elemento de la obra.

A mi me parece una pregunta absurda. Pero el contexto la justifica: todo es tan absurdo que se completa el sistema con una lógica que se sustenta a si misma. Entonces trato de explicarme.

El silencio éste es como el silencio de las tardes de verano en el pueblo, o de las noches de invierno en el campo: un silencio absoluto en el que todo lo que nunca se oye se deja escuchar.

El silencio éste es como el espacio vacío, como el tiempo muerto, el soporte de toda la obra.

Sin el silencio no podrían oírse los pasos descalzos sobre la madera, la fricción de la ropa contra el cuerpo, el roce del pincel sobre la piel. Ni se oirían los latidos del corazón del hombre de rojo, que es, al fin y al cabo, el tictac de este ingenio relojero.

Por eso, creo, la obra se termina cuando el silencio se materializa y muere en el sonido de una flauta. Ya no queda ni tiempo ni espacio ni silencio para más nada.

Aprendizajes fortuitos

Iban sentados en los asientos de más atrás.
Yo iba medio durmiendo, medio soñando,
como de costumbre, en la penúltima fila.
Y daba la sensación de que en ese viaje no viajaba nadie más.

Entramos a una ciudad.
El colectivo cambio su marcha, recobré un poco la conciencia.
No sé de qué venían hablando.
No sé cual fue la pregunta, ni sé cual fue la respuesta.
Solo escuché un fragmento del dialogo, dos lineas.

– Gracias – dijo una voz llena de lagrimas emocionadas
– Gracias por no mentirme.
– Gracias a vos – dijo otra voz, que finalmente moriría en un beso
– Gracias por no obligarme a mentir.

No dijeron nada más. Nada, al menos, que yo alcanzará a escuchar.
Bajaron en la siguiente estación, tomados siempre de las manos.
Yo no les vi las caras, pero seguro que sonreían.

Volví a dormirme casi enseguida
para despertar muchos kilómetros después,
dispuesta a agradecer semejantes privilegios también,
a quien correspondiera.

El Fantasma de Sir Richard

En el parque, frente al río, temprano en la mañana, cuando apenas amanece y se va levantando la helada bajo el rojo intenso del sol recién nacido. Ese es el momento ideal para encontrarse con el fantasma de Sir Richard. Y en algunas siestas de tibieza otoñal.La sabiduría de sus palabras hay que saber interpretarlas. Habla poco, siempre tan amable como cuando vivía y no era fantasma, ni era Sir, ni era Richard, sino Ricardo, el hombre sin mas techo que el mismísimo cielo. Un hombre viejo a fuerza de intemperie, penas y alcohol que paso algunas temporadas rondando por nuestro barrio.

Todavía hoy, como entonces, se hace presente así como de repente, pero ya no pide ni una pequeña monedita, ni una corbata, ni una silla, ni una espumadera.

Y como aquella vez, sin pedir mas, ofrece incluso aquello de lo que parece que más carece: palabras de consuelo y algo de fe.

Yo no sé bien porqué, en aquel frío amanecer, le dí las gracias y rehusé su oferta. No se porqué, lo sigo haciendo cada vez.

J’habite…

En la casa donde viven mis padres, en el departamento donde vivían mis abuelos, en el estudio que recién inauguramos y, de alguna manera, en el cafetería de la esquina.

En la habitación número cinco de las tres habitaciones de la intendencia de ninguna ciudad, en casi todas sus oficinas y también en el bar del lugar.

En la estación terminal, y en la otra, que es un poco más chica, y en aquella otra, que casi no existe. En todos esos lugares, y a veces también en otros. Y en los recorridos entre todos esos lugares. 

En las memorias de lo que fue. En los sueños de lo que podría ser. Y en casi todas las opciones intermedias.

Y también aquí. Y también en mí. Y también en vos.

Acto 8 – escena 4 (excusas)

Una persona: que la vida es dura..

La otra persona: es verdad.

La primera persona: y que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente…

La otra persona: así dice el tango.

La primera persona: que errar es humano…

La otra persona: todos nos equivocamos de vez en cuando.

La primera persona: y además, el contexto es adverso…

La otra persona: ha habido tiempos mejores.

La primera persona:  ya no se puede creer en nadie…

La otra persona: eso se rumorea.

La primera persona:  todo es relativo…

La otra persona: puede ser.

La primera persona: y que las cosas ya no son como eran…

La otra persona: ahmmm…

La primera persona:  y en verdad, las circunstancias no se prestan…

La otra persona: mmmmm…

La primera persona: y este clima que, para colmo, no ayuda…

La otra persona: …

La primera persona: ¡uffff! ¡Qué bueno que comprendas!

La otra persona: comprendo, comprendo…

La primera persona: la vida es injusta…

La otra persona: tenés razón.  Y nosotros no somos más que marionetas del destino. De todas formas, bien podrías haberme avisado que no ibas a venir…

Paseo subacuático

Bajo el agua, cuarenta y cinco segundos.
Con mucho esfuerzo, sesenta.
Aguantando la respiración, cada segundo parece un día.

Pero a pesar de las bellezas subacuáticas,
del disfrute de ese mundo sin gravedad,
a pesar de todo lo maravilloso,
cuando el aire falta comienza la desesperación.

Y hay que saber reconocer los propios límites.
Buscar la superficie antes de que sea demasiado tarde,
porque sino, la fiesta se termina para siempre.

( Y existen modos de prolongar el goce,
pero requieren un esfuerzo extra, que no siempre vale la pena)

Regresos

Yo no sé por qué, desde hace un buen tiempo, cada vez que viajo siento que estoy regresando. Incluso allí donde nunca antes estuve. Es una linda sensación. Regresar siempre es una linda sensación.

Vestigios 5

Despues de la última tormenta – Pná

Mitológicas 2: el penúltimo vuelo de Ícaro

El padre construía, para él y para su hijo,
dos pares de alas con plumas, hilos y cera.
Ícaro construía otras alas, pero con plumas de ensueño.
Dédalo era, sin duda, un tipo admirable; un inventor, un artista,
constructor de laberintos de pesadilla, señor de los escapistas.
Ícaro era apenas un poeta, apenas y a su manera.
Con sus efímeras alas hechas de nada,
regresó una noche a todo lo que amaba.
El día siguiente fue el gran día de la fuga.
– No tan bajo, no tan alto – le advirtió el hacedor.
Quien sabe que pasaba por la mente y el corazón de Ícaro.
Pese a todas las advertencias, fijó su rumbo directo al sol.

Vivencias memorables

Siete personas y un perro alrededor del fuego.
Historias de vida muy distintas y muy calladas.
Y un costillar de ciervo en una estaca asándose lento.
Absolutamente todas las estrellas en un cielo sin luna.
El pueblo más cercano, para nada cercano.
Ni un destello de luz civilizada hasta donde alcanza la mirada.
Y una guitarra mancillada que no pudo ante el imponente silencio.
El silencio no tan silencioso de la noche en el monte.
El anfitrión corta con el único cuchillo disponible las raciones.
Las reparte en un pedazo de hoja de diario junto a un trozo de pan.
Una botella de agua y una botella de vino pasan de mano en mano.
Cada cual a su manera agradece silenciosamente el alimento.
Y agradece la bebida, el fuego, la naturaleza que nos cobija, y la compañía.

Bubbles

En la estación, un vendedor ambulante vestido de payaso hace pompas de jabón que vuelan por todo el lugar.

Su ingeniosa maquinita de tres pesos con cincuenta hace miles de burbujas y burbujitas. Los niños se empecinan en destruirlas a todas, una por una, entre risas, saltos y gritos de algarabía.

Pero hay una niña que no. Sentada en un rincón, simplemente observa las burbujas que escapan a la masacre, y las sigue con la vista hasta que se desvanecen por motu proprio. No ríe como los demás niños, pero en su carita se adivina una felicidad muy distinta.

Yo me siento a su lado y trato de ver los que ven sus ojos de nueve años. No hace falta que le pregunte nada.

– ¿No son son hermosas?- dice, entre afirmando e interrogando a alguien que no soy yo.

Y entonces sí,  veo en los efímeros mundos de reflejos y colores todos los continentes y los océanos, todas las historias y todos los personajes.

Y ahí me quedo, también sonriendo, hasta que se termina la improvisada representación de este big bang de fantasía.

Día de lluvia

El autobús avanza sobre la ruta inundada. Va levantando agua a cada lado. Parece como si fuéramos surcando un río muy rectilíneo, como si fuéramos apenas rozando la superficie, como flotando. Las orillas de este río, monte nativo y sembradíos, se ven también anegados. Bajos que por un tiempo son lagunas. Y una geografía que, sin ser delta, lo parece.

Amaina la lluvia y regresa la bruma. El horizonte se va desdibujando. El horizonte se va acercando y finalmente desaparece. Más allá de este vidrio que separa el aquí del resto de todo, no se ve más que grisura.

La ruta que hasta hace unos minutos se suponía un río, ahora se parece mas a un mar. El sonido del motor y del agua. Y nada que se distinga en ninguna dirección. Ninguna evidencia de que en algún punto termine el cielo y comience la tierra o viceversa. El universo, en este instante, es este coche que surca la niebla y este puñado de desconocidos que miran por las ventanas esta representación efímera del infinito.

Ya pronto llegaremos a destino, aunque no sea más que un destino intermedio para mi.  Será agradable mirar llover a través de la ventana de un café, hasta que vuelva a ser la hora de embarcar.

Cursilerías metafísicas y otras convicciones empalagosas

Como en las películas, hay instantes especiales en la vida en los que el tiempo se detiene, el entorno se desvanece y todo se inunda de una luz brillante.

Instantes después de los cuales el universo ya no es el mismo, aunque lo parezca.

Instantes que dejan grabada la sonrisa primigenia en el alma, como una marca de hierro candente. Una dulce cicatriz que a veces duele, pero no sangra. Un amuleto contra el olvido y la tristeza.

Instantes tan llenos de magia y plenitud que hacen que toda la vida vivida y por vivir, tenga un nuevo sentido.

No son instantes que se den tan a menudo, no con esa intensidad. Pero una sola vez basta para darse cuenta, para aprender a reconocerlos apenas inician. Al menos, así me paso a mi.

El germen de la duda

En el altavoz, una voz impersonal anuncia que es la hora de partir. El lugar esta casi desierto. De alguna forma siento, esta vez por primera vez, que esa voz me habla exclusivamente a mí.

Llegó la hora. Debería ser algo mecánico, buscar mi boleto, tomar mi equipaje y embarcar.

Poro en el último instante, me doy el lujo de dudar. Algo, muy indeterminado dentro mio, me dice que no debería viajar. No es la voz de la lógica ni de la ética,  voces mercenarias que se acomodan a las intenciones del mejor postor. Es otra cosa. Es el germen de una duda que no termina de revelarse.

Y ya no hay tiempo para dudar. Hay compromisos tomados que prefiero cumplir. Y quiero creer que todo resultará bien, o mas o menos bien. Caso contrario, más vale ahora que después….

De viajes, montañas, sabios y preferencias

Otra vez el mismo viaje imaginario.

Un camino que sube a una montaña, en cuya cima hay una cueva donde hay un viejo sabio al que le preguntaremos algo. Algo cuya respuesta posiblemente ya sabemos. O del cual recibiremos algo, un regalo cuyo significado habrá que interpretar en el camino de regreso.Una vez, dos, cinco. Trescientas veces el mismo periplo.

Yo preferiría que el sabio fuese el vecino de la puerta junto a mi puerta. O la tía de una amiga. O el hijo del lechero. Yo preferiría que el sabio fuese esa mujer con quien me cruzo cada mañana cuando salgo a la calle. O un amigo de la infancia. Un sabio de la llanura, un sabio menos imaginario, de los que confrontan cada pregunta y cada respuesta a la constante refutación de la vida cotidiana.

Y preferiría también que este eventual viaje imaginado de tan profundo aprendizaje fuese cosa de todos los días. Supongo que es cuestión de estar mas atentos. Un poco mas atentos.

Trazos

Otra vez julio, y después, otra vez agosto. Siempre así. La vida parece una colección de ciclos sobre ciclos sobre ciclos. Y no lo es.

Cuando viajo, voy siempre al mismo lugar y siempre vuelvo al mismo lugar. Pero los lugares no son los mismos, no son exactamente los mismos.

Hay quien diría que yo no soy la misma tampoco; que para atrás en la vida no se vuelve, que la cosa es más bien lineal.

Pero no una línea recta, aunque a veces lo parezca. Siempre hay oscilaciones, mínimas o no tan mínimas.

Oscilaciones y giros en espiral; firuletes impredecibles, trazos seguros y firmes, o temblorosos y tímidos, dibujados con tinta indeleble en el multidimensional lienzo existencial.

Líneas que se cruzan, vidas que se cruzan, se acercan, se acompañan, se alejan o no se encuentran jamás. Líneas que nos transforman en artistas involuntarios de esta obra, tan colectiva, tan infinita, tan de nunca acabar….

¿51824121616374?

53942321628173637163714243534321.
¡31322173091635333:8132021616306182234263!

La sed

En su penumbra inconsciente los demonios andan bramando de sed.
Sed de tiempo, sed de sangre latiendo, sed de verdad.
Sed de justicia instintiva, sed de una libertad que les está prohibida.
Los demonios son demasiado ingenuos para este mundo
Demasiado ingenuos, pero se niegan a creerlo.
Su malicia infantil los hace presa fácil de este lado de la vida.
Yo me armo de paciencia, trato inútilmente de explicarles.
Ellos me devuelven la mirada con sus ojos que son tan míos.
Acordamos una tregua. Pero la sed va mas allá de todas las razones.
La sed es la urgencia,  mi propia urgencia.
Y no se calma con palabras ni se sacia con pretextos de folletín.

Conversaciones frente al andén

Le pregunté si hacia mucho que esperaba.
Me dijo simplemente: hace un tiempo.
Yo suponía que esperaba un tren,
pero ya habían pasado casi todos los trenes,
una y otra vez, una y otra vez.
Y el seguía ahí, siempre ahí.

Le pregunté cuanto más iba a esperar.
Y se encogió de hombros: no sé.
Tras unos segundos de silencio agregó:
lo que tardemos en completar esta vuelta al sol.

¿Por qué no? –  una porción bien determinada de infinito,
como cualquier otra, ni un minuto menos, ni un minuto más.

El viaje de los nombres

Hacia años que ella era la mujer de la casa que estaba entre el terreno abandonado donde se erguía el árbol grande, y la casa del ahijado del dueño del viejo bar de la esquina, tres cuadras y media subiendo desde la plaza del segundo pueblo sobre la ruta que unía la ciudad con el mar, contando, claro está, desde la ciudad y no al revés.

Por eso, cuando él llegó a la estación y sus labios, en un mismo gesto iluminado, sonrieron y pronunciaron su nombre, ella dudó un instante, volvió mentalmente a un día ya lejano en un lugar distinto pero muy similar, se reconoció y supo, definitivamente, que todos los nombres, de todas las cosas, habían regresado con él.

Otra vez en viaje…

Un viaje que se parece a los viajes de rutina, pero no lo es. Y promete no ser un viaje simple. Empezó complicado… y todo augura que será mucho más largo que lo debiera. Pero a veces es así. No se llega a cualquier lugar en cualquier momento cuando se viaja de esta manera. Paciencia. Hoy por hoy, tiempo es lo único que tengo.

No podía no ofrecer otra oportunidad, negar un gesto de confianza.

(Hay cosas que debería saber ya. Yo prefiero optar por el beneficio que otorga la duda. Otra vez)

Un perro gris de un ojo blanco

Este lobo citadino,  aquí en la ciudad, es en realidad un perro callejero.
Hace unos días que lo observo, acurrucado bajo la vidriera de un local abandonado.
Está herido en el anca, en el pecho, en el cuello.
Alguien le ha acercado unos cartones y unas mantas viejas.
Las noches son noches muy frías en estos tiempos.
También le han dejado algo de comida, algunos restos, un poco de agua.
Yo me le acerqué esta mañana.
Me senté ahí junto, le enseñé las palmas de mis manos desnudas, dejé que me olfateara.
Sé que puedo acercarme a él, pero no tocarlo.
La calle tiene sus códigos, y no hay ley que se cumpla más que esa ley.
En realidad, nada le ofrecí más que compañía.
O nada busque en él, más que compañía.
Su mirada dice bastante. Un perro gris con un ojo blanco.
Es un gen reconocible en los perros vagabundos de mi barrio desde hace años.
No lame sus heridas para limpiarlas o curarlas.
Se empecina en mantenerlas abiertas, y se empecina también en no morir.
Yo creo que no morirá, no en breve al menos.

El equilibrista

Muy de repente recordó que entre lo uno y lo otro, solo dista un paso.

Y dados los acontecimientos,

ese paso bien podría ser el que está por dar.

Desde entonces ahí está, aún en el mismo lugar,

haciendo equilibrio sobre su pie izquierdo.

Estatua viviente que solo viaja con la mente y envejece.

Porque el tiempo pasa e indefectiblemente se acerca la muerte.

El cuerpo ya no resiste, ni resiste el alma (no todo se puede).

Y tiembla.

«Es el agotamiento» se dice, pero no es del todo cierto.

Es el temor ante la certeza de que llegará en breve el momento,

el instante fatal, la hora señalada, y no quedará otra opción.

Como decía una vieja canción: show must go on.

                                       (el show debe continuar)

El viaje de los libros

Estos libros y yo hemos compartido el mismo techo por un tiempo.

Algunos leí, algunos hojeé apenas.

Pero a la mayoría casi nunca los toqué.

Libros viejos de hojas amarronadas,

frágiles como alas de mariposas nocturnas.

Sus tapas forradas hasta tres veces con papeles de lo más variado.

Su primera hoja siempre con rubricas y dedicatorias.

Señal que los cuidaban, señal que los querían, los atesoraban.

Y ahora yo, con su destino en mis manos, y el tiempo pisándome los pies.

Me hubiese gustado leerlos a todos, a casi todos.

Pero aunque me los quede un tiempo más, sé que no lo haré.

Los libros viejos tienen ese no sé qué de haber sido leídos por otros ojos,

de llevarnos a otro mundo imaginado que también fue visitado

por seres queridos que a veces hoy visitamos solo en sueños.

Libros viejos que no sé si alguien volverá a leer,

si su destino será terminar de desintegrase en algún húmedo depósito,

o si alguien, más desalmado aún, los volverá fuego y ceniza.

Me llenan de pena y de angustia estos libros,

que dejaron hoy la biblioteca por cajas de embalaje.

Todavía tengo unos días más para definir su destino inmediato.

Uno, al menos uno, quedará conmigo

hasta que alguien más tenga que hacer lo que yo.

0tro temblor

El temblor, esta vez, poco tiene que ver con el frío de este otoño sin sol. Tampoco deviene de los tiempos inciertos que depara la madre de todas las crisis. No es producto de angustias, no es síntoma de algarabía ni es bronca contenida. Esta trémula sensación ante lo desconocido, no es del todo desconocida.

Un temblor profundo y tenue que atraviesa cuerpos, almas, mares, cielos y tierras, y se parece al sordo rugido continental de la razón ante certezas contrapuestas. Un temblor que es como la amplificación de los latidos de otra vida. Ahogados estertores de un pasado que prefiere ser presente y ser futuro.

Una latencia siempre al borde de no serlo, a la espera del gesto proscripto que con su peso rompa el equilirio impuesto a fuerza de palabras y de silencios.

(Un temblor que reclama, pero también propone un poco de calma y un poco de locura)

Izena duen guzia omen da

Un tipo que conocí decía (citando a otro que no sé quien es o quien haya sido), que las cosas , si tienen nombre, existen. Debe haberlo realmente creído, porque lo repitió varias veces en una noche. Yo pienso que de alguna manera, el tipo este, tiene razón.

Sin embargo… ponerle nombre a las cosas y así darles existencia, es bastante simple y cotidiano. Lo difícil, me parece, es sacarle el nombre a algo, para que ya no exista.

Se lo planteé algún tiempo después, vía mail, pero nunca me contestó. No creo que haya dejado de existir, su nombre aun lo recuerdo.

Coincidencias inoportunas

clip_image001

Caminando por las calles de Buenos Aires, me encontré con este lugar.
No supe si reírme o si llorar.
La vida a veces parece que se divierte haciendo pequeños gestos como éste.